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John Fante








Pregúntale al polvo

























Para Joyce, con amor












PROLOGO


Y O era joven, pasaba hambre, bebía, quería ser escritor. Casi todos los libros que leía pertenecían a la Biblioteca Municipal del centro de Los Angeles, pero nada de cuanto me caía en las manos tenía que ver conmigo, con las calles, ni con las personas que me rodeaban. Me daba la sensación de que todos se dedicaban a hacer juegos de prestidigitación con las palabras, que aquellos que no tenían prácticamente nada que decir pasaban por escritores de primera línea. Sus libros eran una mezcla de sutileza, artesanía y formalismo, y era esto lo que se leía, se enseñaba en las escuelas, se digería y se transmitía. Era un invento cómodo, una Logocultura ingeniosa y prudente. Había que volver a los autores anteriores a la Revolución Rusa para encontrar algo de aventura, un poco de pasión. Había excepciones, pero eran tan escasas que se agotaban rápidamente y uno se quedaba sin saber qué hacer ante las filas interminables de libros insípidos. A pesar de todo lo que podía haberse aprendido en los siglos precedentes, los autores modernos no eran lo que se dice muy hábiles.


Cogía de las estanterías un libro tras otro. ¿Por qué nadie decía nada? ¿Por qué no alzaba nadie la voz por encima de la de los demás?


Probé en las distintas secciones de la biblioteca. La sala de Religión me pareció un páramo tan vasto como inútil. Fui a la de Filosofía. Di con un par de alemanes resentidos que me estimularon una temporada, hasta que los olvidé. Probé con las matemáticas, pero las matemáticas superiores no se diferenciaban de la religión. no me afectaban en absoluto. Lo que yo buscaba no se encontraba al parecer en ninguna parte.


Probé con la geología, y al principio sentí cierta curiosidad, pero me resultó insustancial a la postre.


Descubrí ciertos libros sobre cirugía y me gustaron los libros sobre cirugía: las palabras eran nuevas y maravillosas las ilustraciones. En concreto, me gustaron y memoricé los detalles de las operaciones del mesocolon.


Al final abandoné la cirugía y volví a la gran sala abarrotada de autores de novelas y cuentos. (Cuando tenía morapio en abundancia no iba por la biblioteca. Una biblioteca era un lugar estupendo para pasar el rato cuando no se tenía nada para comer o beber y cuando la dueña de la casa le perseguía a uno con los recibos atrasados del alquiler. En la biblioteca, por lo menos, se podía ir al lavabo sin problemas.) Vi muchísimos compañeros de vagabundeo allí, y casi todos dormidos sobre el libro abierto.


Seguí recorriendo la sala general de lectura, cogiendo libros de los estantes, leyendo unas cuantas líneas, unas cuantas páginas, y dejándolos en su sitio a continuación.


Pero cierto día cogí un libro, lo abrí y se produjo un descubrimiento. Pasé unos minutos hojeándolo. Y entonces, a semejanza del hombre que ha encontrado oro en los basureros municipales, me llevé el libro a una mesa. Las líneas se encadenaban con soltura a lo largo de las páginas, allí había fluidez. Cada renglón poseía energía propia y lo mismo sucedía con los siguientes. La esencia misma de los renglones daba entidad formal a las páginas, la sensación de que allí se había esculpido algo. He allí, por fin, un hombre que no se asustaba de los sentimientos. El humor y el sufrimiento se entremezclaban con sencillez soberbia. Comenzar a leer aquel libro fue para mí un milagro tan fenomenal como imprevisto.


Tenía tarjeta de lector. Rellené la hoja del servicio de préstamo, me llevé el libro a casa, me tumbé en la cama, me puse a leerlo y mucho antes de acabarlo supe que había dado con un autor que había encontrado una forma distinta de escribir. El libro se titulaba Pregúntale al polvo y el autor se llamaba John Fante. Tendría una influencia vitalicia en mis propios libros. Acabé Pregúntale al polvo y busqué más libros de Fante en la biblioteca. Encontré dos. Dago red y Espera a la primavera, Bandini. La calidad era la misma, se habían escrito con el corazón y las entrañas y no hablaban de otra cosa.


Sí, Fante tuvo sobre mí un efecto poderoso. Poco después de leer los libros que he citado conviví con una mujer. Estaba más alcoholizada que yo, sosteníamos peleas violentas y a menudo le gritaba: «1No me llames hijo de puta! ¡Yo soy Bandini, Arturo Bandini!».


Fante fue para mí como un dios, pero yo sabía que a los dioses hay que dejarles en paz, que no hay que llamar a su puerta. Sin embargo, me ponía a hacer conjeturas sobre el punto exacto de Angel’s Flight en que al parecer había vivido y hasta pensaba que a lo mejor seguía viviendo allí. Casi todos los días pasaba por el lugar y me preguntaba: ¿será ésa la ventana por la que se deslizaba Camila? ¿Es ésa la puerta de la pensión? ¿Es ése el vestíbulo? No lo he sabido nunca.


Treinta y nueve años más tarde he vuelto a leer Pregúntale al polvo. Quiero decir que lo he vuelto a leer este año y que todavía se sostiene, al igual que las demás obras de Fante, pero que éste es el libro que prefiero porque constituyó mi primer encuentro con la magia. Escribió otros libros, además de Dago red y Espera a la primavera, Bandini. Por ejemplo, Plenitud de vida y The brotherhood of the grape. En la actualidad está escribiendo otra novela, A dream of Bunker Hill.


Al final, gracias a otras vicisitudes, he conocido al novelista este mismo año. Queda mucho por decir de la vida de John Fante. Una vida con una suerte extraordinaria, con un destino horrible y llena de una valentía tan natural como insólita. Es posible que se cuente algún día, aunque creo que a él no le gustaría que yo la contase aquí. Permítaseme decir, sin embargo, que en su forma de escribir y en su forma de vivir se dan las mismas constantes: fuerza, bondad y comprensión.


Es todo. A partir de este momento, el libro pertenece al lector.




CHARLES BUKOWSKI

5-6-79









1




C I E R T A noche me encontraba sentado en la cama de la habitación de la pensión de Bunker Hill en que me hospedaba, en el centro mismo de Los Angeles. Era una noche de importancia vital para mí, ya que tenía que tomar una decisión relativa a la pensión. O pagaba o me iba: es lo que decía la nota, la nota que la dueña me había deslizado por debajo de la puerta. Un problema relevante, merecedor de una atención enorme. Lo resolví apagando la luz y echándome a dormir.


Cuando desperté por la mañana, me dije que tenía que hacer más ejercicio y comencé en el acto. Practiqué varias flexiones. Luego me cepillé los dientes, noté el sabor de la sangre, vi una mota sonrosada en el cepillo, me acordé de los anuncios y resolví bajar a la calle y tomar un café.


Fui al restaurante donde siempre me restauraba, tomé asiento en un taburete que había ante el largo mostrador y pedí un café. Se parecía mucho al café, pero no valía el precio que se pagaba por él. Me fumé allí mismo un par de cigarrillos, leí los resultados de la Liga Americana de béisbol, pasé concienzudamente por alto los resultados de la Liga Nacional y comprobé con satisfacción que Joe DiMaggio seguía siendo un orgullo para Italia, ya que seguía encabezando la lista de mejores bateadores.


Una máquina de hacer tantos el DiMaggio. Salí del restaurante, me situé ante un pitcher imaginario y largué un pelotazo que se llevó por delante la barrera. Anduve luego por la calle, hacia Angel’s Flight, preguntándome qué hacer aquel día. Pero no había nada que hacer y por tanto resolví pasear por la ciudad.


Mientras recorría Olive Street, pasé ante una casa de vecindad sucia y amarillenta, todavía húmeda como un secante a causa de la niebla de la noche anterior, y pensé en mis amigos Ethie y Carl, ambos de Detroit, que vivían allí, y recordé la noche en que Carl había pegado a Ethie porque ésta iba a tener un niño y él no quería ningún niño. Pero lo tuvieron y no hubo más que hablar. Y recordé el interior de la casa, que olía a polvo y a ratones, y a las ancianas que se sentaban en el zaguán cuando el calor apretaba por la tarde, y a la anciana de piernas bonitas. También estaba el ascensorista, un individuo de Milwaukee que estaba hecho polvo y que ponía cara de burla cada vez que se le indicaba un piso, como si uno fuera un imbécil por querer ir a ese piso concreto, el ascensorista, que siempre tenía dentro del ascensor una bandeja con bocadillos y una revista de historietas baratas.


Seguí bajando la colina por Olive Street y pasé ante las horribles casas de madera que apestaban a crímenes y, sin abandonar Olive, ante el Philarmonic Auditorium, recordé que había estado allí con Helen para oír a los coros de los Cosacos del Don, que me había aburrido y que nos habíamos peleado por culpa de aquello, y me acordaba de lo que Helen llevaba puesto aquel día, un vestido blanco, y de que los riñones se me ponían en órbita cada vez que lo rozaba. Ay, Helen, Helen... aunque allí no, claro.


Así llegué al cruce de Olive con Fifth Street, donde los tranvías enormes destrozaban los oídos a causa del ruido que producían, donde el olor a gasolina hacía que las palmeras parecieran tristes y donde el asfalto negro seguía húmedo a causa de la niebla de la noche anterior.


Y así llegué también ante el Hotel Biltmore, ante la hilera de taxis amarillos, en cuyo interior dormían los respectivos conductores, salvo el que estaba más cerca de la puerta principal, y pensé con asombro en aquellos sujetos y en su repertorio informativo, y me acordé de cuando Ross y yo hicimos una consulta a uno, que se sonrió con salacidad y nos llevó a Temple Street, precisamente a Temple Street, donde sólo encontramos un par de sitios muy desagradables; y de que Ross estuvo todo el tiempo arriba, mientras yo me quedaba en el salón, poniendo discos en la gramola, asustado y solo.


Pasé ante el portero del Biltmore, que me cayó gordo en el acto, con sus galones amarillos, su metro ochenta de estatura y toda la dignidad de que se rodeaba, y en aquel punto se acercó al bordillo un automóvil negro del que descendió un hombre. Parecía rico; acto seguido descendió una mujer, la mujer era una belleza, la piel que llevaba era de zorro plateado, una melodía que cruzase la acera y se colase por la puerta giratoria, y me dije, chico, quién pudiera estar un rato con ella, sólo un día y una noche con ella, un sueño, y yo seguí andando y el perfume femenino quedó en el aire húmedo de la mañana.


Luego estuve un rato interminable mirando el escaparate de un estanco y el mundo entero desaparecía salvo el escaparate ante el que me encontraba fumando todo el tabaco que veía, e imaginé que era un autor célebre, y llevaba en la boca una pipa de brezo italiano, muy chula, y en la mano un bastón, y salía de un coche negro imponente, y también ella estaba allí, la señora de la piel de zorro plateado, orgullosísima de mí. Nos inscribíamos, nos íbamos a tomar unos cócteles, luego a bailar, a continuación a tomar más cócteles y yo le recitaba unos versos en sánscrito, y el mundo era fabuloso, porque no pasaban dos minutos sin que alguna maravillosa mujer se me quedara mirando a mí, al autor célebre, y aunque lo único que pasaba era que le firmaba un autógrafo en la carta, la del zorro plateado se ponía muy celosa.


¡Dame algo tuyo, Los Angeles! Ven a mí tal y como yo voy hacia ti, con los pies en tus calles, ciudad preciosa a la que tanto amo, flor triste enterrada en la arena, ciudad preciosa.


Un día, el siguiente, la víspera, y la biblioteca con las estanterías llenas de amiguetes, el viejo Dreiser, el viejo Mencken, todos los muchachos estaban allí e iba a verles, Hola Dreiser, Qué tal Mencken, Hola, Hola: también para mí hay un sitio, comienza por B, en el estante de la B, Arturo Bandini, haced sitio para Arturo Bandini, un hueco para su libro, y me sentaba a la mesa y me quedaba mirando el sitio donde estaría mi libro, muy cerca de Arnold Bennett; no igual que Arnold Bennett, pero algo de lustre sí daría a los que estuvieran en la B, el bueno de Arturo Bandini, otro miembro de la banda, hasta que aparecía por allí una chica, el perfume se esparcía por la sala de libros de ficción y el taconeo de los zapatos interrumpía la monótona constancia de mi gloria. ¡Día de fiesta, delirios de fiesta!


Pero la dueña de la pensión, la canosa dueña de la pensión no hacía más que escribirme notas: era de Bridgeport, Connecticut, su marido había muerto, ella estaba totalmente sola en el mundo y no confiaba en nadie, no podía permitírselo, me lo dijo con estas mismas palabras, y también que yo tenía que pagar. Se acumulaba igual que la deuda nacional, tenía que pagar o marcharme, y que pagar hasta el último centavo: cinco semanas a cuenta, veinte dólares, y si no, se quedaría con mis baúles; sólo que yo no tenía baúles, sólo una maleta, de cartón además, sin una maldita correa siquiera, porque la correa la tenía alrededor de la cintura, sujetándome los pantalones, lo que tampoco era demasiado servicio porque apenas si tenía pantalones.


—Acaba de escribirme mi agente literario —le dije—. El de Nueva York. Me dice que le han aceptado otro; no me ha dicho dónde, pero me ha dicho que se lo han aceptado. Así que no se preocupe, señora Hargraves, no tenga miedo, le pagaré mañana o pasado.


Pero no podía creer a un embustero como yo. En realidad no era una mentira; era un deseo, no una mentira, y quizá ni siquiera un deseo, tal vez un hecho consumado y la única manera de saberlo era vigilar la llegada del cartero, observarlo con atención, revisar las cartas cuando las dejaba en la mesa del vestíbulo, preguntarle a bocajarro si había alguna para Bandini. Aunque después de seis meses en aquella pensión no tenía que preguntarle. Me veía llegar y siempre me hacía un ademán afirmativo o negativo con la cabeza antes de que le hiciera ninguna pregunta: no, tres millones de veces; sí, una vez.


Un día recibí una carta preciosa. Bueno, recibía montones de cartas, pero aquélla fue la única carta hermosa, y la recibí por la mañana, y decía (mi corresponsal me comentaba El perrito rió) que había leído El perrito rió y que le había gustado; decía: señor Bandini, si alguna vez ha habido un genio bajo el sol, ése es usted. Se llamaba Leonardo, un gran crítico italiano, sólo que no tenía ninguna reputación como crítico, no era más que un ciudadano de Virginia Occidental, aunque era grande, era crítico y se murió. Ya estaba muerto cuando recibió la carta que le había mandado por avión a Virginia Occidental y fue la hermana quien se encargó de devolvérmela. La carta que me escribió la hermana también era preciosa, también ella era una crítica muy buena, me decía que Leonardo había muerto de tuberculosis, pero que fue feliz hasta el final, y que una de las últimas cosas que hizo fue sentarse en el lecho y escribirme sobre El perrito rió: un delirio al margen de la vida, pero muy importante; Leonardo, muerto ya, un santo del cielo comparable a cualquiera de los doce apóstoles.


Todos los de la pensión leyeron El perrito rió, absolutamente todos: era una historia que podía provocar un patatús a cada página y por otra parte tampoco trataba sobre ningún perro: una historia inteligente, poesía estupefaciente. Y el genial editor, nada menos que J. C. Hackmuth, que firmaba igual que un chino y que me había dicho en una carta: una historia soberbia y estoy orgulloso de editarla. La señora Hargraves la leyó y desde entonces fui otro hombre para ella. Tenía que quedarme en la pensión, no se me iba a echar al frío de las calles, aunque la temperatura subía a menudo de un modo alarmante, y todo ello a causa de El perrito rió. La señora Grainger, de la habitación 345, miembro de la Ciencia Cristiana (caderas estupendas, aunque algo mayorcita), oriunda de Battle Creek, Michigan, que se quedaba en el vestíbulo en espera de la muerte, y El perrito rió la devolvió al mundo de los vivos, y la expresión que se le dibujó en los ojos me hizo comprender que había dado en el clavo, que yo también había dado en el clavo, aunque esperaba que me preguntase por mi situación económica, por cómo me iba, y después pensé por qué no le dices que te preste cinco dólares, pero no lo hice y me alejé chascando los dedos de fastidio.


La pensión se llamaba Alta Loma. Se había construido al revés en la falda de una colina, en lo alto de Bunker Hill, en sentido contrario a la pendiente del cerro, de suerte que la planta baja estaba al nivel de la calle, pero el piso décimo se encontraba diez pisos más abajo. Si se ocupaba la habitación 862, se entraba en el ascensor y se bajaba ocho pisos, y si se quería bajar al garaje, no había que bajar sino que subir al ático, al piso que estaba encima de la planta baja.


¡ Quién pudiera estar con una chica mexicana! Casi siempre pensaba en ella, en mi chica mexicana. Jamás había estado con ninguna, pero las había a cientos en las calles; la Plaza y el barrio chino estaban hasta los topes de chicas mexicanas, y eran mías según mi modo de ver las cosas, ésta, aquélla y la de más allá, y algún día, cuando recibiera otro cheque, sería un hecho consumado. Se trataba de una aventura gratis en el ínterin y ellas eran princesas aztecas y princesas mayas, las hijas de los peones y mozos de mulas que podían verse por Grand Central Market, en la Iglesia de Nuestra Señora, y a las que, por verlas, incluso iba a misa. Era un comportamiento sacrílego, pero preferible a no ir a misa en absoluto, de modo que cuando escribía a mi madre, que vivía en Colorado, no tenía necesidad de mentirle. Mi querida madre: el domingo pasado fui a misa. En Grand Central Market tropezaba casualmente con las princesas a propósito. La situación me daba una oportunidad para hablar con ellas, sonreía y les pedía perdón. Hermosas muchachas, contentísimas cuando uno se conducía como un caballero y cosas así, cuando me limitaba a tocarlas y me llevaba el recuerdo del tacto a la habitación, donde el polvo se acumulaba sobre la máquina de escribir y Pedro el ratón se instalaba en su nido para contemplarme con sus ojos negros durante aquellas horas de ensueño y delirio.


Pedro el ratón, un ratón apacible aunque no domesticado y que no quería mimos ni que lo echaran de casa. Lo vi cuando entré en la habitación por primera vez, en mi período más fructífero, cuando El perrito rió apareció en el número de agosto de la revista. Hacía ya cinco meses de aquel día, había llegado a la ciudad en autobús, procedente de Colorado, con ciento cincuenta dólares en el bolsillo y grandes proyectos en la cabeza. En aquella época tenía yo una filosofía. Amaba por igual a personas y animales y Pedro no fue una excepción; pero el queso era caro, Pedro llamó a todos sus amigos, la habitación se llenó de ratones y yo tuve que desistir y darles pan. Pero no les gustaba el pan. Los había malacostumbrado y se marcharon a otros sitios, todos salvo Pedro el asceta, que se contentaba con roer las páginas de una vieja Biblia editada y distribuida por la Gideon Society.


¡Ah, aquel primer día! La señora Hargraves abrió la puerta de mi cuarto y hela allí, con una alfombra roja en el suelo, cuadros de paisajes ingleses en las paredes y una ducha empotrada. La habitación era la 678 y estaba en el sexto sótano, casi tocando la colina, de modo que tenía la ventana a la altura de la ladera verde y no me hacía falta llave porque la ventana siempre estaba abierta. Por aquella ventana vi una palmera por primera vez, a dos metros apenas, y como es lógico me acordé del Domingo de Ramos, de Egipto y de Cleopatra, aunque la palmera tenía las ramas negruzcas, sucias a causa del monóxido de carbono que brotaba del paso subterráneo de Third Street, y el tronco escamoso estaba recubierto con el polvo y la arena procedentes de los desiertos de Mojave y Santa Ana.


Mi querida madre, solía decir cuando escribía a Colorado, Mi querida madre, todo marcha viento en popa. Hablé con el director de una revista muy importante, comimos juntos y hemos firmado un contrato para que me publique una serie de cuentos, aunque no quiero aburrirte con los detalles, queridísima mamá, porque sé que no te interesa la literatura, y sé que a papá tampoco, aunque de todos modos se trata de un contrato muy importante, si bien no entrará en vigor hasta pasados dos meses. Mándame pues diez dólares, madre querida, mándame cinco, madre del alma, porque el director de la revista (te diría su nombre, pero sé que estas cosas no te interesan) está dispuesto a lanzarme y a convertirme en figura de un proyecto muy ambicioso.


Mi querida madre y el estimado señor Hackmuth, el director de la importante revista, eran los destinatarios de casi todas las cartas que escribía, prácticamente los únicos destinatarios de mis cartas. El viejo Hackmuth, con su ceño fruncido y peinado con la raya en medio, el gran Hackmuth, cuya pluma era semejante a una espada: tenía su foto en la pared, una foto dedicada y con una firma igual que la de un chino. Hola, Hackmuth, le solía decir. ¡Dios mío, usted sí que sabe escribir! Pero entonces llegaron los días de vacas flacas y Hackmuth comenzó a recibir mis cartas más prolijas. Dios mío, señor Hackmuth, me ha sucedido algo espantoso: se me ha ido la inspiración y ya no sé qué escribir. ¿Cree usted, señor Hackmuth, que tendrá algo que ver con el clima de este lugar? Aconséjeme, por favor. ¿Cree usted, señor Hackmuth, que escribo igual que William Faulkner? Aconséjeme, por favor. ¿Cree usted, señor Hackmuth, que la sexualidad puede tener alguna relación con lo que me pasa?, porque, mire usted, señor Hackmuth, porque, porque, y se lo contaba todo a Hackmuth. Le conté lo de la rubia que conocí en el parque. Le conté cómo me la trabajé y cómo sucumbió. Le conté absolutamente todo, sólo que no era verdad, era una mentira más grande que una casa: pero, en fin, algo es algo. Se trataba de escribir, de mantenerme en contacto con la grandeza, y él me respondía siempre. ¡Chico, era un tío de primera! Me respondía a vuelta de correo, como un gran hombre que reacciona ante los problemas de un hombre de talento. Nadie recibía tantas cartas de Hackmuth, nadie salvo yo, y solía llevarlas encima, las leía una y otra vez y las besaba. Me detenía ante la foto de Hackmuth con los ojos arrasados de lágrimas y le decía que esta vez había encontrado algo bueno, algo grandioso, un individuo llamado Bandini, Arturo Bandini, yo.


Epoca difícil y de resolución. Es el término exacto, resolución: Arturo Bandini ante la máquina de escribir durante dos días seguidos, resuelto a ser algo grande; pero no sirvió de nada, el asedio más largo de su vida y con la más firme de las resoluciones, y ni una sola línea, sólo una palabra repetida a lo largo y ancho de la página, la misma palabra siempre: palmera, palmera, palmera, una guerra a muerte entre la palmera y yo, y ganó la palmera: ved cómo se mece en el aire azul, cómo cruje con dulzura en el aire azul. La palmera venció después de dos días de combate y yo salí por la ventana y me senté al pie del árbol. Pasó el tiempo, unos minutos, y me quedé dormido con un reguero de hormigas pardas correteándome entre el vello de las piernas.









2






Y O tenía entonces veinte años. Qué hostias, me decía, tómate el tiempo que haga falta, Bandini. Tardaste diez años en escribir un libro, así que tómatelo con calma, sal a la calle, aprende de la vida, pasea por ahí. Porque ése es tu problema: que no sabes nada de la vida. Diantre, joder, mira, tú, ¿te das cuenta de que nunca has tenido ninguna experiencia con una mujer? Sí, sí que la he tenido, he tenido muchísimas experiencias. Que no, te digo que no. Necesitas una mujer, necesitas un baño, necesitas una buena sacudida ya, necesitas dinero. Dicen que un dólar, dicen que en los sitios finos dos dólares, pero en la Plaza es un dólar; muy bien, sólo que no tienes un dólar, y algo más, so cobarde, aunque tuvieras un dólar no irías, porque ya tuviste ocasión de ir una vez en Denver y no fuiste. No, cobardica, tenías miedo, y aún lo tienes, y te alegras de no tener un dólar.


¡Miedo de una mujer! ¡Jo, pues vaya gran escritor! ¿Cómo puede escribir sobre mujeres si nunca ha estado con una? Ay, embustero de mierda, estafador, no me extraña que no puedas escribir. No me extraña que no aparezca ninguna mujer en El perrito rió. No me extraña que no sea una historia de amor, so cretino, colegial braguetero.


Escribir una historia de amor, aprender de la vida.


Recibí dinero por correo. No era un cheque del supremo Hackmuth, no era que The Atlantic Monthly o The Saturday Evening Post me hubieran aceptado un cuento. No eran más que diez dólares, toda una fortuna. Me los mandaba mi madre: unas pólizas de seguros de poca monta, Arturo, las había suscrito porque garantizaban dinero en metálico y esto es lo que te corresponde. Bueno, eran diez dólares; fuera un manuscrito u otro, algo por lo menos se había vendido.


Mételos en el bolsillo, Arturo. Lávate la cara, péinate, ponte cualquier cosa que te haga oler bien mientras te miras en el espejo en busca de canas; porque estás preocupado, Arturo, estás preocupado y la preocupación hace que salgan canas. No había ninguna, sin embargo, ni un pelo. Sí, bueno, pero ¿qué hay del ojo izquierdo? Parece apagado. Cuidado, Arturo Bandini; no fuerces la vista, recuerda lo que le ocurrió a Tarkington, recuerda lo que le pasó a James Joyce.


No está mal, en pie en el centro de la habitación, charlando con la foto de Hackmuth, no está mal, Hackmuth, algo sacarás de todo esto. ¿Qué tal estoy, Hackmuth? ¿No se pregunta usted a veces, Herr Hackmuth, qué aspecto tendré? ¿No se pregunta usted a veces si será guapo y elegante el Bandini ése, el autor del brillante El perrito rió?


Una vez, en Denver, hubo otra noche como ésta, sólo que en Denver yo no era escritor, aunque estaba en una habitación igual que la actual y hacía idénticos planes, y fue desastroso porque allí no hacía más que pensar en la Virgen María y en No desearás a la mujer de tu prójimo y la abnegada muchacha cabeceó con tristeza y tuvo que desistir, pero aquello ocurrió hace mucho y esta noche van a cambiar las cosas.


Salí por la ventana y ascendí por la ladera hasta llegar a la cima de Bunker Hill. Aspirar el perfume de la noche, aspirar el perfume de una orgía, oler las estrellas, oler las flores, oler el desierto y el polvo dormido de la cima de Bunker Hill. La ciudad estaba engalanada como un árbol de Navidad, roja, verde, azul. Salud, casas viejas, hermosas hamburguesas que canturreáis en los bares baratos, Bing Crosby canturreando también. Va a ser una chica dulcísima conmigo. No las chicas de mi infancia, las chicas de mi niñez, las chicas del instituto. Estas se asustaban de mí, no tenían confianza en sí mismas, me rechazaban; pero mi princesa no, porque ella lo comprenderá. También a ella la han despreciado.


Bandini, sigue andando, no muy alto pero sí fornido, orgulloso de su musculatura, apretando los puños para complacerse con la alegría salvaje de los bíceps, estúpido y temerario Bandini, que no teme nada salvo lo desconocido en un mundo de maravillas y misterios. ¿Resucitan los muertos? Los libros dicen que no, la noche grita que sí. Tengo veinte años, he alcanzado la edad de la razón, estoy a punto de meterme por las calles de abajo, en busca de una mujer. ¿Está ya mancillada mi alma? ¿Doy media vuelta? ¿Me vigila algún ángel? ¿Calman mis temores las plegarias de mi madre? ¿Me turban las plegarias de mi madre?


Diez dólares: pagaré el alquiler de dos semanas y media, me compraré tres pares de zapatos, dos pantalones, o bien un millar de sellos para lo que haya de enviar a las revistas; ¡por supuesto! Pero no tienes nada que enviar, tus dotes son dudosas, tus dotes son de pena, no estás dotado para escribir, y deja ya de mentirte día tras día porque sabes muy bien que El perrito rió no vale nada y que nunca valdrá nada.


Sigue pues andando por Bunker Hill, amenaza al cielo con el puño, sé qué piensas, Bandini. Imágenes de tu padre ante ti, un latigazo en la espalda, fuego y lava en el cráneo, que la culpa no es tuya: esto es lo que piensas, que naciste pobre, en el seno de una familia de campesinos pobres, obligado por la pobreza, obligado a huir del pueblo de Colorado en que naciste porque eras pobre, vagabundeando por las cloacas de Los Angeles porque eres pobre, esperando escribir un libro que te haga rico, porque los que te detestaban allá en Colorado dejarán de detestarte si escribes un libro. Eres un cobarde, Bandini, un traidor a tu propia alma, un embustero de pena ante ese Jesucristo tuyo que llora. Por eso escribes, por eso sería mejor que te murieras.


Sí, es verdad. Pero en Bel-Air he visto casas con jardines frescos y alfombrados de césped y piscinas de agua verdosa. He deseado a mujeres cuyos solos zapatos valen cuanto he tenido en toda mi vida. He visto palos de golf en los escaparates de Spalding, en Sixth Street, que me despiertan unas ganas locas de tenerlos en las manos. He llorado por tener una corbata igual que el hombre piadoso llora por sus pecados. He admirado los sombreros que venden en Robinson del mismo modo que los críticos de arte se quedan boquiabiertos ante las obras de Miguel Angel.


Bajé los peldaños de Angel’s Flight hasta llegar a Hill Street: ciento cuarenta escalones, con los puños apretados, no asustado de ningún hombre, pero sí temeroso del paso subterráneo de Third Street, temeroso de cruzarlo, por claustrofobia. Asustado también de los sitios elevados, y de la sangre, y de los temblores de tierra; por lo demás, ningún temor, salvo el temor de la muerte, de gritar en medio de la multitud, de una apendicitis, de sufrir del corazón, hasta de esto, estar en la propia habitación con un reloj en la mano y los dedos de la otra en la yugular, contando los latidos cardíacos, escuchando los extraños zumbidos y retortijones del estómago. Por lo demás, ningún miedo en absoluto.


He aquí una idea rentable: los escalones, la ciudad abajo, las estrellas al alcance de las uñas: historia de chico-conoce-chica, planteamiento cómodo, idea superrentable. La chica vive en aquella casa de vecinos de color grisáceo, el chico vive a salto de mata. El chico soy yo. La chica es el hambre. La chica rica de Pasadena no quiere saber nada de dinero. Abandona a propósito los millones de Pasadena por fastidio, porque le aburre el dinero. Chica hermosa, alegre. Historia a lo grande, conflicto psicopatológico. Chica con fobia al dinero: planteamiento freudiano. Hay otro tipo que la quiere, un sujeto rico. Yo soy pobre. Conozco al rival. Lo desuello vivo con mi ingenio mordaz y además le doy una paliza con los puños. Chica impresionada, se derrite por mí. Me ofrece millones. Me caso con ella a condición de que siga siendo pobre. Accede. Pero hay final feliz: la chica me engaña el día de la boda abriéndome una cuenta corriente de aquí te espero. Yo me cabreo pero la perdono porque la amo. Buen argumento, aunque con un fallo: era una historia típica de revista femenina.


Mi querida madre, gracias por los diez dólares. Mi agente literario me informa de que nos han contratado otro cuento, esta vez una revista muy importante de Londres, aunque al parecer no pagan hasta que se publica, o sea que la pequeña cantidad que me has mandado me vendrá bien para solucionar un par de cosillas.


Fui a ver una revista de variedades. Ocupé el mejor asiento disponible, un dólar con diez centavos, al pie mismo de un coro de cuarenta culos manoseados: algún día todos serán míos: me compraré un yate y navegaremos por los Mares del Sur. Las tardes que haga calor bailarán para mí en la cubierta soleada. Pero serán mías las mujeres hermosas, elegidas entre la flor y nata de la sociedad, y que querrán competir con las alegrías y placeres de mi fama. Bien, esto es lo que necesito, esto es la experiencia, estoy aquí por un motivo, son momentos que se traducirán en páginas, el revés de la medalla de la vida.


Entonces apareció Lola Linton, contoneándose como una culebra de raso entre el alboroto que producían los silbidos y pateos, Lola Linton la lujuriosa, enroscándoseme y saqueándome la anatomía, y cuando hubo acabado, me dolían los dientes de tanto apretar las mandíbulas y maldije a los patanes puercos y rijosos que me rodeaban y que pedían a gritos una parte de la felicidad obscena que me pertenecía en exclusiva.


Si mamá había vendido las pólizas tenía que ser porque al viejo no le iban bien las cosas y yo no debería estar en un sitio como aquél. De pequeño solía ver fotos de muchas Lola Linton y me impacientaba hasta lo indecible porque el tiempo y la niñez avanzaban muy despacio, y suspiraba porque llegase el día, este mismo día, y aquí estoy, no he cambiado ni tengo a ninguna Lola Linton, aunque fantaseaba con ser rico y soy pobre.


Main Street después del espectáculo, medianoche: tubos de neón y niebla ligera, puticlubes de mala muerte y cines abiertos toda la noche. Tiendas de artículos de segunda mano, salas de baile para filipinos, cócteles a quince centavos, espectáculos continuos, pero yo ya lo había visto todo, muchas veces, había invertido en ello mucho dinero procedente de Colorado. Hacía que me sintiera solitario, semejante a un hombre sediento que alargase la copa, de modo que me dirigí hacia el barrio mexicano con la sensación de sufrir una enfermedad indolora. Y me encontré ante la Iglesia de Nuestra Señora, muy antigua, con los adobes ennegrecidos por el tiempo. Entré por motivos sentimentales. Sólo por motivos sentimentales. No he leído a Lenin, pero he oído comentar una frase suya, que la religión es el opio del pueblo. Hablando conmigo mismo en la escalinata de la iglesia: el opio del pueblo, pues claro que sí. Yo es que soy ateo: he leído El Anticristo y me parece una obra imprescindible. Creo en la transvaloración de los valores, señor mío. La Iglesia debe desaparecer, es el refugio del Mester de Patanería, de los patanes y pelmazos y toda la charlatanería de tres al cuarto.


Abrí la puerta enorme que produjo un chirrido semejante al llanto. Por encima del altar chisporroteaba la eterna claridad rojo sangre que iluminaba con matices carmesí un silencio de casi dos mil años. Era igual que la muerte, aunque también recordaba a niños que gritaban en el momento del bautismo. Me arrodillé. Por costumbre, digo la genuflexión. Me senté. Mejor arrodillarse, porque el agudo pinchazo que se sentía en las rodillas era una distracción en medio de aquel silencio espantoso. Una oración. Claro, una oración: por motivos sentimentales. Dios Todopoderoso, lamento ser ateo ahora, pero ¿Has leído a Nietzsche? ¡Un libro bárbaro! Dios Todopoderoso, voy a jugar limpio. Voy a hacerte una proposición. Haz que sea un gran escritor y volveré al seno de la Iglesia. Y otro favor, Dios de mi vida: haz que mi madre sea feliz. El Viejo no me preocupa; él tiene su vino y su salud a prueba de bomba, pero mi madre me preocupa. Amén.


Cerré la puerta lloriqueante y me quedé en la escalinata, la niebla semejante a un animal blanco e inmenso que lo cubriera todo, la Plaza semejante al ayuntamiento de mi pueblo, blanquiprisionera del silencio níveo. Pero los ruidos se propagaban con rapidez y claridad a través del letargo y el que oía era el taconeo de unos zapatos de mujer. Apareció una joven. Llevaba un abrigo viejo y verde y las facciones se le perfilaban bajo la bufanda roja anudada bajo la barbilla. En la escalinata se encontraba Bandini.


—Hola, cielo —dijo la muchacha con una sonrisa, como si Bandini fuera su marido o su novio. Subió el primer peldaño y alzó los ojos para mirarle—. ¿Te decides, cariño? ¿Quieres que te haga pasar un buen rato?


Bandini el superligón, el superligón sin escrúpulos.


—No —dijo—. Gracias. Esta noche no.


Se marchó corriendo, dejándola con los ojos clavados en él y murmurando palabras que no alcanzó a oír. Recorrió media manzana. Estaba satisfecho. Por lo menos se había dirigido a él. Por lo menos se había dado cuenta de que era un hombre. Se puso a silbar una melodía por el placer de silbarla. La experiencia del hombre de ciudad es universal. Conocido escritor nos habla de sus noches con las mujeres de la calle. Arturo Bandini, el famoso escritor, revela sus experiencias con una prostituta de Los Angeles. La crítica afirma que es el mejor libro que se ha escrito.


Bandini (entrevistado a punto de partir para Suecia): Yo daría a todos los escritores jóvenes un consejo muy sencillo. Que no dejen escapar nunca la oportunidad de probar una experiencia nueva. Que vivan la vida en su caldo de cultivo, que se enfrenten a ella con valentía, que la aborden con los puños desnudos.


Periodista: Señor Bandini, ¿cómo se le ocurrió escribir este libro que le ha hecho ganar el Premio Nobel?


Bandini: El libro está basado en una experiencia auténtica que me sucedió en Los Angeles una noche. Todas y cada una de las palabras del libro son verdaderas. He vivido el libro, es experiencia pura.


Suficiente. Me di cuenta de todo en el acto. Di la vuelta y me dirigí otra vez a la iglesia. La niebla era impenetrable. La chica había desaparecido. Seguí andando: cabía la posibilidad de encontrarla. Volví a verla en la esquina. Hablaba con un mexicano alto. Se pusieron en marcha, cruzaron la calle y entraron en la Plaza. Fui tras ellos. ¡Dios mío, nada menos que un mexicano! Las mujeres así deberían hacer distinciones raciales. Sentí odio por aquel individuo, por aquel sudaca, por aquel pellejo aceitoso. Caminaban bajo los plátanos de la Plaza y sus pasos resonaban en medio de la niebla. Oí que el mexicano reía. La muchacha rió a continuación. Cruzaron la calle y se introdujeron por un callejón por el que se entraba en el barrio chino. Los anuncios orientales de neón coloreaban la niebla de un tono rosado. Entraron en el zaguán de una pensión que había junto a un restaurante chino y subieron por la escalera. Había baile en un piso del otro lado de la calzada. A lo largo de las aceras había sendos regueros de taxis estacionados. Me apoyé en el guardabarros delantero del taxi que se encontraba delante de la pensión y esperé. Encendí un cigarrillo y esperé. Esperaría hasta que el infierno se helase. Esperaría hasta que Dios me fulminase con el rayo.


Pasó media hora. Oí ruido en la escalera. Se abrió la puerta. Apareció el mexicano. Le envolvió la niebla, encendió un cigarrillo y bostezó. Sonrió abstraído, se encogió de hombros y nada más alejarse lo engulló la niebla. Adelante, sonríe. Sudaca apestoso, ¿ qué motivo tienes para sonreír? Procedes de una raza aplastada y muerta y sólo porque has subido a la habitación con una de nuestras jovencitas blancas te pones a sonreír. ¿ Piensas que habrías tenido esta oportunidad si yo hubiera dicho que sí en la escalinata de la iglesia?


Un instante después resonó en la escalera el taconeo de los zapatos de la joven y la chica se adentró en la niebla. La misma chica, el mismo abrigo verde, la misma bufanda. Me vio y sonrió.


—Hola, cariño. ¿Quieres pasar un buen rato?


Ahora lo tienes fácil, Bandini.


—Bueno —dije—, puede que sí y puede que no. ¿Qué sueles hacer?


—Sube y lo verás, cariño.


Deja de sonreír por lo bajo, Arturo. Sé educado y comprensivo.


—Podría subir —dije—. Pero a lo mejor se me quitan las ganas.


—Vamos, cariño, sube de una vez. —Los huesos frágiles de la cara, el olor a vino agrio que le brotaba de la boca, la nauseabunda hipocresía de su dulzura, sed de dinero en los ojos.


Bandini que dice:


—¿Cuánto se cobra actualmente?


Me cogió del brazo y tiré de mí hacia la puerta, aunque con amabilidad.


—Sube, cariño. Ya hablaremos arriba.


—Es que en realidad no estoy muy caliente —dijo Bandini—. Vengo... vengo directamente de una orgía.


Dios te salve, María, llena eres de gracia, mientras subo las escaleras, no voy a poder hacerlo. Tengo que salir de ésta. Los pasillos huelen a cucarachas, una bombilla amarilla en el techo, eres demasiado exquisito para soportar estas cosas, la chica que me sujeta por el brazo, algo raro te pasa, Arturo Bandini, eres un misántropo, tu vida entera está condenada al celibato, habrías tenido que ser cura, el padre O’Leary cuando nos habló aquella tarde, cuando nos conté las alegrías de la contención y la renuncia, y con el dinero de mi mismísima madre además, Oh, María, tú, que fuiste concebida sin pecado, ruega por aquellos que recurrimos a ti... hasta que llegamos al final de las escaleras, recorrimos un pasillo sombrío y mugriento, alcanzamos la habitación del fondo, la chica encendió la luz y entramos.


Un cuarto más reducido que el mío, sin alfombras, sin retratos, una cama, una mesa, una jofaina. Se quitó el abrigo. Llevaba debajo un vestido estampado azul. No llevaba medias. Se quitó la bufanda. No era una rubia de verdad. En las raíces del pelo le despuntaba el color negro. Tenía la nariz un tanto aquilina. Bandini en la cama, instalado como por casualidad, como hombre que supiera sentarse en un lecho.


Bandini:


—Tienes una habitación muy bonita.


Dios mío, tengo que escapar de aquí, es horrible.


La chica se sentó a mi lado, me rodeó con los brazos, apretó el pecho contra el mío, me besó, me recorrió los dientes con una lengua helada. Me puse en pie de un salto. Piensa con rapidez, oh cerebro mío, querido cerebro mío, por favor, sácame de este aprieto y nunca volverá a suceder. Volveré a la iglesia de mis mayores desde mañana mismo. De ahora en adelante, mi vida discurrirá semejante a un arroyuelo de aguas puras y cristalinas.


La chica se tumbó de espaldas con las manos en la nuca, las dos piernas en la cama. Aspiraré la fragancia de las lilas de Connecticut, lo juro, antes de morir, y veré las iglesias blancas, limpias, pequeñas, silenciosas de mi juventud, las cercas que rompí para escapar.


—Mira —le dije—, quiero hablar contigo.


Cruzó las piernas.


—Soy escritor —dije—. Estoy acumulando material para un libro.


—Ya sabía que eras escritor —me dijo—. O agente de comercio, o algo por el estilo. Respiras espiritualidad, cariño.


—Pues sí, soy escritor. Me gustas y esas cosas. Estás buena y me gustas. Pero antes quisiera hablar contigo.


Se enderezó.


—¿No tienes dinero, cariño?


Dinero, je, je, je. Lo saqué, saqué el fajo de dólares prieto y pequeño. Pues claro que tenía dinero, montañas de dinero, esto no es más que una muestra insignificante, el dinero no es problema, el dinero no significa nada para mí.


—¿ Cuánto cobras?


—Dos dólares, cariño.


Dale tres entonces, con desenvoltura, como quien se desprende de la caspa, sonríe y dáselos porque el dinero no es ningún problema, quien me dio éste puede darme mucho más, mi madre, sentada en este preciso segundo junto a la ventana, con el rosario en la mano, esperando a que el Viejo vuelva, pero hay dinero, siempre hay dinero.


Cogió el dinero y lo guardó bajo la almohada. Me dio las gracias y su sonrisa se transformó. El escritor quería hablar. ¿ Qué tal estaba el trabajo actualmente? ¿ Cómo es que a una chica como ella le gustaba aquella clase de vida? Oh, por favor, cariño, basta ya de hablar, empecemos de una vez. No, no, yo quiero que hablemos, es importante, un nuevo libro, materia prima. Lo hago a menudo. ¿Cómo te metiste en el oficio? Joder, cariño, ¿es que también me vas a preguntar eso? Que el dinero no es problema, ya te lo dije. Pero mi tiempo tiene precio, cariño. Toma otros dos dólares. Ya van cinco, Santo Dios, cinco dólares del ala y aún no he salido de aquí, cuánto te odio, basura inmunda. Aunque eres más pura que yo porque no tienes ninguna inteligencia que vender, sólo la triste envoltura de la carne.


La chica estaba impresionada, dispuesta a cualquier cosa. Habría hecho con ella lo que me hubiera dado la gana, y quiso atraerme hacia sí, pero no, esperemos un rato. Te he dicho que quiero hablar, que el dinero no es problema, toma tres más, ya van ocho, pero no importa. Quédate con los ocho dólares y cómprate algo bonito. De pronto chasqué los dedos como hombre que recuerda algo, algo importante, una cita, un compromiso.


—Eh —dije—, ahora que recuerdo. ¿ Qué hora es?


Había hundido la barbilla en mi cuello y me lo acariciaba.


—No te preocupes por la hora, cariño. Puedes quedarte toda la noche.


Un hombre importante, importantísimo, ahora lo recordaba, mi editor, iba a llegar en avión aquella misma noche. En Burbank, iba a aterrizar en Burbank. Tendré que coger un taxi para ir allí, tengo que darme prisa. Adiós, adiós, quédate los ocho pavos, cómprate algo bonito, adiós, adiós, bajando las escaleras a toda velocidad, huyendo, sumergiéndome en la niebla acogedora de la calle, quédate los ocho pavos, oh dulce niebla, te he visto y hacia ti corro, oh aire puro, oh mundo maravilloso, hacia ti voy, adiós, gritando por las escaleras, volveremos a vernos, quédate los ocho dólares y cómprate algo que te guste. Ocho dólares que me hacen llorar sangre, Jesús, acaba conmigo, dame la muerte y envía a casa mi cadáver, dame la muerte, hazme morir como un pagano idiota que no cuenta con sacerdote alguno para absolverle , ni con la extremaunción, ocho dólares, ocho dólares...

3




D Í A S de penuria, cielo azul donde nunca se ve una nube, mar azul día tras día y .el sol que flota en él. Días de abundancia: abundancia de preocupaciones, abundancia de naranjas. Comérselas en la cama, comérselas a la hora de la comida, darlas de lado a la hora de la cena. Naranjas, cinco centavos la docena. En el cielo la luz del sol, en mi estómago el zumo del sol. Desde el colmado japonés me vio llegar el japonés sonriente de cara de supositorio y echó mano de una bolsa de papel. Hombre generoso, me daba quince, veinte a veces, por una moneda de cinco centavos.


—¿Gustar plátanos? —Pues claro, y me dio un par de plátanos. Novedad agradable, zumo de naranja con plátano—. ¿Gustar manzanas? —Pues claro, y me dio unas cuantas manzanas. He aquí algo diferente: naranjas y manzanas—. ¿Gustar melocotones? —Naturalmente, y volví con la bolsa marrón a mi cuarto. Una novedad interesante, melocotones con naranjas. Hundí los dientes en la pulpa, el zumo se me escurrió hasta el fondo del estómago y allí se puso a lloriquear. Había mucha tristeza en el fondo de mi estómago. Había mucho llanto y nubes de gas, pequeñas y sombrías, me acorralaban el corazón.


El brete me condujo hasta la máquina de escribir. Tomé asiento ante ella, abrumado de pesar por Arturo Bandini. A veces pasaba flotando una idea inocua por la habitación. Era igual que un pajarillo blanco. Sin ninguna mala intención. Sólo quería ayudarme, el amable pajarillo. Pero yo me lanzaba sobre ella, la aporreaba con las teclas y se me moría entre las manos.


¿Qué me pasaba? Cuando era pequeño, había rezado a Santa Teresa para que me concediera una estilográfica nueva. La oración fue escuchada. El caso es que conseguí una estilográfica nueva. Entonces volví a rezar a Santa Teresa. Por favor, santa amable y bondadosa, concédeme una idea. Pero me ha abandonado, me han abandonado todos los dioses y, al igual que Huysmans, estoy solo, con los puños apretados, con lágrimas en los ojos. Si por lo menos me quisiera alguien, aunque fuera una chinche, aunque fuera un ratón, pero también estas cosas pertenecían al pasado; hasta Pedro me había abandonado al ver que no le podía ofrecer nada mejor que cortezas de naranja.


Pensé en mi casa, en los spaghetti que nadaban en riquísima salsa de tomate, recubiertos de queso parmesano, en las tartas de limón de mamá, en el cordero asado y el pan tierno, y me sentí tan desdichado que me hundí adrede las uñas en la carne del brazo hasta que brotó una gota de sangre. Me produjo una satisfacción enorme. Yo era la criatura más infeliz del Señor, obligada incluso a torturarse a sí misma. Estaba claro que no había en la tierra un dolor más grande que el mío.


Hackmuth tenía que saberlo, el poderoso Hackmuth, que alentaba a los genios desde las páginas de su revista. Estimado señor Hackmuth, escribí, describiendo el pasado glorioso, estimado señor Hackmuth, página tras página, el sol un globo de fuego en Occidente que se hundía despacio en el blanco de niebla que ascendía de la costa.


Sonó un golpe en la puerta, pero guardé silencio porque podía ser la pesada aquella que andaba tras el maldito alquiler. Se abrió la puerta entonces y apareció una cabeza calva, huesuda y con la faz cubierta de barba. Era el señor Hellfrick, que vivía en el cuarto contiguo. El señor Hellfrick era ateo, militar jubilado, vivía de una pensión exigua con la que apenas podía pagarse el alcohol que bebía, aunque compraba la ginebra más barata del mercado. Andaba siempre con un albornoz gris, exento tanto de cinturón como de botones, y aunque fingía algún recato, en realidad se le daba una higa, lleyaba siempre abierto el albornoz y debajo se le veía mucho pelo y muchos huesos. El señor Hellfrick tenía siempre los ojos enrojecidos porque todas las tardes, cuando el sol daba en la parte occidental de la pensión, se ponía a dormir con la cabeza fuera de la ventana y con el tronco y las piernas dentro. El primer día que estuve en la pensión me pidió prestados quince centavos y aunque había hecho esfuerzos tan denodados como inútiles por recuperarlos, había acabado por renunciar a la esperanza de disponer otra vez de aquel dinero que era mío. Habíamos terminado por distanciarnos a causa del episodio, por lo que fue una sorpresa verle meter la cabeza en mi habitación.


Entornó los ojos con complicidad, se llevó un dedo a los labios y me instó a guardar silencio, aunque yo no había dicho nada aún. Quería que se diese cuenta de mi hostilidad, recordarle que yo no sentía ningún respeto por el hombre que no cumplía su palabra. Cerró la puerta con cuidado y cruzó la estancia con la punta de los pies huesudos, el albornoz abierto de par en par.


—¿Le gusta la leche? —me murmuró.


La verdad es que sí y se lo dije. Entonces me dio a conocer su plan. El individuo que repartía la leche Alden en Bunker Hill era amigo suyo. Todas las mañanas, a eso de las cuatro, el individuo estacionaba el camión detrás de la pensión y subía por las escaleras de atrás hasta la habitación de Hellfrick para darle un tiento a la ginebra.


—O sea —dijo—-, que si le gusta la leche, no tiene más que servirse usted mismo.


Cabeceé.


—Lo que me propone es despreciable, Hellfrick —dije, asombrado de que Hellfrick y el lechero fuesen amigos—. Si es amigo suyo, ¿ por qué diablos quiere que le roben la leche? El se bebe su ginebra. ¿Por qué no le pide la leche a cambio?


—Porque a mí no me gusta la leche —dijo Hellfrick—. Lo hago por usted.

Me pareció una forma de soslayar el pago de la cantidad que me adeudaba. 

Cabeceé.


—No, gracias, Heilfrick. Prefiero seguir considerándome un hombre honrado.


Se encogió de hombros, se envolvió en el albornoz.


—Como quiera, joven. Sólo trataba de hacerle un favor.


Seguí con la carta a Hackmuth, aunque sentí el sabor de la leche casi al instante. Al cabo de un rato ya no lo podía soportar. Me eché en la cama sumido en la semioscuridad y dejé que la tentación me acorralase. Minutos después había desaparecido toda resistencia y llamaba a la puerta de Hellfrick. La habitación parecía un manicomio, el suelo estaba alfombrado por una pátina de publicaciones baratas con historietas de vaqueros, las sábanas de la cama estaban negras cual el carbón, la ropa se encontraba esparcida por todas partes y los ganchos de colgar ropa que había en la pared estaban tan desnudos y abandonados que parecían dientes rotos empotrados en un cráneo. Había platos encima de las sillas, colillas aplastadas en el alféizar de las ventanas. Era un cuarto igual que el mío, sólo que en el suyo había una pequeña estufa de gas en un rincón y disponía de un vasar para sartenes y cacerolas. La dueña de la pensión le cobraba un precio especial porque la habitación se la limpiaba él mismo y él mismo se hacía la cama, aunque en realidad no hacía ninguna de las dos cosas. Hellfrick estaba sentado en una mecedora, enfundado en el albornoz, con los pies rodeados de botellas de ginebra. Bebía de la botella que tenía en la mano. Bebía siempre, de noche y de día, aunque no se emborrachaba nunca.


—He cambiado de idea —le dije.


Se llenó la boca de ginebra, agitó el licor dentro de la boca y se lo tragó con expresión de éxtasis.


—Eso está hecho —dijo. Se puso en pie y cruzó la habitación, en busca de los pantalones, que yacían tirados de cualquier manera. Durante unos segundos pensé que me iba a devolver el dinero que me debía, pero se limitó a rebuscar no sé qué en los bolsillos y volvió a la silla con las manos vacías. Yo seguía inmóvil.


—Ahora que me acuerdo —le dije—. Me preguntaba si me podría devolver el dinero que le presté.


—No he podido reunirlo —dijo.


—¿Me podría devolver una parte, por ejemplo diez centavos?


Negó con la cabeza.


—¿Cinco centavos?


—Estoy en la ruina, pollo.


Tomó otro trago. De una botella nueva, casi llena.


—No le puedo dar nada en metálico, pollo. Pero haré que tenga usted toda la leche que le haga falta. —Y pasó a explicarse. El lechero llegaría a eso de las cuatro. Yo tenía que permanecer despierto y atento a su llamada. Hellfrick entretendría al lechero durante veinte minutos cuando menos. Era un soborno, un medio de eludir el pago de la deuda, pero me moría de hambre.


—Pero hay que pagar lo que se debe, Hellfrick. Si añadiese los intereses, acabaría usted encontrándose en una situación difícil.


—Le pagaré, joven —dijo—. Le pagaré hasta el último centavo en cuanto pueda.


Volví a mi cuarto tras cerrar con furia la puerta de Hellfrick. No quería parecer inhumano, pero la cosa pasaba ya de castaño oscuro. Yo sabía que la garrafa de tres litros y medio de la ginebra que bebía costaba como mínimo treinta centavos. Y yo estaba convencido de que era capaz de contener su alcoholismo el tiempo suficiente para pagar aunque sólo fuera lo que debía.


La noche se cernió con lentitud. Tomé asiento junto a la ventana y me entretuve liando cigarrillos de picadura con pedazos de papel higiénico. En épocas más prósperas, uno de mis caprichos había sido fumar picadura. Había comprado una caja metálica, con la que me habían dado gratis la pipa, que venia sujeta a la lata por una goma. Pero había perdido la pipa. Era un tabaco tan fuerte y basto que apenas tiraba con el papel corriente de fumar, pero liado con papel higiénico de doble hoja quedaba sólido y compacto, y a veces ardía como una antorcha.


La noche se cernió despacio, primero con sus olores frescos y a continuación con su manto de oscuridad. Del otro lado de la ventana se extendía la metrópolis, las farolas callejeras, el rojo, azul y verde de los tubos de neón que refulgían con vitalidad como flores nocturnas incandescentes. No tenía hambre, debajo de la cama había un montón de naranjas y las misteriosas risitas que me resonaban en la boca del estómago no eran más que nubes densas de humo de tabaco que se habían estancado allí y buscaban con desesperación una forma de salir.


De modo que por fin había sucedido: estaba a punto de convertirme en ladrón, en un afanador de leche de tres al cuarto. En esto se había transformado el genio de genio pasajero, el cuentista de un solo cuento: en ladrón. Me llevé las manos a la cabeza y me puse a mover el tórax adelante y atrás. Virgen Santísima. Titulares de prensa, joven promesa de la literatura sorprendido robando leche, famoso protegido de J. C. Hackmuth acusado de hurto menor, periodistas como moscas a mi alrededor, chisporroteo de cámaras fotográficas, alguna declaración, Bandini, ¿cómo fue? Pues bien, chicos, la cosa sucedió así: veréis, en realidad nado en la abundancia, por los manuscritos que me contratan en condiciones muy ventajosas y cosas por el estilo, pero el caso es que estaba trabajando en un cuento sobre un tipo que roba una botella de leche y yo quería basarme en hechos experimentados directamente por mí, ¿lo comprendéis, muchachos? El cuento aparecerá en el Post, se titula «El ladrón de leche». Si me dais vuestra dirección, os enviaré a todos un ejemplar gratis.


Pero no ocurriría de este modo, porque nadie conoce a Arturo Bandini y te caerán seis meses, te meterán en la cárcel, serás un delincuente ¿y qué dirá tu madre? ¿Y qué dirá tu padre? ¿No oyes ya a los tipos aquellos que se dejaban caer por la estación de servicio de Boulder, Colorado? ¿No les oyes burlarse del gran escritor al que han cogido robando una botella de leche? ¡No lo hagas, Arturo! ¡Si aún te queda un gramo de honradez, no lo hagas!


Me levanté de la silla y me puse a pasear. ¡Dame fuerzas, Dios Todopoderoso! ¡Reprímeme este impulso criminal! De pronto, como si de una revelación se tratase, el plan entero se me antojó ridículo y mezquino, pues en aquel instante se me ocurrió algo que añadir a la carta que estaba escribiendo al gran Hackmuth, y escribí durante dos horas, hasta que me dolió la espalda. Cuando miré por la ventana hacia el gran reloj del St. Paul Hotel, las saetas marcaban casi las once. La carta a Hackmuth era muy larga, tenía ya doce folios. La leí. Me pareció una imbecilidad. Sentí que la cara se me enrojecía de vergüenza. Hackmuth pensaría que yo era un subnormal por escribirle aquellas insensateces infantiles. Junté los folios y los arrojé a la papelera. Mañana sería otro día y tal vez mañana se me ocurriese una idea para escribir un cuento. En el ínterin, me comería un par de naranjas y me iría a dormir.


Daban asco aquellas naranjas. Ya sentado en la cama, hundí las uñas en la fina corteza. La carne me temblaba, se me hacía agua la boca y la vista se me nublaba sólo de pensar en ellas. Cuando mordí la pulpa amarillenta, me sentó igual que una ducha fría. Oh Bandini, dirigiéndome al reflejo del espejo de la cómoda, ¡cuántos sacrificios por el arte! Habrías podido ser un rey de la industria, un príncipe del comercio, un gran jugador de béisbol de primera división, el pichichi de la Liga Americana, con una media de 415, ¡¡pero no!! Hete aquí viviendo como un gusano día tras día, genio del hambre, fiel a una vocación sagrada. ¡Tu valentía es envidiable!


Me eché en la cama, envuelto por la oscuridad, sin ganas de dormir. El poderoso Hackmuth... ¿qué diría de todo esto? Me elogiaría, su pluma omnipotente me ensalzaría con frases llenas de elegancia y equilibrio. A fin de cuentas, la carta que pensaba enviarle no era tan deplorable. Me levanté, rebusqué en la papelera y la releí. Una carta notable, con un sentido del humor muy discreto. Hackmuth la encontraría divertida. Le impresionaría que la hubiera escrito el mismísimo autor de El perrito rió. ¡Esta sí que era una buena obra! Abrí el cajón lleno de ejemplares del número en que se había publicado el relato. Me eché en la cama, volví a leerlo, y empecé a reírme sin parar a causa del ingenio que revelaba, a murmurar exclamaciones de sorpresa por el hecho de haber sido yo quien lo había escrito. Luego lo leí en voz alta, deshaciéndome en ademanes delante del espejo. Cuando terminé, lágrimas de placer me manaban de los ojos y me planté delante del retrato de Hackmuth, al que di las gracias por haber sabido apreciar mi inteligencia.


Tomé asiento ante la máquina de escribir y reanudé la carta. La noche avanzaba, los folios se acumulaban. Ah, si toda la literatura fuera tan sencilla como una carta a Hackmuth. Las páginas se amontonaban, veinticinco, treinta, hasta que de pronto me miré el ombligo y descubrí la presencia de un michelín. ¡ Ironías de la vida! ¡ Había engordado, las naranjas me hinchaban! Me puse en pie inmediatamente e hice una serie de flexiones. Me contorsioné, me encogí, di vueltas. Sudaba a chorros y la respiración se me hizo jadeante. Sediento y agotado ya, me eché en la cama. Un buen vaso de leche fresca me sentaría ahora de maravilla.


En aquel instante oí que llamaban a la puerta de Hellfrick. Acto seguido, el saludo gruñente de Hellfrick al entrar la otra persona. Sólo podía tratarse del lechero. Miré el reloj: eran casi las cuatro. Me vestí a toda velocidad: pantalones, zapatos, ningún calcetín, y un jersey. El pasillo estaba vacío, siniestro a la luz roja de una bombilla vieja. Eché a andar con normalidad, sin esconderme, como hombre que se dirige al water de abajo. Dos tramos de peldaños gimientes e irritables y ya estaba en la planta baja. El camión rojiblanco de la leche Alden se encontraba estacionado junto a la pared de la pensión, en el callejón bañado por la luna. Tanteé en la caja y así con firmeza por el gollete dos botellas llenas. Me transmitieron a las manos un tacto fresco y delicioso. Segundos más tarde me encontraba de vuelta en la habitación, con las botellas de leche en la cómoda. Parecían llenar el cuarto. Como si fueran personas. Hermosísimas, gordas, suculentas.


¡Oh, Arturo, me dije, oh afortunadísimo! Será por las oraciones de tu madre, o tal vez porque Dios te ama todavía, a pesar de tus coqueteos con el ateísmo, pero el caso es que eres afortunado.

En honor de los viejos tiempos, pensé, y en honor de los viejos tiempos me postré de hinojos y bendije la cómoda tal como solíamos hacer en primera enseñanza, tal como mi madre nos había enseñado en casa: Bendice, Señor, estos alimentos que hemos recibido de Tu divina gracia, por Nuestro Señor Jesucristo, Amén. Y dije otra oración por si las moscas. Mucho después de que el lechero abandonase la habitación de Hellfrick aún seguía yo de rodillas, media hora larga de oraciones, hasta que no pude soportar las ganas de probar el sabor de la leche, hasta que las rodillas me dolieron y un dolor sordo me palpitó entre las paletillas.


Al ponerme en pie, anduve tambaleándome a causa de la tensión muscular, pero me dije que iba a valer la pena. Saqué del vaso el cepillo de dientes, abrí una botella y llené el vaso hasta el borde. Me giré para dar la cara al retrato de J.C. Hackmuth.


—¡Por ti, Hackmuth! ¡A tu salud!


Y bebí con ansia hasta que, de súbito, la garganta se me congestionó y contrajo, y la boca se me inundó de un sabor asqueroso. No era leche, era suero de leche, la clase de leche que no soportaba. La escupí toda, me enjuagué con agua la boca y me precipité sobre la otra botella. Era también de suero.



4


S P R I N G   S T R E E T, un bar del otro lado de la calle, justo enfrente de la tienda de artículos usados. Fui allí a tomar una taza de café con los últimos cinco centavos que me quedaban. Lugar a la antigua usanza, serrín en el suelo, las paredes manchadas con desnudos dibujados con tosquedad. Era un bar donde se reunían los viejos, donde la cerveza era barata y dominaba un olor agrio, donde el pasado se mantenía incólume.


Me senté a una de las mesas pegadas a la pared. Recuerdo que había apoyado la cabeza en las manos. Oí la voz femenina, pero no alcé los ojos. Recuerdo que dijo «¿Qué va a ser? » y yo creo que le contesté que un cortado. Permanecí inmóvil hasta que me pusieron la taza delante, mucho tiempo permanecí de aquella suerte, pensando en la irremediabilidad de mi destino.


El café era una bazofia. Al cortarlo con la leche me di cuenta de que la leche no era leche, ya que adquirió un color grisáceo y me supo a trapos hervidos. Eran mis últimos cinco centavos y se me encendió la sangre. Busqué en derredor a la chica que me había servido. Estaba a cinco o seis mesas de distancia, sirviendo las cervezas que llevaba en una bandeja. Me daba la espalda y advertí la morbidez tersa de sus hombros debajo del uniforme blanco, la delicada línea de los músculos del brazo, y el pelo negro, espeso y reluciente, que le caía sobre los hombros.


Se volvió por fin y le hice una seña con la mano. Su interés no pasaba de superficial, ya que se limitaba a dilatar los ojos con una expresión de frialdad aburrida. Descontando el perfil de la cara y el brillo de la dentadura, no era una mujer hermosa. Pero en aquel instante se volvió y sonrió a uno de sus maduros clientes y le aprecié una raya blanca en el borde del labio. Tenía la nariz maya, chata, de aletas grandes. Llevaba los labios sobrecargados de pintura y poseían el grosor de los labios de las negras. Era un modelo racial y como tal era una mujer hermosa, pero al mismo tiempo me resultaba extraña. Tenía los ojos muy sesgados, la piel oscura aunque no negra, y al andar los pechos se le movían de un modo que revelaba su firmeza.


Dejó de hacerme caso después de aquel primer cruce de miradas. Se acercó a la barra, donde pidió más cerveza y esperé a que se la entregara el camarero delgado. Se puso a silbar mientras aguardaba, me miró de forma indirecta y siguió silbando. Yo había dejado de hacerle señas porque había dejado bien claro que quería que se acercase a mi mesa. De súbito, abrió la boca al techo y se echó a reír por el más insondable de los motivos, tanto que hasta el camarero se la quedó mirando con asombro. Entonces se alejó bailoteando, girando la bandeja con gracia, sorteando las mesas hasta que llegó junto a un grupo situado al fondo del local. El barman la seguía con los ojos, sorprendido aún de la risa femenina. Yo, sin embargo, comprendí el motivo. La risa era por mí. Se reía de mí. Algo había en mi aspecto, mi cara, mi postura, algo en el hecho de estar allí sentado que le había hecho gracia, y mientras pensaba en ello, apreté los puños con fuerza y medité sobre mí mismo con rabia y humillación. Me palpé el pelo: iba peinado. Me palpé el cuello de la camisa y la corbata: todo estaba limpio y en su sitio. Me estiré hasta alcanzar la altura del espejo que había detrás de la barra y en él vi, desde luego, una cara enjuta y preocupada, pero ningún mono en ella, cosa que me irrité más aun.


Esbocé una sonrisa de desprecio, la miré con fijeza y sonreí con desprecio. No se acercaba a mi mesa ni por asomo. Pasó muy cerca, incluso se aproximó a la mesa contigua, pero no se arriesgó a ir más allá. Cada vez que veía su faz oscura, los grandes ojos negros que relampagueaban de hilaridad, los labios se me curvaban en una mueca que quería ser sonrisa de desprecio. Se convirtió en un juego. El café se puso tibio, luego frío, un grumo de leche afloró a la superficie, pero no me lo tomé. La chica se movía como una bailarina, sus fuertes piernas de seda formaban montoncitos de serrín cuando sus zapatos raídos se deslizaban por el suelo de mármol.


Los zapatos eran sandalias y llevaba las tiras de cuero aseguradas con varias vueltas alrededor de los tobillos. Eran unas sandalias que se caían a pedazos; el cuero trenzado se había deshilachado. Al verlos me puse muy contento porque era un defecto criticable que tenía la chica. Era alta, de espalda muy recta, tendría unos veinte años, impecable a su manera, con excepción de aquellas sandalias que estaban hechas un asco. Así que me puse a mirarlas con fijeza, intensidad y premeditación, e incluso giraba la silla y volvía la cabeza para seguir mirándolas, al tiempo que sonreía con burla y reía para mis adentros. Estaba dejando bien claro que sus sandalias me hacían tanta gracia como a ella mi cara, o lo que fuera. La situación produjo un efecto eficaz en la muchacha. Poco a poco se fueron apagando su bailoteo y sus piruetas, se fue limitando a correr de un lado para otro y al final acabó por servir los pedidos más bien con discreción. Estaba turbada y en cierto momento vi que bajaba los ojos con rapidez, que se miraba el calzado y que al cabo de unos minutos dejaba de reír; en la cara se le dibujé una mueca de resentimiento y al final no hacía más que mirarme con odio.


Yo no cabía en mí de satisfacción, presa de una alegría extraña. Me sentía relajado. El mundo estaba lleno de gente la mar de divertida. El barman delgado echó una mirada en mi dirección y le hice un guiño de complicidad amistosa. Cabeceó con ademán de comprensión. Lancé un suspiro y me retrepé en la silla, reconciliado con la existencia.


La chica no me había cobrado los cinco centavos del café. Tendría que hacerlo; si no, los dejaría en la mesa y me marcharía. Pero yo no estaba dispuesto a marcharme. Esperé. Transcurrió media hora. Cuando la joven corría a la barra por más cerveza, ya no se quedaba esperando, a la vista de todos, apoyada en el pasamanos. Por el contrario, se colaba detrás del mostrador. Y ya no me miraba, aunque yo sabía que ella sabía que yo la observaba.


Por fin vino a mi mesa directamente. Se acercó con altanería, con la barbilla alzada, con los brazos en los costados. Quise mirarla, pero no podía alzar los ojos. Miré a otra parte, sin dejar de sonreír.


—¿Quiere alguna otra cosa? —me preguntó.


El uniforme blanco le olía a almidón.


—¿A esta mierda le llamáis café? —dije.


Se echó a reír de pronto. Fue un alarido, una carcajada demencial semejante a un tintinear de platos y que terminó con la misma brusquedad con que había comenzado. Volví a mirarle los pies. Intuí señales de retroceso en su interior. Tuve ganas de ofenderla.


—A lo mejor no es café —dije—. A lo mejor es el agua que ha quedado después de hervir en ella esos zapatos tan cochinos que calzas. —Alcé la mirada y contemplé sus ojos negros y relampagueantes—. Puede que no sepas hacerlo de otra manera. A lo mejor eres torpe y desmañada por naturaleza. Pero si yo fuera mujer, no me verían con unos zapatos como ésos en una travesía de Main Street.


Jadeaba cuando terminé de hablar. Los gruesos labios le temblaban y los puños que tenía metidos en los bolsillos se retorcían bajo la rigidez del almidón.


—Eres odioso —dijo.


Sentí su odio, lo olí, incluso lo oí brotar de toda ella, pero me limité a sonreírle otra vez con desprecio.


—Esa era mi intención —le dije—. Porque ganarse tu aborrecimiento es propio de personas de categoría.


Dijo entonces algo muy raro; lo recuerdo con claridad:

—Ojalá te mueras de un ataque al corazón. Ahora mismo, en esa silla.


Aunque me eché a reír, aquello la dejó satisfecha. Se alejó sonriendo. Volvió a acercarse a la barra, en busca de más cerveza, y sus ojos corrieron a posarse en mí, brillantes a causa de la singular maldición, que, aunque no me apagó la risa, me puso incómodo. Volvió a moverse con paso de baile, a deslizarse de mesa en mesa con la bandeja en la mano, y cada vez que yo la miraba, ella me maldecía con su sonrisa, hasta que la coyuntura me produjo un efecto misterioso y comencé a ser consciente de mi interioridad, de mis órganos, de mis latidos cardíacos y de mis conmociones gástricas. Supe que no iba a volver a mi mesa y recuerdo que el detalle me alegró, y que una inquietud anómala se apoderó de mí, tanto que estaba deseoso de huir de aquel lugar, de huir del alcance de su inmutable sonrisa. Antes de irme hice algo que me complugó muchísimo. Saqué los cinco centavos del bolsillo y los dejé en la mesa. Y derramé encima la mitad del café. La chica tendría que secar el líquido con el paño. La cochinada aquella de color marrón se extendió casi por toda la mesa y cuando me puse en pie para marcharme goteaba ya en el suelo. Al llegar a la puerta me detuve para mirarla una vez más. Me sonrió del mismo modo que antes. Hice un gesto con la cabeza hacia el café derramado. Agité los dedos en señal de despedida y salí a la calle. Me sentía a gusto otra vez. Y otra vez me dominaba la sensación de antes, la sensación de que el mundo estaba lleno de detalles divertidos.


No recuerdo lo que hice después de dejar a la chica. Es posible que fuera a la habitación de Benny Cohen, que daba a Grand Central Market. Tenía una pata de palo y una ventanilla en la pata. En el interior escondía cigarrillos de marihuana. Los vendía a quince centavos la unidad. Además vendía periódicos, el Examiner y el Times. Tenía un cuarto lleno hasta el techo de ejemplares de The New Masses. Quizá me pusiera triste Benny, como siempre, porque tenía un concepto muy pesimista del mundo futuro. Quizá me pusiera los dedos sucios bajo la nariz y me acusara de haber traicionado al proletariado del que yo procedía. Quizá, como siempre, me ordenase salir de la habitación, temblando como un flan, y yo bajara las escaleras mugrientas y saliese a la calle engalanada de niebla, ávido de cerrar los dedos alrededor del cuello de un imperialista. Quizá sí, quizá no; no me acuerdo.


Pero sí recuerdo la noche que pasé en mi cuarto, con las luces rojas y verdes del St. Paul Hotel iluminando intermitentemente la cama en que yo dormía, en que tirité y soñé con la cólera de la camarera, con la forma de ir bailoteando de mesa en mesa, y con la luminosidad negra de sus ojos. Lo recuerdo perfectamente, hasta el punto de olvidar que era pobre y que no se me ocurría nada en absoluto para comenzar un cuento.


Fui a buscarla al día siguiente por la mañana. No bien dieron las ocho cuando ya estaba yo en Spring Street. Llevaba en el bolsillo un ejemplar de El perrito rió. Cambiaría la opinión que tenía de mí si leía la historia. Había firmado el ejemplar y lo llevaba en el bolsillo trasero, listo para sacarlo a la menor observación. Pero el local estaba cerrado a hora tan temprana. Se llamaba Columbia Buffet. Pegué la nariz al ventanal y miré el interior. Las sillas estaban amontonadas sobre las mesas y un viejo con botas de goma fregaba el suelo. Anduve un par de manzanas, el aire húmedo, azulenco ya a causa de los gases carbónicos. Me pasó por la cabeza una idea genial. Saqué el ejemplar de la revista y borré la firma. En su lugar puse: «A una princesa maya de un gringo insignificante». No estaba mal, era justo lo que convenía. Volví al Columbia Buffet y golpeé el ventanal. El viejo abrió la puerta con las manos mojadas, el pelo chorreándole sudor.


—¿Cómo se llama la chica que trabaja aquí? —le pregunté.


—¿Te refieres a Camila?


—La que estaba trabajando aquí anoche mismo.


—Sí, es ella —dijo——. Camila López.


—¿Querría entregarle esto? —dije—. Personalmente, por favor. Dígale que vino un tipo y que le dijo que se lo diera.


Se secó las manos goteantes en el delantal y cogió la revista.


—Tenga cuidado —dije—. Es de valor.


El viejo cerró la puerta. Por el escaparate le vi volver cojeando donde le esperaban el cubo y el mocho. Dejó la revista en la barra y siguió trabajando. Una brisa ligera agitó las páginas de la revista. Mientras me alejaba tuve miedo de que el viejo se olvidase. Cuando llegué al Civic Center me di cuenta de que había cometido una grave equivocación: una dedicatoria como aquélla no impresionaría a una chica así. Volví corriendo al Columbia Buffet y golpeé el ventanal con los nudillos. Oí los gruñidos y maldiciones del viejo mientras trasteaba con la cerradura. Se enjugó el sudor de los ojos ancianos y volvió a tenerme ante si.


—¿Podría devolverme la revista? —dije—. Quisiera escribir una cosa.


El viejo no entendía nada de nada. Cabeceó, suspiró y me dijo que pasara.


—Cógela tú mismo, coño —dijo—. Yo tengo trabajo.


Abrí la revista encima de la barra y borré la dedicatoria a la princesa maya. En su lugar puse:


Distinguida Zapatos Rotos:

Tal vez no lo sepas, pero anoche ofendiste al autor de esta historia. ¿Sabes leer? De ser así, invierte quince minutos de tu tiempo y permítete el lujo de saborear una obra maestra. Ten cuidado la próxima vez. No todos los que entran en este cuchitril son pordioseros.


Arturo Bandini


Tendí la revista al viejo, pero no apartó los ojos de la faena.


—Désela a la señorita López —dije—. Y procure que llegue directamente a sus manos.


El viejo soltó el mocho, se limpió el sudor de la cara llena de arrugas y señaló con el dedo la puerta principal.


—¡Largo de aquí! —dijo.


Volví a dejar la revista en la barra y me alejé con parsimonia. Al llegar a la puerta me volví y saludé al viejo con la mano.




5



M U C H A hambre no pasaba. Debajo de la cama me quedaban aún algunas naranjas secas. Me comí tres o cuatro al anochecer y cuando estuvo oscuro bajé por Bunker Hill hasta el centro. Me aposté en un zaguán en sombras, enfrente del Columbus Buffet, y me puse a espiar a Camila López. La misma del día anterior y llevaba el mismo uniforme blanco. Nada más verla me eché a temblar y una extraña sensación ardiente me inundó la garganta. Al cabo de unos minutos, sin embargo, desapareció la extrañeza y me quedé en las sombras hasta que me dolieron los pies.


Me alejé al ver que un policía se me acercaba. Era una noche tórrida. El viento arenoso del desierto de Mojave había azotado la ciudad. Cada vez que tocaba algo, diminutos granos pardos de arena se me quedaban pegados a los dedos y cuando volví a mi cuarto descubrí que la arena se había introducido en el mecanismo de la máquina de escribir nueva. Tenía arena en las orejas y en el pelo. Cayó al suelo como la pólvora cuando me desnudé. Había arena incluso entre las sábanas. Echado en la oscuridad, la luz roja del St. Paul Hotel que bombardeaba la cama de manera intermitente era azulenca ahora, tonalidad espectral que invadía la habitación para marcharse al instante.


Al día siguiente ya no podía con las naranjas. Me daba náuseas pensar en ellas. A mediodía, tras un paseo sin objeto por el barrio central, me venció la autocompasión y me sentí incapaz de dominar la tristeza. Al volver a la habitación me eché en la cama y lloré de tal modo que las lágrimas me salían de lo más profundo. Me desahogué por todos los poros y cuando ya no pude llorar más me volví a sentir bien. Me sentí limpio y auténtico. Tomé asiento y escribí a mi madre una carta llena de sinceridad. Le dije que durante semanas le había mentido; y que por favor me enviase dinero porque quería ir a casa.


Mientras escribía la carta entró Hellfrick. Llevaba los pantalones puestos, el albornoz no, y al principio no lo reconocí. Depositó quince centavos en la mesa sin el menor comentario.


—Yo soy un hombre honrado, joven —dijo—. Tan honrado como horas tiene el día. —Y se fue.


Cerré la mano con fuerza alrededor de las monedas, salí pitando por la ventana y fui corriendo al colmado. El pequeño japonés tenía ya preparada la bolsa de papel junto a la caja de las naranjas y se asombró al ver que pasaba de largo y me dirigía a la sección de artículos de primera necesidad. Me compré dos docenas de rosquillas. Las engullí lo más aprisa que pude, sentado en la cama y regándolas con tragos de agua. Volví a sentirme bien. Tenía el estómago lleno y aún me quedaban cinco centavos. Rompí la carta que pensaba mandar a mi madre y me tumbé en espera de que llegase la noche. Con los cinco centavos podía volver al Columbia Buffet. Aguardé, lleno de comida, lleno de deseo.



Me vio en cuanto entré. Y se alegró de yerme; me di cuenta porque los ojos se le dilataron. La cara se le iluminó y a mí se me hizo otro nudo en la garganta. Me sentí muy contento al instante, seguro de mí mismo, limpio y consciente de mi juventud. Tomé asiento ante la misma mesa delantera. Había música en el local aquella noche, piano y violín; dos gordas con cara de macho y pelo corto. Tocaban Over the waves. Tararí tará y contemplé el bailoteo de Camila con la bandeja de las cervezas. Tenía el cabello muy negro, muy negro y muy espeso, igual que racimos de uva que le ocultaran el cuello. Aquel lugar era sagrado. Todo estaba impregnado de santidad y bendición allí, las sillas, las mesas, el paño que llevaba en la mano, el serrín que ella pisaba. Era una princesa maya y aquél era su castillo. Observé el deslizamiento de las sandalias estropeadas por el suelo y deseé aquellas sandalias. Me habría gustado dormirme abrazado a ellas. Me habría gustado abrazarme a ellas y aspirar su aroma.


No se acercaba a mi mesa, pero me sentía contento. No vengas en seguida, Camila; deja que esté un rato solo para acostumbrarme a este insólito entusiasmo; permíteme estar solo mientras viajo con la cabeza por el encanto infinito de tu gloria radiante; déjame solo un ratito nada más para desear y soñar con los ojos bien abiertos.


Vino por fin con una taza de café en la bandeja. El mismo café, la misma taza parduzca y desportillada. Se acercó con los ojos más negros y dilatados que nunca, con paso quedo, con sonrisa intrigante, y el corazón se me puso a latir con tanta fuerza que pensé que iba a desmayarme. Cuando estuvo a mi lado, noté el ligero perfume de su sudor junto con el olor penetrante y limpio del uniforme almidonado. El olor me dominó, me volvió idiota y me puse a respirar por la boca para eludirlo. Me sonrió para darme a entender que quitaba importancia al café derramado la noche anterior; más aún, me dio la sensación de que le había gustado el episodio, de que se alegraba y me lo agradecía.


—No sabía que tuvieras pecas —me dijo.


—Te aseguro que no significan nada para mí —le dije.


—Lamento lo del café —dijo—. Todo el mundo pide aquí cerveza. No nos suelen pedir café.


—No me extraña. Es una auténtica porquería. Yo también tomaría cerveza si me lo pudiera permitir.


Me señaló la mano con un lápiz.


—Te muerdes las uñas —dijo——. No deberías hacerlo.


Me metí las manos en los bolsillos.


—¿Quién eres tú para decirme lo que debo hacer?


—¿Te apetece una cerveza? —dijo——. Te la traeré. Yo te Invito


—No tienes por qué invitarme a nada. Me tomaré este café hipotético y me largaré de aquí.


Fue hasta la barra y pidió una cerveza. Vi que la pagaba con un puñado de monedas que sacó del bolsillo del uniforme. Me trajo la cerveza y me la puso bajo la nariz. Aquello me ofendió.


—Llévatela —dije—. No la quiero. He dicho que voy a tomar café, no cerveza.


Alguien que estaba al fondo la llamó por su nombre y la joven se alejó con premura. Le vi las corvas cuando se inclinó sobre la mesa para recoger las jarras de cerveza vacías. Me removí en la silla y con los pies toqué algo que había debajo de la mesa. Era una escupidera. La chica estaba otra vez junto a la barra, me sonrió y cabeceó para animarme a probar la cerveza. Yo me sentía maligno, perverso. Le hice una seña para llamar su atención y vacié la jarra en la escupidera. Se mordió el labio inferior con la blanca fila de dientes y se puso pálida. Los ojos le relampaguearon. Me sentí muy a gusto y satisfecho. Me retrepé en la silla y sonreí con los ojos fijos en el techo.


Desapareció tras un delgado tabique en lo que hacía las veces de cocina. Reapareció con una sonrisa en los labios. Llevaba las manos en la espalda, ocultando algo. El viejo al que había visto por la mañana salió de detrás del tabique. Sonreía con actitud expectante. Camila me hizo una seña con la mano. Estaba a punto de suceder lo peor: lo presentía. La joven enseñó las manos y vi que en ellas llevaba el número de la revista en que se había publicado El perrito rió. Agitó la revista en el aire, pero no la veía prácticamente nadie, de manera que su actuación estaba dedicada a mí y al viejo en exclusiva. El viejo observaba con los ojos muy abiertos. Se me secó la boca en cuanto vi que los dedos mojados de la joven pasaban las páginas de la revista y se detenían al llegar a mi cuento. Torció la boca mientras sujetaba la revista entre las rodillas y arrancaba las páginas. Sin dejar de sonreír, alzó la mano por encima de la cabeza y sacudió las hojas arrancadas. El viejo movió la cabeza en señal de aprobación. La sonrisa de la joven se mudó en determinación en el momento de romper las páginas en pedazos muy pequeños y éstos en otros más pequeños aun. Con ademán de quien acaba una operación, abrió los dedos y los pedacitos de papel cayeron en la escupidera que tenía a los pies. Esbocé una sonrisa forzada. Dio un par de palmadas con aire de aburrimiento, como quien se sacude el polvo de las manos. Apoyó entonces una mano en la cadera, alzó un hombro y se alejó con paso cansino. El viejo se quedó quieto durante un minuto. Sólo él la había visto. Terminada la función, se perdió tras el tabique.


Mi sonrisa era una mueca espantosa y por dentro lloraba por El perrito rió, por cada una de sus frases redondas, por los pequeños botones poéticos que había en la historia, la primera que había escrito, lo mejor que podía enseñar para justificar mi vida entera. Era el resumen de todo lo bueno que había en mí, aprobado y publicado por el gran J. C. Hackmuth, y ella lo había hecho trizas y arrojado a una escupidera.


Al cabo de un rato eché la silla atrás y me puse en pie con ánimo de marcharme. Ella estaba junto a la barra y me vio ir hacia la puerta. Había compasión en sus facciones, una leve sonrisa de pesar por lo que había hecho, pero mantuve la mirada apartada de ella y salí a la calle, contento porque el estrépito infernal de los tranvías y los ruidos anómalos de la ciuda4 me rompiesen los tímpanos y me encerraran en una esfera de estampidos y chirridos. Me alejé con las manos en los bolsillos.


Me había alejado unos quince metros cuando oí que alguien me llamaba. Me volví. Era ella, corría sin hacer ruido y en los bolsillos le tintineaban las monedas.


— ¡Chico! —exclamó—. ¡Eh, muchacho!


Esperé hasta que llegó a mi altura, sin aliento, hablando con precipitación y amabilidad.


—Lo siento —dijo——. No quise hacerlo.., de verdad.


—Tranquila —dije.... No tiene la menor importancia.


No dejaba de mirar hacia el bar.


—Tengo que volver —dijo—. Hago falta. Vuelve mañana por la noche, ¿quieres? ¡Por favor! También sé ser simpática. Lamento mucho lo de hoy. Por favor, ven mañana. —Me dio un apretón en el brazo—. ¿Vendrás?

—Tal vez.


Sonrió.


—¿Me perdonas?

—Claro.


Me quedé en mitad de la acera y la vi alejarse corriendo. Se volvió a los pocos pasos, me echó un beso con la mano y exclamó:


—¡Mañana por la noche! ¡No te olvides!


—¡Camila! —dije—. Espera. Sólo será un instante.


Corrimos el uno hacia el otro y nos encontramos a mitad de trayecto.


—¡Date prisa! —dijo——. Podrían despedirme.


Le miré los pies. Se dio cuenta de que pasaba algo y advertí su distanciamiento. Me dominó entonces una sensación de bondad, de frescura, de remozamiento, como si me cubriera una piel nueva. Le hablé con mucha calma.


—Las sandalias que calzas, ¿es necesario que las lleves, Camila? ¿Tienes que subrayar hasta ese extremo que siempre has sido y serás una sudaca asquerosa y grasienta?


Me miró horrorizada, con la boca abierta. Unió las manos, se las llevó a los labios y entró corriendo en el bar. Alcancé a oír sus quejidos: oh, oh, oh.


Enderecé la espalda y me alejé contoneándome, silbando de satisfacción. En el arroyo de la calle, junto al bordillo, vi una colilla de buen tamaño. No tuve empacho en cogerla, la encendí con un pie metido aún en el arroyo, aspiré el humo y lo expulsé hacia las estrellas. Yo era americano y me sentía orgullosísimo de ello, hasta los caireles. La gran ciudad en que estaba, el asfalto poderoso que me sostenía y los edificios soberbios que me cobijaban eran la expresión de mi América. De entre la arena y los cactos los americanos habíamos sabido levantar un imperio. La raza de Camila había tenido su oportunidad. Y la había desaprovechado. Los americanos lo habíamos conseguido. Gracias, Dios mío, por la patria que me has dado. Gracias, Dios mío, por haberme hecho nacer en América.




6



S U B Í a mi habitación por los polvorientos peldaños de Bunker Hill y pasé ante los edificios forrados de hollín que jalonaban aquella calle en sombras; la arena, el aceite y la grasa asfixiaban las palmeras inútiles que se erguían cual prisioneros moribundos, encadenados a un mínimo pedazo de tierra y con los pies ocultos por el asfalto negro. Polvo y edificios viejos, viejos asomados a las ventanas, viejos que salían tambaleándose por las puertas, viejos que avanzaban con esfuerzo infinito por la calle en sombras. Viejos procedentes de Indiana, de Iowa, de Illinois, procedentes de Boston, de Kansas City, de Des Moines, viejos que habían vendido la casa y la tienda, que habían llegado en tren y en autobús a la tierra del sol, para morir al sol, apenas con el dinero necesario para vivir hasta que el sol los exterminase, los arrancara de raíz cuando les llegara la hora, lejos de la prosperidad pretenciosa de Kansas City, de Chicago y de Peoria para encontrar un lugar en el sol. Pero cuando llegaron se dieron cuenta de que otros ladrones, más listos que ellos, se habían quedado con todo, que hasta el sol era de los demás; Smith, Jones, Parker, farmacéuticos, banqueros, panaderos, polvo de Chicago, Cincinnati y Cleveland en los zapatos, condenados a morir al sol, unos dólares en el banco, suficientes para suscribirse al Los Angeles Times, suficientes para mantener vivo el espejismo de que estaban en el paraíso, de que sus casas de cartón piedra eran castillos. Los desarraigados, los vacíos y melancólicos, los viejos y los jóvenes, gente de mi tierra. Tales eran mis vecinos, tales eran los nuevos californianos. Con sus jerseys deportivos y sus gafas de sol, estaban en el paraíso, estaban en su medio natural.


Pero en la parte baja, en Main Street, Towne y San Pedro y en los dos últimos kilómetros de Fifth Street vivían decenas de miles de ciudadanos distintos; no tenían para comprarse gafas de sol ni jerseys deportivos aunque fueran baratos, y se ocultaban durante el día en las callejas y por la noche se metían en pensiones de mala muerte. Ningún policía de Los Angeles detenía por vagancia a nadie que llevase jersey deportivo y gafas de sol. Pero no dudaba en perseguir al que llevase los zapatos cubiertos de polvo y un jersey grueso como los que se llevan en los países fríos. De modo, chicos, que ya podéis compraros un jersey deportivo, unas gafas oscuras y unos zapatos blancos; si podéis. Integraos en algún club o sociedad. De todos modos no tenéis escapatoria. Al cabo de un tiempo, tras ingerir dosis masivas del Times y el Examiner, también vosotros la querréis correr en el soleado sur. Comeréis hamburguesas año tras año y viviréis en pisos y hoteles polvorientos e infestados de bichos, pero todas las mañanas veréis el sol maravilloso, el sempiterno azul del cielo, y las calles estarán llenas de mujeres provocativas que no poseeréis jamás, y las tórridas noches cuasitropicales os hablarán de historias de amor que no viviréis nunca; pero no os preocupéis, muchachos, seguiréis estando en el paraíso, en la tierra del sol.


En cuanto a los del mismo lugar que vosotros, les podéis mentir, porque no soportan la verdad, no querrán aceptarla y antes o después también ellos querrán mudarse al paraíso. A los del mismo lugar que vosotros no les podéis engañar. Saben lo que es la Baja California. Leen los periódicos, leen las revistas ilustradas que se venden en todos los quioscos y librerías de América. Han visto fotos de las casas que tienen los astros y estrellas de la pantalla. No les podéis contar nada nuevo sobre California


Tumbado en la cama me puse a pensar en ellos mientras contemplaba el ir y venir de las luces rojas y parpadeantes del St. Paul Hotel, y me sentí muy mal, porque aquella noche me había comportado como ellos. Como Smith, como Parker, como Jones, aunque nunca había pertenecido a su misma clase. ¡Ah, Camila! De niño, allá en Colorado, eran Smith, Parker y Jones los que me ofendían con sus motes despectivos, los que me llamaban macarroni, espaguetini y aceitoso, y sus hijos me insultaban como yo te he insultado esta noche. Me hicieron tanto daño que jamás podría ser como ellos, me obligaron a encerrarme en los libros, a encerrarme en mí mismo, a huir de aquel pueblo de Colorado, y a veces, Camila, cuando les veo la cara vuelvo a experimentar la misma humillación, el mismo desprecio de entonces, y a veces me alegro de que estén aquí, pudriéndose al sol, desarraigados, engañados por su propia inhumanidad, las mismas caras, las mismas bocas rígidas y endurecidas, caras de mi pueblo, deseosas de llenar su vacío existencial con un sol abrasador.


Los veo en el vestíbulo de los hoteles, los veo tomando el sol en los parques, salir renqueando de las iglesias pequeñas y feas, con una cara tan volcada sobre sus dioses extraños que sólo refleja pesimismo, en el Templo de Aimée, la predicadora radiofónica, en la Iglesia de Yo Soy El Que Soy.


Los he visto salir haciendo eses de sus palacios de cine, entornar sus ojos vacíos ante la realidad de todos los días, volver a casa tambaleándose para leer el Times, para saber qué pasa en el mundo. He vomitado al leer su prensa, he leído sus libros, observado sus costumbres, comido su comida, deseado a sus mujeres, abierto la boca ante el arte que producen. Pero soy pobre, mi apellido termina en vocal, me odian a mí y odian a mi padre, y al padre de mi padre, y si por ellos fuera, me sacarían la sangre, me sacrificarían, pero ya son viejos, agonizan al sol y en el polvo tórrido del camino, y yo soy joven y estoy lleno de esperanzas y de amor por mi patria y mi época, y cuando te llamo sudaca y aceitosa, no te lo digo con el corazón, sino por el resabio de una antigua herida, y siento vergüenza por el daño que te he hecho.



7


P I E N S O en la Pensión Alta Loma, me acuerdo de las personas que vivían allí. Recuerdo el primer día que pasé en ella. Recuerdo que entré en el vestíbulo oscuro, cargado con dos maletas, una de ellas atiborrada de ejemplares de El perrito rió. Fue hace mucho, pero me acuerdo como si fuera ayer. Había llegado en autobús, lleno de polvo hasta las cejas, con el polvo de Wyoming, de Utah y de Nevada en el pelo y en los oídos.


—Quiero una habitación barata —dije.


La propietaria tenía el pelo blanco. En torno del cuello lucía una gorguera ajustada como un corsé. Era una mujer alta, de setenta y tantos años, y realzaba su estatura poniéndose de puntillas y mirándome por encima de las gafas.


—¿Tiene trabajo? —dijo.


—Soy escritor —dije—. Espere, puedo demostrárselo.


Abrí la maleta y saqué un ejemplar.


—Lo he escrito yo —le dije. En aquella época yo era muy impaciente, muy soberbio—. Se lo voy a regalar —añadí—. Se lo dedicaré.


Cogí la pluma del escritorio, pero estaba seca y tuve que mojarla en el tintero; removí la lengua mientras pensaba en algo simpático que ponerle.


—¿Cómo se llama usted? —le pregunté.


—Soy la señora de Hargraves —me dijo sin el menor entusiasmo. — ¿Por qué?


Como le estaba haciendo un favor, no tenía tiempo de responder a ninguna pregunta, así que escribí en la parte superior de la página donde comenzaba el relato: «Para una dama de encanto inefable, de maravillosos ojos azules y sonrisa generosa, del autor, Arturo Bandini».


La verdad es que tenía una sonrisa que le destrozaba la cara, ya que le acentuaba el mapa de arrugas que le agrietaba la piel reseca de la boca y las mejillas.


—No aguanto las historias sobre perros —dijo, escondiendo la revista. Me miró por encima de las gafas desde una atalaya más elevada aún.


—¿Es usted mexicano, joven? —dijo.


Me señalé con el dedo y rompí a reír.


—¿Mexicano yo? —Negué con la cabeza—. Soy americano, señora Hargraves. Además, tampoco es un cuento sobre perros. Es sobre un hombre y está muy bien. No sale ni un solo perro en toda la historia.


—En esta pensión no admitimos a los mexicanos —dijo.


—Que no soy mexicano. Y el título del cuento lo saqué de la fábula. Ya sabe: «Y el perrito rió al ver una cosa tan rara».


—Ni a los judíos.


Me inscribí. Mi firma era de antología en aquella época, compleja, exótica, ilegible, con una rúbrica soberbia de no te menees: una firma más inextricable incluso que la del gran Hackmuth. Después de la firma, puse: «Boulder, Colorado».


Analizó mis garabatos con minuciosidad.


—Pero ¿cómo se llama usted, joven? —con frialdad. Me sentí desilusionado porque ya se había olvidado del autor de El perrito rió y de que su nombre figuraba impreso en mayúsculas en la revista. Le dije cómo me llamaba. Lo anotó con cuidado encima de la firma. Acto seguido se fijó en lo escrito en el otro extremo de la hoja.


—Señor Bandini —dijo mirándome con frialdad—. Boulder no está en Colorado.


—¿Cómo que no? —dije—. Pero si vengo de allí. Salí del pueblo hace dos días.


Se mostró inflexible y resuelta.


—Boulder está en Nebraska. Hace treinta años, mientras veníamos aquí, mi marido y yo pasamos por Boulder, Nebraska. De modo que hágame el favor de rectificar.


—¡Le digo que Boulder está en Colorado! Allí viven mi madre y mi padre. Y allí fui yo a la escuela.


Metió la mano bajo el tablero de la escribanía y sacó la revista. Me la alargó.


—Joven, en esta pensión no hay lugar para usted. Aquí sólo se hospedan personas respetables, personas decentes.


No cogí la revista. El viaje en autobús me había dejado molido, hecho fosfatina.


—Muy bien —dije—. Está en Nebraska. —Y lo apunté, taché Colorado y escribí Nebraska encima.


La propietaria quedó satisfecha y complacida, me sonrió y hojeó la revista.


—¡Así que es usted escritor! —dijo——. Es extraordinario. —Volvió a guardar la revista—. Bienvenido a California —añadió——. Le gustará esto.


¡Vaya con la señora Hargraves! Estaba sola, muy confusa, pero mantenía la dignidad. Una tarde me condujo a las habitaciones que ocupaba en el último piso. Fue como adentrarse en una cripta llena de polvo. Su marido había muerto, pero treinta anos atrás había sido propietario de un almacén de herramientas en Bridgeport, Connecticut. Había un retrato suyo en la pared. Un hombre magnífico que ni fumaba ni bebía y que había fallecido de un ataque al corazón; con una cara delgada y seria, realzada por el marco grueso y recargado, y que aún manifestaba desprecio por el tabaco y la bebida. Vi la cama en que había muerto, alta, de caoba, con dosel; vi sus ropas en el armario y sus zapatos en el suelo, con la puntera levantada a causa del tiempo transcurrido. En la repisa de la chimenea se conservaba la jabonera con que se afeitaba, siempre se afeitaba en casa, se llamaba Bert. ¡Ay, Bert! Bert, solía decir ella, ¿por qué no vas a la barbería?,  y Bert se echaba a reír porque sabía que era mejor barbero que los barberos normales.


Bert se levantaba siempre a las cinco de la mañana. Procedía de una familia de quince hijos. Era muy mañoso. Durante años se había encargado de reparar todos los desperfectos menores de la pensión. En tres semanas había pintado el exterior del edificio. Solía decir que era mejor pintor que los pintores normales. Durante dos horas me habló de Bert y ¡Señor, Señor!, cómo había amado a aquel hombre, hasta en la muerte; sólo que no había muerto; estaba en aquellas habitaciones, velando por ella, protegiéndola, desafiándome a que la ofendiera. Bert acabó por darme miedo y me entraron ganas de salir disparado. Tomamos té. El té estaba rancio. El azúcar se había humedecido y apelmazado. Las tazas de té estaban cubiertas de una película de polvo y no sé por qué, pero el té me supo a rancio y las galletitas resecas me supieron a muerte. Cuando me levanté y me fui, Bert me siguió por el pasillo, desafiándome a que pensara en él con cinismo. Durante dos noches me acosó, me amenazó, incluso me quiso camelar en la cuestión del tabaco.


Recuerdo al chico aquel de Memphis. Nunca le pregunté su nombre y él no me preguntó nunca el mío. Nos limitamos a decirnos «Hola». No llevaba mucho tiempo allí, unas semanas. Tenía la cara llena de granos y siempre se la cubría con las manos cuando tomaba asiento en el soportal delantero de la pensión: siempre estaba allí a última hora de la noche; las doce, la una, las dos, y cuando volvía me lo encontraba meciéndose en la mecedora de mimbre, con los dedos nerviosos toqueteándose la cara, recorriéndose el pelo negro y largo. «Hola», le decía yo, «Hola», me respondía.


El polvo incesante de Los Angeles le elevaba la temperatura. Era un buscador de aventuras más empedernido que yo y andaba todo el día por los parques en busca de amores retorcidos. Pero era tan feo que no satisfacía nunca sus ambiciones y las noches cálidas de estrellas bajas y luna amarilla le obligaban a salir de su cuarto con desasosiego hasta que despuntaba el amanecer. Una noche, sin embargo, se puso a hablar conmigo y yo me sentí asqueado e infeliz cuando me contó sus recuerdos de Memphis, Tennessee, donde las personas eran personas de verdad y donde los amigos eran amigos. Algún día se marcharía de esta ciudad despreciable, algún día volvería allí donde la amistad tenía importancia, y la verdad es que se marchó y me mandó desde Forth Worth, Texas, una postal firmada por «El chico de Memphis».


También vivía allí Heilman, que estaba suscrito al Club del Libro del Mes. Un gigante de brazos como vigas y extremidades inferiores que no le cabían en el pantalón.