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Charles Bukowski










Escritos

de un viejo   indecente
















Traducción de J. M. Alvarez Flórez y Angela Pérez




EDITORIAL ANAGRAMA

Título de la edición original: 

Notes of a Dirty Old Man 

City Lights Books 

San Francisco, 1973











Diseño de la colección:

Julio Vivas

Portada de Julio Vivas, «Homenaje a Tom Wesselmann II»






Primera edición en «Contraseñas»: 1978 

Primera edición en «Compactos»: enero 1994 

Segunda edición en «Compactos»: febrero 1995 

Tercera edición en «Compactos»: marzo 1996 

Cuarta edición en «Compactos»: octubre 1996 

Quinta edición en «Compactos»: marzo 1998


















© Charles Bukowski, 1969

© EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 1994 Pedro de la Creu, 58 08034 Barcelona

ISBN: 84-339-2088-X Depósito Legal: B. 10794-1998

Printed in Spain

Liberduplex, S. L., Constitució, 19, 08014 Barcelona

PROLOGO













Hace más de un año que empezó John Bryan con su periódico «underground» OPEN CITY en la habitación delantera de una pequeña casa de dos pisos de alquiler. El periódico se trasladó luego a un apartamento de enfrente, luego al distrito comercial de la Avenida Melrose. Pero cuelga una sombra. Una sombra, inmensa, lúgubre. El tiraje aumenta pero la publicidad no llega como debería. Al otro extremo, en la parte mejor de la ciudad está el L. A. Free Press, ya asentado. Que se lleva los anuncios. Bryan creó su propio enemigo trabajando primero para el L. A. Free Press y pasando su tiraje de 16. 000 a más del triple. Es como organizar el Ejército Nacional y unirse luego a los revolucionarios. Por supuesto, la batalla no es simplemente OPEN CITY contra FREE PRESS. Si has leído OPEN CITY, sabrás que la batalla es más amplia que eso. OPEN CITY incluye a los grandes tipos, los primeros, y hay algunos muy grandes que bajan por el centro de la calle, AHORA, y son unos verdaderos mierdas, además. Es más divertido y más peligroso trabajar para OPEN CITY, que quizás sea el periodicucho más vivo de los Estados Unidos. Pero diversión y peligro no ponen margarina en la tostada ni alimentan al gato. Y renuncias a la tostada y acabas comiéndote el gato.

Bryan es el tipo de idealista y romántico loco. Se fue, o le echaron, se fue y le echaron (corrieron muchos cuentos sobre eso) de su trabajo en el Herald Examiner por oponerse a que le borra-

ran la polla y los huevos al Niño Jesús. Esto en la portada del número de Navidad. «Ni siquiera es mi Dios, es el suyo», me dijo.

Así pues, este extraño romántico idealista, creó OPEN CITY. «¿Qué te parece si nos haces una columna semanal?» preguntó despreocupadamente, rascándose la barba pelirroja. En fin, la verdad, pensando en otras columnas y otros columnistas, me parecía un latazo imponente. Pero empecé, no con una columna sino con una crítica de Papá Hemingway, de A. E. Hotchner. Luego, un día, después de las carreras, me senté y escribí el título, ESCRITOS DE UN VIEJO INDECENTE, abrí una cerveza, y el texto se hizo solo. No hubo la tensión ni el cuidadoso esculpido con un trocito de cuchilla roma, que hacía falta para escribir algo para The Atlantic Monthly. No había necesidad en este caso de soltar simplemente un periodismo liso y descuidado. No parecía haber presión alguna. Bastaba sentarse junto a la ventana, darle a la cerveza y dejar que saliese. Lo que quisiese salir que saliera. Y Bryan nunca fue problema. Yo le entregaba el trabajo (en los primeros tiempos) y él le echaba una ojeada y decía, «vale, de acuerdo». Al cabo de un tiempo, simplemente le entregaba los papeles y él los leía; luego se limitaba a meterlos en el cajón y decía, «De acuerdo. ¿Qué se cuenta?». Ahora ni siquiera dice «De acuerdo». Me limito a entregarle el papel y eso es todo. Esto me ha ayudado a escribir. Piénsalo: libertad absoluta para escribir lo que te dé la gana. Lo he pasado bien haciéndolo, y a veces ha resultado también cosa seria; pero tuve la sensación firme, según pasaban las semanas, de que lo que escribía era mejor cada vez. Este libro es una selección de unos catorce meses de columnas.

En cuanto a acción, no tiene comparación posible con la poesía. Si te aceptan un poema, lo más probable es que salga de dos a cinco años después, y hay un cincuenta por ciento de probabilidades de que nunca aparezca, o de que versos exactos de él aparezcan más tarde, palabra por palabra, en la obra de algún famoso poeta y entonces sabes que el mundo no es gran cosa. Esto, por supuesto, no es culpa de la poesía; se debe sólo a que hay mucho mierda intentando publicarla y escribirla. Pero con los ESCRITOS, me sentaba con una cerveza y le daba a la máquina


un viernes o un sábado o un domingo y el miércoles la cosa llegaba a toda la ciudad. Recibí cartas de gente que nunca había leído poesía, ni mía ni de ningún otro. La gente venía a mi casa (vinieron demasiados realmente), y llamaban a la puerta y me decían que ESCRITOS DE UN VIEJO INDECENTE les conectaba. Un vagabundo de la carretera se trae a un gitano y a su mujer y hablamos, fantaseamos y bebimos hasta medianoche. Una telefonista de Newburgh, N. Y., me envía dinero. Quiere que deje de beber cerveza y coma bien. Me dijeron que un loco que se hace llamar «Rey Arturo» y vive en la calle de los borrachos de Hollywood quiere ayudarme a escribir mi columna. También llamó a mi puerta un médico: «Leí su columna y creo que puedo ayudarle. Yo era psiquiatra». Le eché.

Espero que esta selección te sirva. Si quieres mandarme dinero, vale. O si quieres odiarme, también vale. Si yo fuese el herrero del pueblo no andarías en broma conmigo, pero sólo soy un viejo con algunas historias sucias. Que escribe para un periódico que, como yo, podría morir mañana por la mañana.

Todo resulta muy extraño. Piénsalo: si no le hubiesen borrado la polla y los huevos al Niño Jesús, no estarías leyendo esto. En fin, que te diviertas.


Charles Bukowski 1969























ESCRITOS DE UN VIEJO INDECENTE





algún hijoputa había acaparado todo el dinero, todos decían estar sin blanca, se acababa el juego, yo estaba allí sentado con mi compadre Elf, Elf estuvo jodido de pequeño, encogido todo, se pasó años tumbado en la cama apretando esas pelotas de goma, hadendo extraños ejerddos, y cuando un buen día salió de aquella cama, era más ancho que alto, una risueña bestia musculosa que quería ser escritor pero escribía demasiado pareado a Thomas Wol-fe y, Dreiser aparte, T. Wolfe fue el peor escritor norteamericano de todos los tiempos, y bueno, le arreé detrás de la oreja y la botella cayó de la mesa (él había dicho algo con lo que yo no estaba de acuerdo) cuando fue a levantarse yo tenía la botella agarrada, un escocés magnífico, y le aticé en la mandíbula y parte del cuello allí debajo y abajo se fue otra vez, y yo me sentía el amo del mundo, yo estudiaba a Dostoievski y escuchaba a Mahler en la oscuridad, y, bueno, tuve tiempo para beber de la botella, posarla, amagar con la derecha y empalmarle la izquierda justo debajo del dnturón, cayó contra el aparador, como un fardo, se rompió el espejo, hizo ruidos como de película, relampagueó y se hizo añicos y luego Elf me atizó en la frente, arriba, y caí hada atrás sobre una silla y la silla se aplastó como paja, mobiliario barato, y luego me vi yo en el suelo... (tengo manos pequeñas y no tenía muchas ganas de pelea y no le había dejado fuera de combate) y aquel papanatas de tres al cuarto vengativo se me vino encima y redbí más o menos uno por cada tres que atizé, no muy buenos, pero él quería seguir y el mobiliario se desmoronaba por


todas partes, con muchísimo ruido y yo estaba deseando que alguien parase aquel maldito asunto: la casera, la policía, Dios, cualquiera, pero aquello siguió y siguió y siguió, y luego ya no me acuerdo.

cuando desperté, el sol estaba alto y yo bajo la cama. salí de allí debajo y descubrí que podía aguantar de pie. tenía un gran corte debajo de la barbilla, los nudillos raspados, había tenido resacas peores, y había sitios peores para despertar, ¿como la cárcel? quizás, miré a mi alrededor, había sido real, todo roto, apestando, tirado, derramado (lámparas, sillas, aparador, cama, ceniceros), increíblemente macabro, no había nada delicado allí, no, todo era feo y muerto, bebí un poco de agua y luego pasé al retrete, aún seguía allí: billetes de diez, de veinte, de cinco, el dinero, yo lo había ido metiendo allí cuando entraba a mear durante la partida, y recordé que la pelea había empezado por el DINERO, recogí los billetes, los metí en la cartera, coloqué mi maleta de cartón en la cama inclinada y empecé a meter allí mis andrajos: camisas de faena, zapatones con agujeros en las suelas, calcetines sucios endurecidos, arrugados pantalones con perneras que querían reír, un relato sobre un tipo que agarraba ladillas en el Palacio de la Opera de San Francisco y un sobado diccionario de los Drugstores Thrifty: «Palingenesia: Recapitulación de estudios ancestrales de la vida y la historia».

el reloj funcionaba, el viejo despertador, Dios le bendiga, cuántas veces lo había mirado en mañanas de resaca a las siete y media y había dicho ¿que se joda el trabajo? ¡que se joda el trabajo! en fin, marcaba las cuatro de la tarde, estaba a punto de colocarlo en la maleta para cerrarla y cuando (claro, ¿por qué no?) alguien llamó a la puerta.

¿SI?

¿SEÑOR BUKOWSKI?

¿SI? ¿SI?

QUIERO ENTRAR A CAMBIAR LAS SABANAS.

NO, HOY NO. HOY ESTOY MALO.

OH, CUANTO LO SIENTO. PERO DEJEME ENTRAR Y CAMBIAR LAS SABANAS, ES UN MOMENTO LUEGO ME IRÉ.



NO, NO, ESTOY DEMASIADO ENFERMO, DEMASÍA DO. NO QUIERO QUE ME VEA USTED TAL COMO ES-TOY.

Y la cosa siguió y siguió, ella quería cambiar las sábanas, yo decía, no. ella decía, quiero cambiar las sábanas, y dale y dale, aquella casera, aquel pedazo de carne, todo carne, todo gritaba en ella CARNE CARNE CARNE, yo sólo llevaba allí dos semanas, abajo había un bar. venía gente a verme, no estaba yo, y ella decía siempre; «está abajo en el bar, siempre está abajo en el bar», y la gente decía: «pero hombre por Dios, ¿qué PATRONA es ésa que tienes?».

pues era una mujer blanca, muy grande, y le gustaban aquellos filipinos, aquellos filipinos hacían trucos, amigo, cosas que un blanco ni soñaría, ni yo siquiera, y han desaparecido ya esos filipinos de sombreros de ala ancha bajos sobre la cara y grandes hombreras, eran los reyes de la moda, los chicos del tacón puntiagudo; tacones de cuero, rostros canallescos, cetrinos... ¿dónde os habéis ido?

bueno, la cosa es que no había nada que beber y yo estuve horas allí sentado, volviéndome loco, estaba muy nervioso, carcomido, hasta los huevos, sentado allí con cuatrocientos cincuenta dólares de buen dinero y sin poder echar una cerveza, estaba esperando la oscuridad, la oscuridad, no la muerte, quería salir, echar otro trago, reuní valor por fin. abrí un poco la puerta, sin soltar la cadena, y allí había uno, un macaquito filipino con un martillo, cuando abrí la puerta, alzó el martillo y sonrió, cuando la cerré sacó los clavos de la boca y fingió clavarlos en la alfombra de la escalera que llevaba al primer piso y a la única puerta de salida, no sé cuánto duró, siempre lo mismo, cada vez que yo abría la puerta él alzaba el martillo y sonreía, ¡macaquito de mierda! no se movía del primer escalón, empecé a ponerme loco, sudaba, apestaba; circulitos girando girando girando, luces laterales y relampagueos de luz por el cráneo, si no hacía algo las iba a pasar putas, volví y cogí la maleta, no pesaba nada, andrajos, luego cogí la máquina, una portátil de acero prestada, de la mujer de un antiguo amigo, nunca devuelta, daba una sensación agradable y sólida: gris, Usa, pesada, seria, intrascendente, cerré los ojos y


solté la cadena en la puerta, y, maleta en una mano y máquina de escribir robada en la otra, me lancé al fuego de ametralladora, amanecer de mañana de duelo, crujidos de trigo partido, el final de todo.

¡EH! ¿ADONDE VAS?

y aquel monito empezó a alzar una rodilla, alzó el martillo, y me bastó con eso (el relampagueo de luz eléctrica sobré martillo), tenía la maleta en la mano izquierda, la máquina portátil de acero en la derecha, él estaba en posición perfecta, agachado junto a mis rodillas y la lancé con gran precisión y cierta cólera, le di con la parte dura lisa y pesada, magníficamente, a un lado de la cabeza, el cráneo, la sien, su ser.

hubo casi como un estruendo de luz como si llorase todo, luego silencio, me vi fuera, de pronto, en la acera, había bajado aquella escalera sin darme cuenta, y quiso la suerte que hubiese allí un taxi.

¡TAXI!

entré.

UNION STATION.

era agradable, el quedo rumor de los neumáticos al aire mañanero.

NO, ESPERE, dije. LLÉVEME A LA ESTACIÓN DE AUTOBUSES.

¿QUE LE PASA, AMIGO? preguntó el taxista.

ACABO DE MATAR A MI PADRE.

¿MATO A SU PADRE?

NUNCA OYÓ HABLAR DE JESUCRISTO.

CLARO.

ENTONCES VENGA: ESTACIÓN DE AUTOBUSES.

estuve una hora sentado en la estación de autobuses, esperando el de Nueva Orleans. preguntándome si habría matado al tío. subí por fin con máquina y maleta, metí la máquina bien al fondo del portaequipajes de arriba, porque no quería que el chisme me cayera en el coco, fue un viaje largo de mucho sople y cierta relación con una pelirroja de Fort Worth. bajé también en Fort Worth, pero ella vivía con su madre y tuve que coger una habitación y por error me metí en una casa de putas, toda la noche


aquellas mujeres gritando cosas como: «¡EH! ni hablar no me metes ESE chisme DENTRO por nada del mundo!» toda la noche los grifos corriendo, abrir y cerrar de puertas.

la pelirroja, era una criatura linda e inocente, o aspiraba a mejor nombre, en fin, dejé la ciudad sin poder llegarle a las bragas, por fin llegué a Nueva Orleans.

pero Elf. ¿recuerdas? el tipo con quien me peleé en mi cuarto, bueno, durante la guerra murió ametrallado, antes de morir se pasó en la cama, según me dijeron, mucho tiempo, tres o cuatro semanas, y lo más extraño es que me había dicho, no, me había preguntado, «¿te imaginas que algún IMBÉCIL hijoputa apriete al gatillo de una ametralladora y me parta en dos?».

—bueno, es culpa tuya.

—ya, ya sé que tú no vas a morir frente a ninguna ametralladora.

—puedes estar bien seguro, no moriré así, muchacho, a menos que sea -una ametralladora de las del tío Sam.

—¡no me vengas con ese cuento! sé que amas a tu patria, ¡se te ve en la cara! ¡amor, amor de verdad! •  fue entonces cuando le pegué la primera vez.

después de eso, ya sabéis el resto de la historia.

cuando llegué a Nueva Orleans, procuré cerciorarme de que no me metía en una casa de putas, aunque toda la ciudad lo parecía.









estábamos sentados en la oficina después de otro de aquellos partidos de siete a uno, y la temporada iba mediada ya y estábamos en cola, a veinticinco partidos del primero y yo sabía que era mi última temporada como entrenador de los Blues. nuestro primer hitter había bateado. 234 y nuestro primer meta base se anotaba seis, nuestro primer pitcber andaba entre siete y diez con una media de 3, 95. el viejo Henderson sacó la botella del cajón de la mesa y bebió su trago, luego me la pasó.


—y para colmo -—dijo Henderson— enganché ladillas hace dos semanas.

—vaya, jefe, lo siento.

—no me llamarás jefe mucho más.

—lo sé. pero no hay entrenador de béisbol que pueda sacar a esos borrachos del último puesto —dije yo, atizándome un buen trago.

—y lo peor —dijo Henderson—, es que creo que fue mi mujer quien me las pegó.

yo no sabía si reírme o qué, así que no hice nada.

y entonces hubo una delicadísima llamada en la puerta de la oficina y luego se abrió, y allí apareció ante nosotros un chiflado con alas de papel pegadas a la espalda.

era un chaval de unos dieciocho.

—estoy aquí para ayudar al club —dijo el chaval.

con aquellas grandes alas de papel encima, un loco rematado, llevaba agujeros en la chaqueta, las alas estaban pegadas a la espalda, o fijadas con un esparadrapo, algo así.

—escucha —dijo Henderson—, ¡quieres hacer el favor de largarte! ya ha habido suficiente comedia en el campo, así que seriedad, hoy empezaron a reírse de nosotros nada más salir, ¡venga, fuera y deprisa!

el chico se acercó, echó un trago de la botella, se sentó y dijo:

—señor Henderson, yo soy la respuesta a sus oraciones.

—oye, chaval —dijo Henderson—, eres demasiado joven para beber eso.

—soy más viejo de lo que parezco —dijo el chaval.

—¡pues yo tengo algo que te hará un poco más viejo! —Henderson apretó el botoncito que había en la mesa, eso significaba TORO Kronkite. no quiero decir que Toro haya matado nunca a un hombre, pero sería una suerte que pudieses fumar Bull Dur-ham por un ojo del culo de goma después de que él te diese una pasada, el Toro entró arrancando casi una de las bisagras de la puerta al abrirla.

—¿cuál, jefe? —preguntó, meneando sus largos y estúpidos dedos mientras examinaba la habitación.


—el mierda de las alas de papel —dijo Henderson.

el Toro se aproximó.

—no me toques —dijo el mierda de las alas de ,papel.

el Toro se lanzó hacia él, Y DIOS ME VALGA, aquel mierda empezó a ¡VOLAR! aleteó por la habitación, casi pegado al techo. Henderson y yo nos lanzamos a por la botella, pero el viejo me ganó, el Toro cayó de rodillas:

—¡DIOS DEL CIELO, TEN PIEDAD DE MI! ¡UN ÁNGEL!  ¡UN ÁNGEL!

—¡no seas imbécil! —dijo el ángel, revoloteando—. no soy ningún ángel, sólo quiero ayudar a los Blues. soy hincha de los Blues de toda la vida.

—de acuerdo, baja, hablemos de negocios —dijo Henderson.

el ángel, o lo que fuese, bajó volando y aterrizó en una silla. el Toro le arrancó los.zapatos y los calcetines o lo que fuese y empezó a besarle los pies.

Henderson se agachó furioso y escupió al Toro en la cara:

—¡lárgate, bicho subnormal! ¡si hay algo que odie es el sentimentalismo baboso!

el Toro se limpió la cara y se fue muy quedamente.

Henderson recorrió los cajones de la mesa.

—¡mierda, creí que tenía por aquí en algún sitio contratos!

entretanto, mientras buscaba los impresos de los contratos, encontró otra botella y la abrió. cuando arrancaba el celofán, miró al chico:

—dime, ¿eres capaz de hacer una curva interior? ¿y una externa? ¿qué me dices de un deslizador?

—que me cuelguen si sé —dijo el tipo de las alas—. he estado escondido. lo único que sé es lo que leí en los periódicos y vi en la televisión. pero siempre he sido hincha de los Blues y estoy muy triste por lo mal que os va la temporada.

—¿has estado escondido? ¿dónde? ¡un tipo con alas no puede esconderse en un ascensor del Bronx! ¿cuál es tu truco? ¿cómo lo conseguiste?

—no quiero aburrirle con todos los detalles, señor Henderson.

—por cierto, muchacho, ¿cómo te llamas?

—Jimmy. Jimmy Crispin. J.C. para abreviar.


—oye, chico,  ¿qué coño quieres, reírte de mí?

—oh no, señor Henderson.

—¡entonces choca esas cinco!

las chocaron.

—maldita sea, ¡qué manos tan FRÍAS! ¿cuánto hace que no comes?

—comí unas patatas fritas y una cerveza con pollo hacia las cuatro.

—echa un trago, chaval.

Henderson se volvió a mí.

—Bailey.

—¿sí?

—quiero que esté todo el equipo en ese campo a las diez mañana por la mañana. sin excepciones. creo que hemos conseguido lo mejor desde la bomba atómica. ahora salgamos todos de aquí y vayamos a dormir un poco. ¿tú tienes dónde dormir, muchacho?

—sí, claro —dijo J.C.

y bajó volando las escaleras y allí nos dejó.

teníamos el estadio cerrado. sólo estaba allí el equipo. y con las resacas que arrastraban y el ver a aquel tipo de las alas se creyeron que era un montaje publicitario. o un ensayo de uno. se colocó el equipo en el campo con el muchacho en la base del bateador. deberíais haber estado allí para ver cómo se abrieron aquellos ojos inyectados en sangre cuando el chico se lanzó por la línea de la tercera base y ¡VOLÓ hasta la primera! luego tocó y antes de que el tipo de la tercera base pudiese hacer nada el chico llegó volando a la segunda.

todos se estremecieron bajo aquella luz de diez de la mañana. para jugar con un equipo como los Blues hay que estar bastante loco, pero, de todos modos, aquello era demasiado.

luego cuando el pitcher se disponía a lanzar al bate que habíamos puesto, J.C. se lanzó volando a la tercera base ¡como un reactor! ninguno podía verle siquiera las alas, ni aunque hubiesen tenido tiempo para tomarse dos alkaseltzer aquella mañana. cuan-


do la pelota llegó a la base del bateador, aquello había bajado volando y había tocado base meta.

descubrimos que el chico podía cubrir todo el outfield. ¡tenía una velocidad de vuelo tremenda! nos limitamos a meter a los otros dos outfielders en el infield. teníamos así dos shortstops y dos segundas bases. y tan mal como estábamos, estábamos en el infierno.

aquella noche era nuestro primer partido de la liga con Jimmy Crispin en el outfield.

lo primero que hice cuando llegué fue telefonear a Bugsy Malone.

—Bugsy, ¿cómo van las apuestas a favor de los Blues?

—no hay apuestas. no hay ningún loco capaz de apostar por los Blues ni siquiera diez mil a uno.

—¿qué me das tú?

—¿hablas en serio?

—sí.

—doscientos cincuenta a uno. quieres apostar un dólar, verdad?

—uno de los grandes.

—¡uno de los grandes] ¡espera! dentro de dos horas te llamo.

al cabo de una hora cuarenta y cinco minutos, sonó el teléfono.

—vale, de acuerdo. uno de los grandes nunca viene mal, sabes.

—gracias, Bugsy.

—de nada.

nunca olvidaré aquel partido de la primera noche. creyeron que queríamos gastar una broma para animar a la gente pero cuando vieron a Jimmy Crispin elevarse en el cielo y lanzarse luego en picado en un clarísimo jonrón que habría superado la valla izquierda del centro del campo en más de tres metros, entonces el partido se animó. Bugsy había bajado a echar un vistazo y le observé en su palco. cuando J.C. se elevó para agarrar aquella pelota, a Bugsy se le cayó de la boca el puro de cinco dólares.


pero en el reglamento no decía nada de que no pudiese jugar al béisbol un hombre con alas, así que los teníamos bien agarrados por los huevos. y cómo. ganamos el partido como nada. Crispin marcó cuatro veces. ellos no lograron sacar nada de nuestro in-field y cualquier cosa del outfield era un fuera seguro.

y los partidos que siguieron. cómo afluían las multitudes. les volvía locos ver aquel hombre volar por el cielo, pero además estaba el hecho de que habíamos perdido veinticinco partidos y quedaba muy poco y por eso seguían viniendo, a la gente le encanta ver a un hombre salir de la bodega. los Blues lo conseguían. era el mayor milagro de todos los tiempos.

LIFE vino a entrevistar a Jimmy. TIME. LIFE. LOOK. él no les contó nada. «lo único que quiero es que los Blues ganen la liga», dijo.

pero a pesar de todo era matemáticamente difícil y, como el final de un libro de cuentos, llegamos por fin al último partido de la temporada. íbamos empatados con los Bengals para el primer puesto, y jugábamos contra los Bengals, y el ganador lo ganaba todo. no habíamos perdido un solo partido desde que Jimmy se había incorporado al equipo. y yo andaba rondando ya los doscientos cincuenta mil dólares. menudo entrenador era yo. estábamos en la oficina justo antes de aquel último partido nocturno, el viejo Henderson y yo. y oímos ruido en la escalera y luego se derrumbó un tipo por la puerta, borracho. J.C. ya no tenía alas, sólo muñones.

—¡me serraron las jodidas alas, los muy miserables! me metieron a esa mujer en la habitación del hotel. ¡qué mujer! ¡qué tía! ¡y me cargaron la bebida! me eché encima de ella y entonces ellos empezaron a SERRARME LAS ALAS! ¡yo no podía moverme! ¡no podía ni sujetarme los huevos! ¡qué FARSA! y aquel tipo dándole a su puro, y riéndose detrás... ay Dios santo, qué tía tan cojonuda, y ni siquiera pude correrme... mierda...

—bueno, muchacho, no eres el primero al que jode una mujer. ¿sangras? —preguntó Henderson.

—no, es sólo hueso, materia ósea, pero estoy muy triste, os he dejado en la estacada, amigos, he dejado en la estacada a los Blues, me siento muy mal, muy mal.


¿ellos se sentían muy mal? yo perdería 250 de los grandes.

acabé la botella que había en la mesa. J.C. estaba demasiado borracho para jugar, con o sin alas. Henderson dejó caer la cabeza sobre la mesa y empezó a llorar. saqué su luger del cajón de abajo. me la metí en la chaqueta, salí de la torre, bajé a la sección de reserva. ocupé el palco situado inmediatamente detrás del de Bugsy Malone y la hermosa mujer con quien estaba. era el palco de Henderson y Henderson prefería morir bebiendo con un ángel muerto. no necesitaría aquel palco. y el equipo no me necesitaría a mí. telefoneé al banquillo y les dije que le pasaran la cosa al bateador o a cualquier otro.

era nuestro campo, bateaban primero ellos.

—¿dónde está vuestro center fielder} no lo veo —dijo Bugsy, encendiendo un puro de cinco pavos.

—nuestro center fielder ha vuelto al cielo debido a una de tus sierras Sears-Roebuck de tres dólares y medio.

Bugsy se echó a reír.

—un tipo como yo puede mear en el ojo de una mula y sacar un julepe de menta. por eso estoy donde estoy.

—¿quién es la bella dama? —pregunté.

—ah, ésta es Helena. Helena, éste es Tim Bailey, el peor entrenador de béisbol del mundo.

Helena cruzó aquellas cosas de nailon llamadas piernas y perdoné efectivamente a Crispin.

—encantada de conocerle, señor Bailey.

—lo mismo digo.

empezó el partido. como en los viejos tiempos. a la séptima carrera perdíamos diez cero. Bugsy se sentía como Dios, tocándole las piernas a aquella tía, frotándose con ella, el mundo entero en el bolsillo. se volvió y me pasó un puro de cinco pavos. lo encendí.

—¿ese tipo era realmente un ángel? —me preguntó, medio sonriéndose.

—dijo que le llamáramos J.C, para abreviar, pero la verdad es que no sé.

—parece que el Hombre le ha ganado a Dios casi todas las veces que se han enzarzado —dijo.


—no sé —dije yo—, pero según mi opinión, cortarle las alas a un hombre es como cortarle el pijo.

—puede, pero según la mía, los fuertes son los que mueven las cosas.  —o la muerte las para. ¿cuál de las dos cosas?

saqué la luger y la apoyé en su nuca.

—¡Bailey, por amor de Dios! ¡cálmate! ¡te daré la mitad de lo que tengo! ¡no, te lo daré todo, todo lo que tengo, esta tía, todo, todo...!  ¡pero quítame esa pistola de la cabeza!

—¡si piensas que matar es algo fuerte, PRUEBA algo fuerte!

apreté el gatillo., fue espantoso. una luger. cáscaras de cráneo y cerebro y sangre por todas partes: por encima de mí, de las piernas de nailon de ella, de su vestido...

se suspendió el partido una hora y nos sacaron de allí: a Bugsy muerto, a su mujer, loca de histeria, y a mí. luego siguieron.

Dios gana al Hombre; el Hombre gana a Dios. madre hacía conservas de fresas mientras todo se desmoronaba.

al día siguiente estaba yo en mi celda y el celador me entregó el periódico:

«LOS BLUES REMONTARON EL PARTIDO EN LA CARRERA CATORCE Y LO GANARON JUNTO CON LA LIGA».

me acerqué a la ventana de la celda, octava planta. hice una bola con el papel y lo metí por las rejas. lo embutí allí y lo empujé entre ellas y cuando caía por el aire lo contemplé, vi cómo se abría, como si tuviera alas, bueno, no quiero exagerar, bajó flotando como suelen hacer los trozos de papel desplegados, hacia el mar, aquellas olas blancas y azules ahí abajo y yo sin poder tocarlos, Dios gana al Hombre siempre, constantemente, sea Dios Lo Que Sea: ametrallador soplapollas o cuadro de Klee, en fin, y, claro, aquellas piernas de nailon rodearán ahora a otro maldito imbécil. Malone me debía doscientos cincuenta de los grandes y no podría pagar. J.C. con alas, J.C. sin alas, J.C. en una cruz, yo no estaba aún muerto del todo, y me alejé de la ventana, me senté en aquel retrete carcelario sin tapa y me puse a cagar, ex entrenador de primera, ex hombre, y a través de los barrotes entraba un viento leve y leve es este modo de dejaros.









hacía calor allí dentro. me acerqué al piano y toqué. no sabía tocar el piano. aporreé las teclas. había gente bailando en el sofá. luego miré debajo del piano y vi una chica allí abajo tumbada con el vestido alzado hasta las caderas. seguí tocando con una mano, y estiré la otra debajo y le di un tiento. la mala música o el tiento la despertaron. salió de debajo del piano, la gente ya no bailaba en el sofá. conseguí llegar hasta allí y dormir quince minutos, llevaba dos días y dos noches sin dormir, hacía calor allí dentro, mucho. al despertar vomité en una taza de café. luego aquello se llenó y tuve que seguir en el sofá. alguien trajo un gran orinal. a tiempo justo. lo solté. amargo. todo era amargo

me levanté y fui al baño. había dos tipos allí dentro desnudos. uno tenía crema de afeitar y una brocha y estaba enjabonándole la polla y los huevos al otro.

—tengo que echar una cagada —les dije.

—adelante —dijo el enjabonado—, no te molestaremos.

entré y me senté.

el tipo de la brocha le dijo al otro:

—oí que habían echado a Simpson del Club 86.

—KPFK —dijo el otro—, despiden a más gente que Douglas Aircraft, Sears Roebuck y los Drugstores Thrifty juntos. una palabra impropia, una frase que se salga de su línea de ideas pre-cocinadas sobre la humanidad, la política, el arte, etc., y estás listo. el único que está seguro en KPFK es Eliot Mintz... es como un acordeón de juguete: estires como estires, siempre suena lo mismo.

—bueno, adelante —dijo el tipo de la brocha.

—¿adelante qué?

—frótate el pijo hasta que se ponga duro.

solté un cerote grande.

—¡Dios mío! —dijo el de la brocha, que ya no la tenía, la había tirado en el lavabo.

—¿Dios mío, qué? —dijo el otro.


—¡tienes un chisme con el capullo como un mazo!

—tuve un accidente, es por eso.

—me hubiese gustado tener un accidente igual.

solté otro.

—bueno, adelante.

—¿adelante qué?

—échate hacia atrás y métela entre los muslos.

—¿así?

—sí.

—¿y ahora qué?

—baja la barriga. deslízala. hacia adelante y hacia atrás. aprieta las piernas. ¡así!  ¡ves!  ¡ya no necesitarás mujeres!

—¡oh Harry, esto no es como lo otro! ¿qué me ofreces? ¡esto es una mierda!

—¡es que hace falta PRACTICA! ¡ya verás! ¡ya verás!

me limpié, tiré de la cadena y salí de allí.

fui a la nevera y saqué otra lata de cerveza, saqué dos latas de cerveza, las abrí a las dos y empecé la primera. calculé que debía estar en algún lugar de Hollywood Norte. me senté frente a un tipo de casco metálico rojo y unos sesenta centímetros de barba. había estado brillante un par de noches pero se le estaba agotando la velocidad y perdía pie. pero aún no había llegado a la etapa del sueño, sólo a la etapa triste y hueca. quizás estuviese esperando un porro, pero nadie sacaba nada.

—Big Jack —dije.

—Bukowski, me debes cuarenta dólares —dijo Big Jack.

—oye, Jack, tengo idea de haberte dado veinte dólares la otra noche. creo que te los di. me acuerdo de aquellos veinte.

—no lo recuerdas, ¿verdad Bukowski? porque estabas borracho, Bukowski, ¡por eso no puedes recordar!

a Big Jack no le caían nada bien los borrachos.

Maggy, su novia, estaba sentada al lado.

—le diste un billete de veinte, sí, pero porque querías más bebida. salimos y te trajimos material y te dimos el cambio.

—de acuerdo. pero ¿dónde estamos? ¿Hollywood Norte?

—no, Pasadena.

—¿Pasadena? no lo creo.


yo había estado viendo que la gente se metía detrás de la gran cortina. algunos salían a los diez o veinte minutos. otros no salían nunca. el asunto aquel llevaba rodando cuarenta y ocho horas. terminé la segunda cerveza, me levanté, corrí la cortina, me metí allí. estaba muy oscuro dentro pero olía a yerba. y a culo. me quedé quieto hasta que mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. había sobre todo tíos. lamiendo culos, exprimiendo. chupando. no era para mí. soy un carca. aquello era como el gimnasio de hombres después de que todos han pasado por las paralelas. el ácido olor a semen. sentí náuseas. un negro de color claro se acercó a mí.

—oye tú eres Charles Bukowski, ¿verdad?

—sí —dije.

—¡vaya! ¡la mayor emoción de mi vida! ¡leí CRUCIFIX IN A DEADHAND! ¡te considero el más grande desde Verlaine!

—¿Verlaine?

—¡Sí, Verlaine!

estiró el brazo y me echó mano a los huevos. le aparté la mano.

—¿qué pasa? —preguntó.

—en este momento no, pequeño, busco a una amiga.

—oh, perdón...

se alejó. seguí mirando por allí y me disponía ya a irme cuando vi una mujer medio apoyada en un rincón lejano. tenía las piernas abiertas pero parecía bastante mareada. me acerqué y le eché un vistazo. me bajé los pantalones y los calzoncillos. tenía buena pinta. metí el chisme. metí lo que tenía.

—oooh —dijo ella—. ¡qué bueno! ¡la tienes tan curvada! ¡como un garfio!

—un accidente que tuve de niño. con un triciclo.

—oooh...

cuando ya se ponía bien el asunto algo me EMBISTIÓ entre las nalgas. vi ante mis ojos relampagueos de luces.

—¡eh, qué DEMONIOS!

me saqué aquello. allí me vi de pie con la chorra de aquel tío en la mano.

—¿qué coño pretendes, amigo? —le pregunté.


—oye —dijo él—, esto es como un juego de cartas, si quieres entrar en el juego, tienes que aceptar las cartas que salgan.

me subí los calzoncillos y los pantalones y salí de allí.

Big Jack y Maggy se habían ido. había un par de personas traspuestas en el suelo. me acerqué a por otra cerveza, la bebí y me largué. la luz del sol me golpeó como un coche patrulla con las luces rojas encendidas. encontré mi trasto metido en el camino de coches de otro, con una multa de aparcamiento encima. pero de todos modos había sitio para salir de allí. todo el mundo sabía hasta dónde tenía que llegar. era agradable.

me paré en la Estación Standard y el tipo me explicó cómo tenía que coger la autopista de Pasadena. logré llegar a casa. sudando. mordiéndome los labios para no dormirme. tenía allí una carta de Arizona, en el buzón, de mi ex mujer.

«...sé que te sientes solo y deprimido. cuando te sientas así, debes ir a El Puente. creo que te gustará esa gente. al menos algunos. puedes ir también a las lecturas de poesía de la Iglesia Unitaria...»

dejé correr el agua en la bañera, buena, calentita. me desvestí, cogí una cerveza, bebí la mitad, puse la lata en el borde y me metí en el agua, cogí el champú y la esponja y empecé a darles a cuerdas y nudos.









conocí a Neal C,* el chico de Kerouac, poco antes de que bajase a tenderse junto a aquella vía de ferrocarril mexicana para morir. los ojos se clavaban en ti como palillos de dientes y Neal con la cabeza junto al altavoz, se movía, saltaba, miraba insinuante, con su camiseta blanca de manga corta y cantaba como un cuco al compás de la música, precediéndola justo un pelo, como si fuese él quien dirigiera el espectáculo. yo, sentado con mi cerveza, le miraba. ya me había liquidado un paquete o dos de seis botellas. Bryan estaba dando instrucciones y material a dos chavales que iban a cubrir aquel espectáculo que siempre prohibían. en fin, no sé exactamente qué pasaba con aquel espectáculo del poeta de San Francisco, cuyo nombre ya no recuerdo. pues bien, nadie se fijaba en Neal C y a Neal C no le preocupaba, o eso 




* Neal C: Neal Cassady, personaje legendario de los cincuenta y sesenta, que tuvo una gran influencia sobre Kerouac, Ginsberg y el movi-mienot beatnik. Es el «Dean Moriarty» de En el camino de Kerouac. Aparece también, entre otros muchos libros, en Acid test de Tom Wolfe. Recientemente se ha editado en España su único libro El último tercio (Star, Barcelona). (N. de los Ts.)

hacía ver. cuando la canción acabó, se fueron los dos chavales y Bryan me presentó al fabuloso Neal C.

—¿una cerveza? —le pregunté.

Neal echó mano a una botella, la tiró al aire, la agarró, quitó el tapón y vació el medio cuarto de dos largos tragos.

—toma otra.

—vale.

—yo me consideraba bueno con la cerveza.

—yo soy el muchacho duro de la cárcel. he leído cosas tuyas.

—yo también leí cosas tuyas. aquello de que salías por la ventana del baño y te escondías desnudo entre los matorrales. buen material.

—oh sí.

seguía dándole a la cerveza. nunca se sentaba. no hacía más que moverse por allí. estaba un poco aturdido por la acción, el relámpago eterno, pero no había odio alguno en él. te agradaba aunque no quisieras, porque Kerouac le había preparado para la admiración de los masones y Neal había picado, seguía picando. pero en fin, Neal era pistonudo y uno podía pensar además que Jack sólo había escrito el libro, él no era la madre de Neal. sólo su destructor, deliberado o no.

Neal bailaba por el local en la Subida Eterna. la cara parecía vieja, dolorida, todo eso. pero su cuerpo era el cuerpo de un muchacho de dieciocho.

—¿quieres probar con él, Bukowski? —preguntó Bryan.

—sí, ¿quieres venir, muchacho? —me preguntó él.

tampoco ahora había odio. sólo seguir el juego.

—no, gracias. en agosto cumpliré cuarenta y ocho. ya no estoy para esos trotes.


no habría podido manejarle.

—¿cuándo viste a Kerouac por última vez? —le pregunté.

creo que dijo que 1962,  1963. en fin, hacía mucho tiempo.

después de darle un rato a la cerveza con Neal, tuve que ir a por más. el trabajo de la oficina estaba casi hecho y Neal paraba en casa de Bryan y Bryan le invitó a cenar. yo dije, «vale», y, como estaba un poco animado, no me di cuenta de lo que iba a pasar.

cuando salimos empezaba a caer una lluvia muy fina. de esa que realmente jode la calle. yo aún no sabía. pensé que iba a conducir Bryan, pero se colocó al volante Neal. en fin, pasé atrás. B. montó delante con Neal. y empezó el viaje. por aquellas calles resbaladizas, y cuando parecía que habíamos doblado ya una esquina, Neal decidía girar a la derecha o a la izquierda. pasábamos junto a los coches aparcados con la línea divisoria a sólo un pelo. sólo como un pelo puede describirse. un leve desvío hacia el otro lado habría sido el final para todos.

cuando salíamos del apuro yo siempre decía algo ridículo, como «¡chúpate ésa!» y Bryan se reía y Neal seguía conduciendo, ni ceñudo ni feliz ni sardónico, sólo allí: haciendo los movimientos. comprendí. era necesario. era su plaza de toros, su pista de carreras. era santo y necesario.

lo mejor fue justo al salir de Sunset, rumbo al norte, hacia Carlton. la llovizna era ya más intensa, estropeando al mismo tiempo la visión y las calles. al salir de Sunset, Neal inició su siguiente movimiento, ajedrez a toda pastilla, algo que había que calcular en una décima de segundo. un giro a la izquierda en Carlton nos llevaría a la casa de Bryan. estábamos a una manzana de distancia. había un coche delante y dos aproximándose. podría haber disminuido sin duda la velocidad y seguir después, pero habría perdido su movimiento. Neal no podía hacer eso. pasó al de delante, y yo pensé, ya está, bueno, no importa, da igual en realidad.piensas eso, eso pensé yo. los dos coches casi pegados, el otro tan cerca que su faros inundaban mi asiento trasero. creo que en el último segundo, el otro conductor tocó el freno. esto nos concedió el pelillo. Neal debía haberlo calculado.  aquel movimiento. pero el asunto no terminó ahí. íbamos ya a mucha velocidad y el otro coche, que se acercaba lentamente del bulevar Hollywood estaba a punto de impedir el giro a la izquierda en Carlton. siempre recordaré el color de aquel coche. tan cerca llegamos a estar. una especie de gris-azulado. un coche viejo, cupé, encogido y duro como una especie de ladrillo de acero rodante. Neal se desvió por la izquierda. me pareció que íbamos a embestir al otro coche por el centro. era inevitable. pero, curiosamente, el movimiento del otro coche hacia adelante y nuestro movimiento hacia la izquierda, coordinaron de modo perfecto. de nuevo el pelillo. Neal aparcó el coche y entramos en casa. Joan sacó la cena.

Neal comió todo lo de su plato y la mayor parte de lo del mío. bebimos un poco de vino. Joan tenía un cuidaniños muy inteligente, un joven homosexual, que creo que se ha ido con una banda de rock o se ha matado o algo así. en fin, el caso es que le di un pellizco en el trasero cuando pasaba junto a mí. le encantaba.

creo que estuve demasiado tiempo bebiendo y hablando con Cassady. el cuidador de niños no hacía más que hablar de He-mingway, me comparaba más o menos con él, hasta que le dije que se callara y fue al piso de arriba a ver cómo estaba Jason. y unos días después me telefoneó Bryan:

—murió Neal, murió Neal.

—hostias, no.

luego Bryan me explicó algo más del asunto. y nada más.

sí, no había duda.

tantos viajes, tantas páginas de Kerouac, tanta cárcel, para morir solo bajo una gélida luna mexicana, solo, ¿comprendes? ¿ves los pequeños cactus miserables? México no es un sitio malo simplemente porque esté oprimido; México es un mal sitio simplemente, ¿ves cómo miran los animales del desierto? las ranas, cornudas y simples, esas serpientes como hendiduras de mentes humanas que reptan, se paran, esperan, mudas bajo una muda luna mexicana, reptiles, rumores de cosas, contemplando a aquel tipo allí en la arena con su camiseta blanca de manga corta.

Neal, había encontrado su movimiento, no hacía daño a nadie, el tipo duro de la cárcel, allí tumbado junto a una vía férrea mexicana.


esa única noche que estuve con él le dije: —Kerouac ha escrito todos tus otros capítulos, yo he escrito ya tu último.

—adelante —dijo él—, escríbelo. punto y aparte.









los veranos son más largos donde cuelgan los suicidas y las moscas comen tortitas de barro, es un famoso poeta de la calle de los años cincuenta y sigue vivo aún. y tiro mi botella al canal, estamos en Venice, y Jack está retugiado aquí por una semana, más o menos, tiene que dar una lectura no sé dónde, dentro de unos días, el canal tiene un aspecto extraño, muy extraño.

—poca profundidad para la autodestrucción.

—sí —dice él con voz de película del Bronx— tienes razón.

tiene treinta y siete años y el pelo canoso, nariz aguileña, encorvado, enérgico, desengañado, macho, muy macho, sonrisita judía, quizás no sea judío, no se lo pregunto, los ha conocido a todos, meó en el zapato de Barney Rosset en una fiesta porque no le gustó algo que dijo Barney. Jack conoce a Ginsberg, Cree-ley, Lamantia, etc., etc., y ahora conoció a Bukowski:

—sí, Bukowski vino a Venice a verme, toda la cara llena de cicatrices, los hombros caídos, parece acabado, apenas habla, y cuando habla dice vulgaridades, no parece que haya escrito todos esos libros de poemas, pero es que ha estado demasiado tiempo en esa oficina de correo, es muy escurridizo, le ha sorbido el espíritu, una vergüenza, pero así son las cosas, de todos modos, sigue siendo un jefe, un verdadero jefe, ¿comprendes?

Jack conoce el asunto por dentro, y es divertido pero real saber que la gente no es gran cosa, que es todo una farsa puñe-tera y que lo sabes pero resulta divertido oírlo decir, allí sentado al borde de un canal de Venice intentando curar una resaca de calibre extra.

hojea un libro, fotografías de poetas, más que nada, no estoy allí, empecé tarde y viví demasiado en cuartuchos solo bebiendo


vino, ellos suponen siempre que un ermitaño está loco, quizás tengan razón, recorre el libro, dios, allí sentado con aquella resaca y el agua allí abajo y Jack mirando el libro aquel, veo manchas claras, narices, orejas, el brillo de las páginas fotográficas, no me importa, pero pienso que necesitamos encontrar algo de qué hablar y a mí me cuesta trabajo hablar y él hace el trabajo, así que así estamos, canal de Venice, toda la miserable tristeza de la vida...

—este tío se volvió loco hace unos dos años.

—este tío me dijo que tenía que chupársela si quería que publicara mi libro.

—¿lo hiciste?

—¿que si lo hice? ¡le eché a cintazos! ¡qué cosas tienes!

me enseña el puño del Bronx.

me echo a reír, es cómodo y es humano, este amigo, todos tenemos miedo a ser maricas, estoy harto de eso. quizás debiésemos volvernos todos maricas y tranquilizarnos, no agarrar el cin-turón como Jack. pero, para variar, Jack es bueno, hay demasiada gente con miedo a hablar contra los maricas, intelectual-mente, lo mismo que hay demasiada gente que tiene miedo a hablar contra la izquierda, intelectualmente. no me preocupa el rumbo que tome el asunto, sólo sé que hay demasiada gente con miedo.

en fin, Jack es buen tío. he visto últimamente a demasiados intelectuales, estoy harto ya de esos ingenios insignes que tienen que soltar diamantes cada vez que abren la boca, estoy harto de luchar por cada espacio de aire libre para la mente, por eso estuve apartado de todos tanto tiempo, y ahora, al volver a ver a la gente, descubro que debo volver a mi cueva, hay otras cosas además de la mente: hay insectos, y palmeras y pimenteros de mesa, y yo tendré un pimentero de mesa en mi cueva, para reírme.

la gente siempre te traicionará.

no confíes nunca en la gente.

—todo ese asunto de la poesía lo controlan los maricas y la izquierda —me dice, mirando al canal.

hay en esto una parte de verdad indiscutible y amarga y no


sé qué hacer ni qué decir, tengo, desde luego, plena conciencia de que algo va mal en este asunto de la poesía: los libros de los famosos son tan aburridos, incluido Shakespeare, ¿pasaba igual entonces?

decidí soltarle a Jack un poco de mierda:

—¿recuerdas la vieja revista de poesía? no sé si fue Monroe o Shapiro o qué, en fin, se ha hecho tan mala que ya no la leo, pero recuerdo una cosa que dijo Whitman:

»"para tener grandes poetas necesitamos grandes públicos", bueno, he pensado siempre que Whitman era un poeta superior a mí, pero esta vez creo que se equivocó, debería haber dicho:

»"para tener grandes públicos necesitamos grandes poetas".

—sí, eso mismo, estoy de acuerdo —dijo Jack—, me encontré a Creeley en una fiesta hace poco y le pregunté si había leído algo de Bukowski. se quedó congelado, no me contestaba, amigo, ya sabes lo que quiero decir.

—larguémonos de aquí —dije.

fuimos hacia mi coche, tengo, más o menos, un coche, un cacharro, claro. Jack no suelta el libro, aún pasa hojas.

—este tipo anda chupando pollas.

—¿de veras?

—este tipo se casó con una maestra de escuela que le atiza en el culo con una correa, una mujer horrible, no ha escrito ni una palabra desde que se casó, le tiene el alma enganchada ella en su coño-correa.

—¿hablas de Gregory o de Kero?

—¡no, éste es otro\

—¡vaya por Dios!

seguimos hacia el coche, soy bastante torpe para las sensaciones, pero puedo SENTIR la energía de este hombre. ENERGÍA, y me doy cuenta de que quizás sea posible que vaya caminando con uno de los pocos inmortales poetas primitivos de nuestra época, y luego tampoco eso importa, después de pensarlo.

entro, el trasto arranca pero el cambio está jodido otra vez. logro llevarlo en primera todo el camino, pero el cabrón se cala en todas las señales, apenas tiene batería, yo rezo, una arrancada más, que no venga la poli, no más líos por conducir borracho, no


más cristos de ningún género en ningún género de cruz, podemos escoger entre Nixon y Humphrey y Cristo y acabar jodidos de todas todas acudamos a quien acudamos. giremos hacia donde giremos, y yo giré a la izquierda, frené ante la dirección a la que íbamos y salimos.

Jack aún seguía con el libro.

—este tipo está bien, se mató él mismo, mató a su padre, a su madre, a su mujer, pero no disparó contra sus tres hijos ni contra el perro, uno de los mejores poetas desde Baudelaire.

—¿sí?

—sí, coño, sí.

salimos del trasto y yo hago la señal de la cruz para que arranque otra vez más aquella mierda.

subimos y Jack llama a la puerta.

—¡PAJARO!  ¡PAJARO!  ¡soy Jack!

se abre la puerta y allí está el Pájaro, miro dos veces, no puedo ver si es hombre o mujer, la cara es esencia destilada de opio de belleza intacta, es un hombre, los movimientos son de hombre, lo sé pero sé también que si se lanza a la calle puede alzarse un infierno y pueden atacarle incluso brutalmente, le matarán porque no ha muerto en absoluto, yo he muerto nueve décimas partes pero mantengo la otra décima como un arma, puedo bajar la calle sin que me diferencien del vendedor de periódicos, aunque los vendedores de periódicos tengan caras más agradables que cualquier presidente de Estados Unidos, pero en fin, ése es otro asunto.

—Pájaro, necesito veinte —dice Jack.

Pájaro saca un bendito billete de veinte, su movimiento es suave, pausado.

—gracias, muchacho.

—de nada, ¿queréis pasar?

—vale.

entramos, nos sentamos, ahí está la estantería de libros, echo un vistazo, no parece tener ni un libro aburrido, descubro allí todos los libros que he admirado, ¿cómo demonios? ¿es un sueño? el chico tiene una cara tan guapa que cada vez que le miro me siento bien, es como un plato de chile y judías, caliente, después de salir de una borrachera muy mala, el primer bocado en semanas, bueno, mierda, yo siempre estoy en guardia.

el Pájaro, y el océano allá abajo, y la batería mal. un cacharro, los polis patrullan sus calles estúpidas y secas, qué mala guerra ésta, qué pesadilla estúpida, sólo este momentáneo espacio fresco entre nosotros, todos vamos a acabar aplastados, nos convertirán en seguida en juguetes rotos, en esos zapatos de tacón alto que bajan corriendo alegremente las escaleras para acabar fuera de ella jodidos para siempre, para siempre, imbéciles y estúpidos, imbéciles e instrumentos, dios maldiga nuestra flaca bravura.

nos sentamos, aparece una botella grande de escocés, echo un buen trago y, bueno, siento náuseas, parpadeo, idiota, cerca ya de los cincuenta y aún intentando jugar al Héroe, héroe tonto del culo en una andanada de vómitos.

entra la mujer del Pájaro, nos presentan, es una mujer líquida de vestido marrón, sólo fluye fluye con ojos risueños, fluye, de veras, fluye.

—¡UAU UAU UAU UAU! —exclamo.

tiene tal aspecto que tengo que cogerla, abrazarla, y apoyármela en la cadera izquierda, hacerla girar, reír, nadie me toma por loco, reímos todos, todos comprendemos, la dejo, nos sentamos.

a Jack le gusta que yo salga a escena, ha estado tirando de mi alma y está cansado, esboza la sonrisa, es un buen tipo, supongo que alguna vez, en una rara existencia, habrás entrado en una habitación llena de gente que te ayuda sólo con mirarla, con escucharla, éste fue uno de esos momentos mágicos, me daba perfecta cuenta, yo ardía como un plato de tamal con pimientos, todo bien. o.k.

soplé otro buen trago para perder la vergüenza, me di cuenta de que era el más débil de los cuatro y que no quería hacer daño, sólo comprender su santidad sencilla, amaba como un perro loco y pajillero metido en una cuadra de perras calientes, sólo que tenía milagros para mostrarme tras el esperma.

el Pjaro me miró.

—¿viste mi composición?

alzó una cosa bastante mierdosa con un pendiente de mujer y otras chorradas más colgando.

(por cierto... me doy cuenta de que cambio de presente a pasado, y si no te gusta... métete un pezón por el escroto. — linotipista: deja esto.)

me lancé a una larga y aburrida perorata, explicando que no me gustaba esto y sí aquello, hablando de mis sufrimientos en las clases de arte.

el Pájaro me arranca el freno.

en realidad la cosa es sólo a jeringa y entonces me sonríe, pero, en fin, yo también conozco el asunto: que quizás, según me han dicho, desde dentro, el único junky que puede conseguirlo es Wm. Burroughs, dueño, casi, de la Burroughs Co. y que puede hacerse el duro aunque no sea por dentro más que un blando y gordo cerdo chupaverrugas. eso es lo que yo he oído, y me lo dijeron muy bajito, ¿es cierto? en realidad, cierto o no, Burroughs es un escritor bastante torpe y sin la insistencia de la intelectu-lidad pop en su influencia literaria, no sería casi nada, como Faulkner no lo es salvo para extremistas sureños muy secos como el señor Corrington y el señor Sí Señor y el señor Come-Mierda.

—muchacho —empiezan a decirme—, estás borracho.

y lo estoy, y lo estoy, y lo estoy.

no hay otra solución más que ponerse a discutir o dormirse.

me hacen un sitio.

bebo demasiado aprisa, siguen hablando, les oigo, suavemente.

duermo, duermo en camaradería, el mar no me ahogará y tampoco ellos, aman mi cuerpo dormido, soy tonto del culo, aman mi cuerpo dormido, ojalá lleguen a lo mismo todos los hijos de Dios.

jesús jesús jesús jesús

¿a quién le importa una batería

muerta?









Dios, madre, fue terrible... allí salían de aquellos grandes agu-jerocoños del suelo haciéndome maniobrar con mi maleta de cartón mientras subía por Times Square.

logré por fin preguntarle a uno dónde estaba el Village y cuando llegué al Village busqué una habitación y cuando abrí la botella de vino y me quité los zapatos descubrí que la habitación tenía un caballete, pero yo no era pintor, sólo un chaval que buscaba fortuna, me senté junto al caballete, a beber vino y mirar por la ventana sucia.

cuando salía a por otra botella de vino vi a aquel joven allí de pie con su albornoz de seda, boina y sandalias, barba medio enferma, hablaba por teléfono allí, en el pasillo.

—oh, sí sí, querida, tengo que verte, sí. ¡tengo que verte! si no me cortaré otra vez las venas... ¡de veras!

tengo que largarme de aquí, pensé, éste no sería capaz de cortarse ni los cordones de los zapatos, qué mierda repugnante, y luego van a sentarse en los cafés, tan tranquilos, con su boina, con todo el atuendo, fingiendo ser Artistas.

allí estuve una semana bebiendo, hasta que se acabó el alquiler, y luego busqué una habitación fuera del Village. por el aspecto y el tamaño la habitación era muy barata, no podía entenderlo, encontré un bar en la esquina y allí me pasaba el día soplando cerveza, se acababa el dinero pero, como siempre, me fastidiaba mucho buscar trabajo, cada momento de borrachera y hambre tenía para mí cierto tipo de contenido placentero, esa noche compré dos botellas de oporto y subí a mi cuarto, me quité la ropa, me metí en la cama en la oscuridad, cogí un vaso, me serví el primer trago, entonces descubrí por qué era tan barata la habitación, pasaba el tren justo por delante de la ventana, y la parada estaba allí, enfrente justo de mi ventana, el tren iluminaba toda la habitación, y yo tenía que ver todo un vagón de caras, caras horribles: putas, orangutanes, cabrones, locos, asesinos... eran todos mis amos, luego, rápidamente, el tren volvía a arrancar y la habitación quedaba a oscuras... hasta el siguiente


vagón de rostros, que siempre llegaba demasiado pronto. necesitaba el vino.

los propietarios del edificio eran una pareja judía que llevaban también una sastrería y servicio de limpieza de ropa de la acera de enfrente. decidí que mis harapos necesitaban limpieza. el momento de buscar trabajo atravesaba con pedos y eructos mi loco horizonte. allá me fui borracho con mis andrajos.

—...necesito que me limpien o me laven o hagan algo con esto...

—¡pobre chico! ¡cómo puede andar en ANDRAJOS! esto no me serviría a mí ni para limpiar las ventanas. verá usted una cosa... ¡eh, Sam!

—¿sí?

—muéstrale a este buen muchacho el traje que dejó aquel hombre.

—¡oh sí, mamá, aquel traje tan bueno! ¡no comprendo cómo aquel hombre lo dejó!

no quiero repetir todo el diálogo. yo insistí más que nada en que el traje era demasiado pequeño. ellos dijeron que no. yo que si no era demasiado pequeño sí demasiado caro. ellos dijeron siete. yo dije, no tengo ni blanca. ellos dijeron seis. yo, no tengo ni cinco. cuando bajaron a cuatro pedí que me pusieran el traje. lo hicieron. les di los cuatro. volví a mi habitación, me quité el traje y dormí. cuando desperté estaba oscuro (salvo cuando pasaba el tren) y decidí ponerme el traje nuevo y salir y buscarme una chica, una chica guapa, claro, que apoyase a un hombre de mis aún ocultos talentos.

cuando me metí en los pantalones, se abrió toda la bragueta hasta atrás. en fin, me habían timado. hacía algo de frío pero pensé que la chaqueta lo taparía. cuando me metí la chaqueta, la manga izquierda se desprendió por el hombro soltando un repugnante almohadillado gomoso.

ya me habían jodido otra vez.

me libré de lo que quedaba del traje y decidí que tendría que trasladarme de nuevo. encontré otro sitio, muy parecido a un sótano, allí bajando las escaleras entre los cubos de basura de los inquilinos, iba encontrando mi nivel.


la primera noche que salí, después de cerrar los bares descubrí que había perdido la llave. sólo llevaba puesta una camisa califor-niana blanca y fina. anduve en autobús de un lado a otro para no congelarme. Por fin, el conductor dijo que era final de trayecto o que había terminado el servicio. yo estaba demasiado borracho para recordarlo.

cuando salí aún hacía frío y de pronto me vi allí de pie a la entrada del Yankee Stadium.

oh señor, pensé, aquí es donde mi héroe de la niñez, Lou Gehrig, jugaba y ahora yo voy a morir aquí fuera. bueno, es muy propio.

anduve un rato por allí y luego encontré un café. entré.las camareras eran todas negras de mediana edad pero las tazas de café eran grandes y un bollo y un café costaban muy poco.

me llevé el servicio a una mesa, me senté, comí el bollo muy deprisa, sorbí el café y luego saqué un cigarrillo y lo encendí.

empecé a oír voces:

—¡ALABEMOS AL SEÑOR, HERMANO!

—¡OH, ALABEMOS AL SEÑOR, HERMANO!

miré a mi alrededor. me alababan todas las camareras y parte de los clientes, era muy hermoso. al fin el reconocimiento. al carajo las grandes revistas. siempre triunfaría el genio. sonreí a todos y di una gran chupada.

entonces, una de las camareras me gritó:

—¡NO SE FUMA EN LA CASA DEL SEÑOR, HERMANO!

apagué el cigarrillo. terminé el café. luego salí y miré el letrero del escaparate:

MISIÓN DEL PADRE DIVINO.

encendí otro cigarro y empecé el largo paseo de vuelta a mi casa. cuando llegase allí nadie contestaría al timbre. al fin me tumbé encima de las latas de basura y me puse a dormir. sabía que abajo en la acera me engancharían las ratas. era un joven listo.

tan listo que incluso conseguí un trabajo al día siguiente. y a la noche siguiente, con resaca, temblón, muy triste, estaba trabajando.

me iniciaban dos tipos. llevaban los dos en el trabajo desde


que se inventara el metro. íbamos caminando con esas pesadas planchas de cartón bajo el brazo izquierdo y un pequeño instrumento en la mano derecha que parecía un abridor de latas de cerveza.

—en Nueva York todo el mundo tiene esos bichitos verdes encima —decía uno de los tipos.

—¿de veras? —dije yo, sin importarme lo más mínimo de qué color fuesen los bichos.

—los verás en los asientos. los encontramos en los asientos todas las noches.

—sí —dijo el otro viejo.

seguimos andando.

buen Dios, pensé, ¿le pasó esto alguna vez a Cervantes?

—ahora fíjate —dijo uno de los viejos—. cada tarjeta tiene un numerito. sustituimos cada tarjeta con el numerito por otra tarjeta con el mismo numerito.

zas, zas. abrió las tiras con el abrecervezas, metió el nuevo anuncio, sustituyó las tiras, cogió el anuncio viejo y lo metió al fondo del montón de anuncios del brazo izquierdo.

—ahora prueba tú.

probé. las pequeñas tiras no querían ceder. mi abrecervezas no tenía filo. me sentía enfermo, temblaba.

—lo conseguirás —dijo un viejo.

jódete que lo estoy consiguiendo, pensé.

seguimos.

luego salimos de la parte trasera del vagón y allá se fueron pisando los travesaños entre las guías. el espacio que había entre travesaño y travesaño era de más o menos un metro, un cuerpo podía caer fácilmente por allí. y estábamos a unos treinta metros de la calle. los dos viejos se deslizaron sobre los travesaños con su pesada carga de cartón y me esperaron junto al nuevo vagón. había un tren parado al otro lado recogiendo pasaje. estaba bien iluminado todo aquello, pero nada más. las luces del tren me mostraban claramente el vacío de un metro entre travesaño y travesaño.

—¡VAMOS!   ¡VAMOS!   ¡QUE HAY PRISA!

—¡a la mierda vosotros y las prisas! —grité a los dos viejos.


luego me posé en un travesaño con mi carga de cartón debajo del brazo izquierdo y el abridor de cervezas en la mano derecha. un paso. dos pasos. tres pasos... con aquella resaca, enfermo.

entonces salió el tren que estaba cargando. quedó todo tan oscuro como en un armario. más oscuro. yo no veía nada. no podía dar el paso siguiente. y no podía dar la vuelta. en fin, me quedé allí.

—¡vamos! ¡venga! ¡hay muchos vagones más!

por fin mis ojos pudieron adaptarse un poco a la oscuridad. empecé a dar de nuevo vacilantes pasos. algunas de las traviesas estaban suaves, gastadas, redondeadas, astilladas. dejé de oír sus gritos. fui dando aquellas angustiosas zancadas una a una, esperando siempre que la próxima me enviase por allá abajo.

llegué hasta el otro vagón y tiré al suelo los anuncios de cartón y el abrecervezas.

----¿pero qué coño pasa?

—¿qué pasa? ¿qué pasa? sabéis lo que os digo: ¡QUE OS VAIS A LA MIERDA!

—¿pero qué te pasa?

—un paso en falso y puede uno matarse. ¿es que sois tan bobos que no os dais cuenta?

—aún no se ha matado nadie.

—tampoco hay nadie que beba como yo. venga, vamos, decidme cómo tengo que hacer para salir de aquí.

—bueno, hay una escalera al fondo a la derecha, pero tendrás que cruzar las vías en vez de seguirlas, y eso significa que tienes que pasar por dos o tres raíles terciarios.

—habla claro, ¿qué es un raíl terciario?

—por donde pasa la corriente. si tocas uno te mueres.

—enséñame el camino.

los viejos me indicaron la escalera. no parecía quedar muy lejos.

—gracias, señores.

—cuidado con el raíl terciario. es dorado. si lo tocas te carboniza.

me lancé a cruzar. sentía que me observaban. cada vez que llegaba a un raíl terciario, procuraba levantar mucho la pierna y exagerar la nota. tenían un aspecto tan suave y apacible a la luz de la luna.

llegué a la escalera. volví a resucitar. al fondo de ella había un bar. oí risas. entré y me senté. había un tipo hablando. contaba que su madre se ocupaba mucho de él, le hizo aprender piano, ir a clases de pintura, y él conseguía sacarle el dinero a su madre, como fuera, para seguir bebiendo, todo el bar reía a carcajadas. yo también empecé a reírme. el tipo era un genio, y lo daba todo por nada. seguí riéndome hasta que el bar se cerró y nos separamos, cada cual siguiendo su camino.

dejé Nueva York poco después, no volví, no volveré. las ciudades están hechas para matar a la gente, y hay ciudades afortunadas y de las otras. sobre todo de las otras. en Nueva York tienes que tener toda la suerte. yo sabía que no tenía tanta. lo siguiente que supe fue que estaba sentado en una linda habitación del este de la ciudad de Kansas oyendo al encargado zurrar a la chica porque no había conseguido venderme un poco de su culo. era real y pacífico y sano de nuevo. escuchaba los gritos sentado allí en la cama, con el vaso a mano. eché un buen trago, luego me estiré entre las sábanas limpias. el tipo estaba pasándose. oí la cabeza de ella pegando en la pared.

quizás le hiciese un favor al día siguiente, cuando no estuviese tan cansado del viaje en autobús. tenía un buen culo. al menos en él no le estaba pegando y yo estaba fuera de Nueva York, casi vivo.









aquéllas eran noches, aquellos tiempos del Olimpic, tenían a un holandés calvo y bajito que hacía los anuncios (¿se llamaba Dan Tobey?), y tenía estilo, había visto cosas, puede que incluso en los barcos fluviales cuando era un crío, si era tan viejo, quizás Dempsey-Firpo o así. aún puedo verle estirándose para coger aquel cordón y bajando lentamente el micro, y la mayoría de nosotros estábamos borrachos antes de la primera pelea, pero era una borrachera tranquila, fumando puros, sintiendo la luz de la

vida, esperando que nos pusiesen allí a dos tipos, cruel pero así eran las cosas, era lo que nos hacían a nosotros y aún seguíamos vivos, y, sí, la mayoría íbamos con una pelirroja teñida o una rubia, hasta yo. se llamaba Jane y habíamos disputado entre nosotros varios combates bastante buenos a diez asaltos, en uno me dejó noqueado, y qué orgulloso me sentía cuando volvía ella del water de señoras y empezaban todos a levantarse y a silbar y a aullar y ella meneaba aquel gran culo mágico y maravilloso embutido en aquella falda ceñida... era un culo mágico sí: podía dejar a un hombre tieso y jadeante aullando palabras de amor a un cielo de cemento. Luego ella bajaba y se sentaba a mi lado y yo alzaba la botella como una diadema, se la pasaba, ella echaba su traguito, me la devolvía y yo decía de los tipos de atrás: «esos pijoteros cabrones dando esos chillidos, voy a matarlos». y ella miraba el programa y decía: «¿quién va a ganar la primera?».

yo solía escoger bien (acertaba sobre el noventa por ciento) pero tenía que verlos antes. elegía siempre al tipo que menos se movía, que parecía como si no quisiese pelear, y si uno se santiguaba al sonar la campanilla y el otro no, ya tenía ganador: elegía al que no. pero las cosas solían ir juntas. el que hacía mucha sombra y mucho baile solía ser el que se santiguaba y el que las llevaba.

no había muchos combates malos en aquellos tiempos y si los había era igual que ahora (entre los pesos pesados sobre todo). pero en aquellos tiempos procurábamos que se enterasen: destrozábamos el ring o prendíamos fuego al local, arrancábamos los asientos. sencillamente no podían permitirse darnos demasiados combates malos. los malos eran en el Legion de Hollywood y al Legion de Hollywood no íbamos. hasta los de Hollywood sabían que lo bueno era el Olympic. vino Raft, y los otros, y todas las starlets, cupando todos los asientos de primera fila. los de la galería soltaban sus gracias y los púgiles luchaban como púgiles y el local se ponía azul de humo de puros, y cómo gritábamos, amigo, y tirábamos dinero y bebíamos nuestro whisky. cuando se terminaba, estaba el autocine, el viejo lecho de amor con nuestras ceñidas y viciosas mujeres. luego te metías en casa y dormías  como  un  ángel borracho.   ¿quién  necesitaba  la biblioteca pública? ¿quién necesitaba a Ezra? ¿o a T.S. o a E.E.? ¿o a D.H. o a H.D.? ¿a cualquiera de los Eliot? ¿a cualquiera de los Sitwell?

nunca olvidaré la primera noche que vi al joven Enrique Ba-lanos. por entonces tenía yo por favorito a un chaval de color. solía llevar un borreguito blanco al ring con él antes de la pelea y lo abrazaba, y eso es un poco tonto, pero era duro y bueno y a un tipo duro y bueno le están permitidas ciertas libertades ¿no?, el caso es que él era mi héroe, y debía llamarse algo así como Watson Jones. Watson tenía buena clase y estilo... era rápido, muy rápido y tenía PEGADA y le gustaba su trabajo. pero entonces, una noche, sin aviso, alguien metió furtivamente a este joven Balanos contra él, y Balanos ganó, se tomó su tiempo, lentamente fue agotando a Watson, lo dominó y acabó liquidándolo cerca del final. mi héroe. no podía creerlo. si no recuerdo mal, Watson quedó noqueado, lo que significó realmente una noche mala, muy mala. yo con mi botella pedía piedad a gritos, pedía a gritos una victoria que sencillamente no podía venir. Balanos desde luego se lo mereció. tenía el jodido unos brazos que eran como serpientes, y no se movía, se deslizaba, resbalaba, se agitaba como una especie de araña maligna, consiguiéndolo siempre, llegando a tiempo siempre. me di cuenta aquella noche de que haría falta alguien muy bueno para derrotarle y que lo mejor que Watson podía hacer era coger su borreguito e irse a casa.

sólo mucho después de aquella noche, bebiendo whisky a mares, peleando con mi mujer y maldiciéndola por estar sentada allí enseñándome toda aquella magnífica pierna, pude admitir que había ganado el mejor.

—Balanos. buenas piernas. no piensa. sólo reacciona. mejor no pensar. esta noche el cuerpo derrotó al alma. suele pasar. adiós Watson, adiós Central Avenue, todo terminó.

destrocé el vaso contra la pared y fui y me agencié una tía. estaba herido. era guapa. nos fuimos a la cama. recuerdo que entraba por la ventana una lluvia fina. dejamos que nos lloviera encima. era bueno. tan bueno que hicimos el amor dos veces y cuando nos pusimos a dormir nos dormimos con las caras mirando a la ventana y por la mañana estaban todas las sábanas mojadas y los dos nos levantamos estornudando y riendo, «¡dios!  ¡dios!» qué divertido. y el pobre Watson tumbado en algún sitio, deshecha la cara, contemplando la Verdad Eterna. viendo ante sí los combates de seis asaltos, los de cuatro, y luego vuelta a la fábrica conmigo, asesinando ocho o diez horas al día por una miseria. sin llegar a nada, esperando a Papá Muerte, metiendo a tu inteligencia a patadas en el infierno y metiendo a patadas en el infierno a tu espíritu. estornudábamos «¡Dios!» qué divertido. y ella dijo: «estás todo azul, te has vuelto todo ¡AZUL! ¡Dios, mírate al espejo!» y yo, helado y moribundo, me miré al espejo y estaba todo ¡AZUL! ¡ridículo! ¡un cráneo y mierda de huesos! empecé a reír, tanto me reí que caí en la alfombra y ella cayó encima y los dos reímos reímos reímos, Dios, reímos hasta que pensé que nos habíamos vuelto locos, y entonces tuve que levantarme, vestirme, peinarme, lavarme los dientes, demasiado enfermo para comer, con arcadas mientras me cepillaba los dientes, y salí y fui andando hacia la fábrica de electricidad de allá arriba, con aquel sol, pero había que agarrarse a lo que fuera.









Santa Anita, 22 de marzo, 1968, 3,10 de la tarde. no puedo conseguir el a la par de Quillo'S Babe con Alpen Dance. la cuarta carrera ha terminado y no me he estrenado siquiera, he perdido cuarenta dólares. debería haber ganado Boxer Bob en la segunda con Bianco, uno de los mejores jinetes desconocidos de la pista a 9/5. cualquier otro jinete, por ejemplo Lambert o Pineda o González, y el caballo habría ido a 6/5 o a la par pero tengo un viejo aforismo (me dedico a los aforismos mientras ando hecho un andrajo) que dice que el conocimiento es, si no se aplica, peor que la ignorancia. porque si haces conjeturas y no resulta, puedes muy bien decir, mierda, los dioses están contra mí. pero si sabes y no haces, tienes desvanes y pasillos oscuros en la mente por los que bajar y subir y despistarte. eso no es sano, lleva a situaciones desagradables, a beber demasiado y a la máquina de hacer picadillo.

de acuerdo. los apostadores veteranos no se desvanecen sin más. mueren, dura y finalmente, en Quinta Este o vendiendo periódicos enfrente con gorra de marino, fingiendo que es todo una broma, la mente partida en dos, las tripas colgando, pijo sin dulce coño, creo que fue uno de los discípulos preferidos de Freud, que se ha convertido ahora en un filósofo de cierto renombre (mi ex esposa solía leerlo) quien dijo que el juego era una forma de masturbación. qué bonito ser un chico listo y decir cosas. casi todas las frases contienen una verdad secundaria. si yo fuese un chico inteligente y perspicaz, diría por ejemplo: «arreglarse las uñas de los dedos con una lima sucia es una forma de masturbación». y probablemente me diesen una beca, una ayuda, la espada del rey en el hombro y catorce culitos calientes. sólo diré esto, que procede de un* pasado de fábricas, bancos de parque, trabajos de mierda, malas mujeres, mal período de Vida: la razón de que el individuo medio siga en el tajo es que están atornillados por el cierre del cerrojo, la cara chiflada del capataz, la mano del casero, el sexo muerto de la amante. impuestos, cáncer, melancolía; ropas que se desmoronan la tercera vez que te la pones, agua que sabe a orina, médicos que tienen consultorios indecentes con trabajo en cadena, hospitales sin corazón, políticos con cráneos llenos de pus... podemos seguir y seguir y sólo conseguiríamos que nos tachasen de amargados y de dementes, pero el mundo nos convierte a todos en locos (y locas) y hasta los santos están dementes. nada se salva. en fin, a la mierda. según mis cifras, sólo he tenido dos mil quinientos coños, pero he visto doce mil quinientas carreras de caballos, y si he de dar a alguien un consejo, doy éste: dedícate a pintar acuarelas.

lo que intento decirte es que la razón de que estén en los hipódromos la mayoría de los que están es que viven en un calvario, sí y tan desesperados están que prefieren arriesgarse a una angustia aún mayor a aceptar su situación real (¿) en la vida. y los peces gordos no son tan tontos como nos creemos. están sentados en las cumbres observando lo que hacen las hormigas. ¿no crees que Johnson esté orgulloso de su ombligo? ¿y no te das cuenta, al mismo tiempo, de que Johnson es uno de los mayores imbéciles que nos hayan impuesto? estamos enganchados, nos machacan y abofetean estúpidamente. tan estúpidamente que algunos acabamos queriendo a los que nos torturan porque están allí para torturarnos según normas lógicas de tortura. tiene que ser correcto porque es lo único que hay. ¿qué? Santa Anita está ahí. Johnson está ahí. y, de un modo u otro, nosotros los mantenemos ahí. nos construimos nuestros propios hipódromos y aullamos cuando nos arranca los cojones el encargado subnormal que agita la gran cruz de plata (el loro se acabó). que esto explique, pues, por qué algunos, quizás la mayoría, quizás todos nosotros, estamos allí, por ejemplo un día como el 22 de marzo de 1968, de tarde, en Arcadia, California.

fin de la quinta carrera ganada por el caballo doce, Quadrant. el tablero dice 5/2 y yo tengo que ganar como sea. el caballo ganó bien, consiguió pasar a todos los demás en la recta final y entrar solo. he ganado diez y he perdido cuarenta y espero la señal oficial, un 5/2 da entre siete dólares y siete dólares ochenta, así que diez significan de treinta y cinco a treinta y nueve dólares en total. así que pienso que estoy a la par. el caballo estaba el tercero de la lista y no pasó de los 5/2 en toda la apuesta. se encendió en el tablero la cifra oficial: 5:40

allí en el marcador. cinco-cuatro-oooh. lo que queda a medio camino entre 8/5 y 9/5 y no es en absoluto 5/2. a principios de semana, sin previo aviso, el hipódromo dobló el precio de aparcamiento, de 25 centavos a cincuenta. dudo que les hayan doblado los salarios a los empleados del aparcamiento. además ya nos birlan el total de dos dólares en vez de 1,95 por la entrada. ahora, 5,40 dólares. maldita sea. un suave gemido de incredulidad recorrió las gradas y el campo. en mis casi trece mil carreras no había visto nunca caso parecido. el tablero no es infalible. he visto un 9/5 pagar seis dólares, y otras ligeras variantes, pero nunca había visto que un 5/2 pagase cerca de 8/5 ni he visto nunca que un 5/2 bajase de golpe (al final) de 5/2 a cerca de 8/5. habría tenido que haber una cantidad casi increíble de apuestas en el último momento para pasar esto»

el público empezó ¡BUUUU BUUUU! murió. luego empezó otra vez: ¡BUUUUU, BUUUUU, BUUUUU! cada vez que empezaba duraba más. la gente olía a pez podrido y además a codicia.

les habían acuchillado, de nuevo. 5,40 dólares significaba para mí un total de veintisiete en vez de los posibles treinta y nueve dólares. y no era el único afectado. se sentía a la multitud agitarse, irritada; para muchos de los presentes, cada carrera significaba tener o no tener dinero para el alquiler. comer o no comer, pagar el coche o no pagarlo.

miré hacia la pista y había allí fuera un hombre agitando el programa, señalando el marcador. hablaba evidentemente con un empleado de la pista. luego el hombre agitó el programa hacia la multitud, indicándole que entrasen, que invadiesen la pista. cruzó un hombre saltando la barandilla. la multitud vitoreó. otro encontró la abertura de la puerta de la barandilla. había tres ya. la multitud vitoreaba. la gente iba sintiéndose mejor. salieron más y más, la multitud vitoreaba. se sentían mejor todos. una oportunidad. ¿una oportunidad? algo así. salieron más. debía haber de cuarenta a sesenta y cinco personas por la pista.

el anunciador dijo por el altavoz:

—¡SEÑORAS Y SEÑORES, LES PEDIMOS POR FAVOR QUE DESPEJEN LA PISTA PARA QUE PUEDA EMPEZAR LA SEXTA CARRERA!

la voz no era amable. había diez policías de pista allá abajo con sus uniformes grises de Santa Anita. todos armados. la mul-ttiud abucheaba, ¡BUUUUUU!

luego, uno de los de abajo se dio cuenta de que la carrera siguiente era sobre césped. demonios, estaban bloqueando la pista de tierra. la gente avanzó hacia el campo interno de hierba que cierra por dentro la pista de tierra cuando salían los caballos por la entrada. eran ocho caballos dirigidos por el guía, de cazadora roja y gorra negra. la multitud se extendió por la pista.

—POR FAVOR —dijo el anunciador— ¡DESPEJEN LA PISTA! ¡DESPEJEN LA PISTA POR FAVOR! EL MARCADOR NO PUDO REGISTRAR LA ULTIMA BAJADA EN LA APUESTA. ¡EL PRECIO ES CORRECTO!

los caballos avanzaron lentamente hacia la multitud expectante. aquellos caballos parecían muy grandes y nerviosos.

—¿qué coño pasa, Denver? —pregunté a Denver Danny, un tipo que lleva en las carreras mucho más que yo.

—la lectura del marcador es correcta —dijo—. la trampa no está ahí. están registradas todas las apuestas. cuando cerraron las máquinas, el marcador daba 5/2; se encendió de nuevo y entraron las variaciones finales, pero siguió el 5/2. los franceses tienen un dicho: «¿quién va a guardar a los guardias de sí mismos?». como recordarás, Quadrant era ganador seguro en cuanto recorrió un tercio de la recta final. pueden haber pasado muchas cosas. quizás no cerraron las máquinas durante la carrera. en cuanto Quadrant pareció ganador seguro, la dirección pudo dedicarse a meter allí boletos ganadores. otros dicen que pueden tenerse una o dos máquinas abiertas y en uso y cerrar las otras. en realidad no lo sé. lo único que sé es que aquí pasó algo raro y también lo sabe todo el mundo.

los caballos seguían avanzando hacia la gente. el guía y el primer caballo, un monstruo, DESEO DE RICO, con Pierce a la silla, avanzaron hacia la línea de gente que esperaba. uno de los chicos llamó al policía de pista algo muy sucio y tres de los polis le arrinconaron en la barandilla y le dieron una pasada. la gente se echó encima y le dejaron marchar y corrieron otra vez a sus posiciones frente a los ocupantes de la pista. los caballos seguían avanzando, y se veía claramente que pensaban pasar. era una orden. aquél era el momento: hombres a caballo contra hombres sin nada. dos o tres tipos se tumbaron ante los caballos, delante de la primera fila de gente. esto fue el disparador. la cara del guía se crispó de pronto, se puso tan roja como su cazadora, y agarró al caballo número uno, DESEO DE RICO, por la rienda, espoleó a su caballo y embistió a través de carne humana, a ojos cerrados. el caballo pasó. no sé si le rompió o no la espalda a alguien.

pero el guía se había ganado bien su sueldo. un buen amigo de la dirección. y algunos de los pocos esquiroles de las gradas aplaudieron. pero no había terminado la cosa. unos cuantos agarraron al caballo número uno e intentaron arrancar al jinete de la silla y echarlo al suelo. entonces avanzó la policía. los otros caballos consiguieron pasar, pero la gente retuvo unos minutos al caballo número uno y Pierce estuvo a punto de verse arrancado de la silla. fue la arremetida final de la marea.

estoy seguro de que si hubiesen podido echar abajo a Pierce habrían acabado quemando las gradas y destrozando todo aquello. entretanto, los polis estaban atizando de lo lindo. no sacaron armas pero daba la sensación de que disfrutaban con aquel asunto, sobre todo uno que estuvo un rato pegándole a un viejo en la coronilla, el cuello y por toda la columna vertebral abajo. Pierce consiguió pasar con DESEO DE RICO, un penco de nombre muy apropiado, y el caballo empezó a calentarse para la milla y media en la pista de hierba. los policías se mostraban particularmente violentos y enérgicos y los rebeldes no parecían demasiado interesados en hacerles frente. se había perdido la partida. en consecuencia, se despejó la pista.

el siguiente mensaje que llegó fue:

—¡NO APOSTÉIS NO APOSTÉIS NO APOSTÉIS NO APOSTÉIS!

qué bueno habría sido, ¿eh? ni un dólar para los buitres, aquellos gordos zopencos subnormales vomitados de casas de barrio residencial. demasiado bueno. había ya seis de los grandes en las apuestas mutuas cuando empezaron a gritar «¡no apostéis!» estábamos enganchados, sangrando, cogidos para siempre... nada podíamos hacer sino apostar de nuevo, y otra vez y otra y apechugar con lo que fuese.

había diez polis en la barandilla del campo interior. orgullosos, sudorosos, seguros, se habían ganado un duro jornal. el ganador de la sexta fue Off, que dio nueve a uno y lo pagó. si el marcador hubiese pagado ocho o siete, la pista de Santa Anita no existiría ya.

leí que al día siguiente, sábado, hubo unas cuarenta y cinco mil personas en la pista, más o menos lo normal.

sí, no estuve allí y nadie me echó de menos y corrieron los caballos y yo escribí esto.

marzo 23, las ocho, Los Angeles, la misma maldita tristeza y ningún sitio a donde ir.

quizás la próxima vez consigamos agarrar a aquel caballo número uno.

hace falta práctica, un poco de risa y algo de suerte.









este tipo del mono del ejército se me acercó y me dijo, «ahora que ha pasado lo de Kennedy, tendrás algo de qué escribir». se dice escritor, ¿por qué no escribe él sobre ese asunto? siempre tengo que recoger sus mierdas y metérselas en un saquito literario. creo que ya tenemos bastantes especialistas en el caso... ésta es la década de eso: la Década de los Especialistas y la Década de los Asesinos. y ninguno de ellos vale un cerote de perro cristalizado. el principal problema de una cosa como el último asesinato es que no sólo perdemos a un hombre de cierto mérito, sino que perdemos también beneficios políticos, espirituales y sociales, y esas cosas existen, aunque parezcan tan altisonantes. lo que quiero decir es que en una crisis de asesinato las fuerzas reaccionarias y antihumanas tienden a solidificar sus prejuicios y a utilizar todas las brechas como medios de echar a la Libertad natural del jodi-do taburete del final de la barra.

no quiero presumir demasiado de estar activamente interesado por la suerte de la humanidad como Camus (ver sus ensayos) porque, en el fondo, la mayor parte de la humanidad me repugna y la única salida posible es un concepto totalmente nuevo de la comprensión de la felicidad, la realidad y el flujo de la Educación-Vibración Universal y esto para los niños pequeños que aún no hayan sido asesinados, pero lo serán, os apuesto veinte a uno, porque no se permitirá ninguna idea nueva: sería demasiado destructiva para la pandilla que tiene el poder. no, no soy Camus, pero, queridos, me fastidia ver que los miserables se aprovechan de la Tragedia.

un fragmento de la declaración del gobernador Reagan: «el ciudadano normal, decente, respetuoso de la ley y temeroso de Dios, está tan inquieto y preocupado como tú y como yo por lo sucedido.

»él, y todos nosotros, somos víctimas de una actitud que ha ido asentándose en nuestro país a lo largo de casi una década: una actitud según la cual un hombre puede decidir las leyes que ha de obedecer y las que no, y aplicar la justicia por su mano en pro de una causa, y qué delito no significa castigo necesariamente.

»esta actitud se ha visto alentada por las palabras demagógicas e irresponsables de supuestos dirigentes, unos aún en sus cargos y otros no».

no puedo seguir, Dios mío. es tan terrible, la Imagen-Padre con el cinturón en la mano para zurrarte. ahora el buen gobernador nos quitará los juguetes y nos meterá en la cama sin cenar.

señor señor, yo no asesiné a Kennedy, a ninguno de ellos. ni a King, ni a Malcolm X. ni a los demás. pero me parece del todo evidente que a las fuerzas Liberales de Izquierdas las están liquidando una a una; cualquiera que sea la razón (la sospecha puede proceder de que trabajó una vez en una tienda de alimentos de régimen y odiaba a los judíos); cualquiera que sea la razón, los izquierdistas son asesinados y metidos en sus tumbas mientras que los derechistas ni siquiera se manchan de hierba la vuelta de los pantalones. ¿no dispararon también además contra Roosevelt y Truman? demócratas. qué extraño.

lo de que los asesinos son enfermos, lo admitiré, y que la Imagen-Padre es también enfermedad, lo admitiré también. me han dicho los temerosos de Dios que he «pecado» porque nací ser humano y en otros tiempos seres humanos le hicieron algo a un tal Jesucristo. yo ni maté a Cristo ni maté a Kennedy, y tampoco los mató el gobernador Reagan. eso nos hace iguales, no le pone a él por encima. no veo ninguna razón para perder libertades judiciales o espirituales, por muy pequeñas que sean ya. ¿quién está engañando a quién? si un hombre muere en la cama jodiendo, ¿debemos los demás dejar de copular? si un no ciudadano es un loco, ¿debemos todos los ciudadanos ser tratados como locos? si alguien mató a Dios, ¿quise yo matar a Dios? si alguien quiso matar a Kennedy, ¿quise matar a Kennedy yo? ¿qué hace al gobernador, en concreto, tan justo y a los demás tan pecadores? los escritores de discursos, los no demasiado buenos, además.

un aparte muy curioso: no tenía ninguna razón para cruzar en coche la ciudad el 6 y el 7 de junio y en los distritos negros nueve de cada diez coches llevaban los faros encendidos de día en honor a Kennedy; hacia el norte de la ciudad la proporción descendía hasta el Bulevar Hollywood. y por Sunset entre La Brea y Normandía era uno de cada diez. Kennedy era blanco, amigos. yo soy blanco. mis faros no iban encendidos. sin embargo, pasando entre Exposition y Century, me entraron unos frescos y maravillosos escalofríos que me hicieron sentirme mejor.

pero, como digo, todos, incluido el gobernador, tienen boca, y casi todos sueltan su cuento, engranan sus prejuicios, sacan un beneficio personal de la tragedia. los que agarraron quieren conservar y quieren convencerte de que es malísimo todo lo que pueda vaciarles los cajones del oro. yo soy apolítico pero con las artimañas que manejan esos reaccionarios, podría verme jodido y otra vez metido en el juego.

hasta los redactores de deportes entraron en el juego, y, como todo el mundo sabe, los redactores de deportes son lo peor de lo peor en cuanto a escribir y sobre todo en cuanto a pensar. no sé si son peores escribiendo o pensando, pero sea lo que sea lo que quede encima, es una unión que sólo podrá engendrar monstruos ilegítimos y repugnantes. como supongo sabes, la peor forma de humor tiene como instrumento de tortura la exageración extrema. lo mismo la peor forma de pensamiento destinado a proteger el ego y a proteger lo emotivo.

un redactor deportivo de uno de nuestros grandes periódicos no sensacionalistas escribió este fragmento (mientras R. Kennedy estaba en cirugía):

«El Estado Violento de Norteamérica: Una Nación en Cirugía.

»...una vez más Norteamérica la Bella ha recibido un proyectil en la ingle. el país está sometido a una operación quirúrgica. Los Estados Violentos de Norteamérica. Una bala es más poderosa que un millón de votos...

»No es una Democracia, es una Locura. Un país que no se atreve a castigar a sus criminales, a disciplinar a sus niños, a encerrar a sus locos...

»Se elige el presidente de Estados Unidos en una armería, en un catálogo postal...

»Están matando a tiros a la libertad. El "derecho" a asesinar es el derecho supremo de este país. La pereza es una virtud. El patriotismo un pecado.  La conservación un  anacronismo.  Dios tiene más de treinta años. Ser joven es la única religión, como si se tratase de una virtud ganada a pulso. '"Decencia" es pies sucios, burlarse del trabajo. "Amor" es algo para lo que se necesita penicilina. "Amor" es darle una flor a un joven desnudo con sabandijas en el pelo mientras tu madre está en casa sentada esperando con el corazón roto. Se "ama" a los extraños, no a los padres.

»Me gusta la gente que tiene visillos en la ventana, no la que vive en cuartuchos. Al próximo tipo que llame al dinero "pasta" deberían pagarle en trigo integral. Estoy harto de que me digan que debo intentar "comprender" el mal. ¿Debe un canario "comprender" a un gato?

»La Constitución no se concibió nunca como escudo de los degenerados. Se empieza quemando la bandera y se acaba quemando Detroit. Se elimina la pena de muerte para todos salvo para los candidatos presidenciales... y los presidentes...

»...los Hombres de Dios se convierten en hombres de la Masa. El Himno Nacional es un grito en la noche. Los norteamericanos no pueden pasear por sus parques, subir en sus autobuses. Tienen que enjaularse.

»"¡Ponte en pie, Norteamérica!" grita la gente, pero se le ignora. Enseña los dientes, dicen. Amenaza con replicar. El león enseña los dientes y los chacales huyen. Un animal acobardado invita al ataque. Pero Norteamérica no escucha.

»...estudiantes neuróticos que apoyan los pies en mesas que serían incapaces de hacer, que destruyen universidades que no sabrían reconstruir.

»...todo empieza con eso, la deificación de los desertores, los vagos, los pusilánimes, insolentes invitados a la mesa liberal de la democracia que la vuelvan sobre sus consternados anfitriones...

»...Quiera Dios que nuestros médicos puedan curar a Bobby Kennedy. ¿Pero quién va a curar a Norteamérica?»

¿necesitáis a este tipo? me lo suponía. demasiado fácil. prosa colorista de pregraduado enfocada sólo desde el punto de vista de la supervivencia de la situación actual. ¿conduce un camión de basura? no te sientas mal, hay trabajos mejores, que se hacen peor.


encerrar a los locos. pero ¿quién está loco? todos jugamos nuestro jueguecito, según las posiciones de peones, caballos, torres, rey, reina, ay, qué coño, estoy empezando a hablar como él.

y luego tenemos a los comecocos,* a los pensadores, a los grupos de especialistas, los equipos presidenciales organizados para dictaminar qué nos pasa. quién está loco, quién está alegre, quién está triste, quién tiene razón y quién no. encerrar a los locos cuando cincuenta y nueve de cada sesenta hombres que encuentras en la calle están chiflados, con neurosis industriales y esposas y peleas y no tienen tiempo para pararse un rato y pensar dónde están y por qué, y cuando el dinero que les ha mantenido en marcha y ciegos tantísimo tiempo, cuando eso ya no sirva, entonces, ¿qué vamos a hacer} vamos, muchacho, hay asesinos entre nosotros desde hace mucho. sólo que no era una explosión, era sólo un hombre con la cara como serrín y los ojos como manchas de mierda, hay tantos hombres así y tantas mujeres. Millones.

y pronto tendremos los informes de los equipos de comecocos, que, como los comités de la pobreza que nos decían que algunos hombres se morían de hambre en el piso de abajo, nos contarán que hay también algunos muriéndose de hambre en el de arriba. y luego se olvidará todo hasta el próximo atentado o el próximo suceso trascendental o el próximo incendio urbano, y luego se reunirán otra vez y pronunciarán sus estúpidas y esperadas palabritas, se frotarán las manos y desaparecerán como cerotes retrete abajo. parece, la verdad, que todo les da igual siempre que el gráfico de beneficios se mantenga. y los lindos comecocos, agitando sus ases mágicos, liándonos con palabras, diciendo esto es así porque tu madre tenía un pie deforme y tu padre bebía y una gallina te cagó en la boca cuando tenías tres años y por eso eres homosexual, o tornero. todo menos la verdad: sencillamente que algunos hombres se sienten mal porque la vida es mala para ellos tal como es y que podría mejorarse fácilmente. pero no. los comecocos con sus paparruchas mecánicas que algún día se demostrará que son absolutamente falsas, seguirán diciéndonos que todos estamos locos y se les pagará con creces por hacerlo. lo que pasa

canciones?

«cuánta suerte tengo, cuánta,

puedo vivir con lujo

porque tengo el bolsillo lleno de

sueños...»

«es mío el universo aunque tenga la cartera vacía porque tengo el bolsillo lleno de sueños...»

o:

«no más dinero en el banco

no más gente a quien poder dar las gracias

qué le vamos a hacer

oh, qué le vamos a hacer

apaguemos las luces y

a dormir».

lo que no nos contarán es que nuestros locos, nuestros asesinos, salen de nuestro modo de vida actual, nuestro buen sistema norteamericano de vivir y morir. ¡Dios, el milagro es que no estamos todos claramente locos furiosos; en fin, considerando que hemos sido bastante sombríos hasta aquí, terminemos a la luz de lo fantástico, ya que 



* Headsbrinkers, psiquiatras. (N. de los Ts.)

estamos hablando de locura. recuerdo que estaba yo una vez en Santa Fe hablando, más sencillamente es  que no estamos enfocándolo bien.  ¿recuerdas alguna de las bien bebiendo, con un amigo mío que era un comecocos de cierto  renombre y, entre trago y trago me incliné hacia él y le pregunté:

—dime, Jean, ¿estoy loco? venga, chaval, dímelo de una vez. puedo aguantarlo.

él terminó el trago, lo posó en la mesita y me dijo:

—primero habrás de pagar la consulta.

entonces me di cuenta de que por lo menos uno de los dos estaba loco. el gobernador Reagan y los redactores deportivos de Los Angeles no estaban allí. y aún no había sido asesinado el segundo Kennedy, pero tuve aquella sensación rara, sentado allí con


él, de que no estaban bien las cosas, pero que nada bien, y que no lo estarían, que no lo estarían en por lo menos otro par de miles de años.

y en fin, amigo del mono del ejército, escribe tú lo tuyo...









—terminó —dijo él—, han ganado.

—han ganado, han ganado, han ganado —dijo Moss.

—¿y quién ganó el partido? —preguntó Anderson a Moss.

—no sé.

Moss se acercó a la ventana. vio a un norteamericano varón que pasaba. gritó por la ventana:

—eh, ¿quién ganó el partido?

—los Piratas tres dos —contestó el norteamericano varón.

—lo oíste, ¿no? —preguntó Moss a Anderson.

—sí. ganaron los Piratas tres dos.

—¿quién habrá ganado la novena carrera?

—eso lo sé yo —dijo Moss—. Spaceman II. siete a uno.

—¿quién montaba?

—Garza.

se sentaron a tomar su cerveza. no estaban borrachos del todo.

—han ganado —dijo Anderson.

—qué te cuentas, di —dijo Moss.

bueno, pues que como no me agencie una tía en seguida voy a acabar loco.

—el precio es siempre demasiado alto. mejor olvídalo.

—ya sé, ya. pero cómo olvidarlo. empiezo a soñar locuras. que las doy por el culo a las gallinas.

—¿gallinas?  ¿funciona?

—en sueños sí.

siguieron trasegando cerveza. eran viejos amigos, treinta y tantos, trabajos de mierda. Anderson, casado una vez, divorciado una vez, dos hijos por ahí. Moss, casado dos veces, divorciado otras dos, un hijo por ahí. era un sábado por la noche, en el apartamento de Moss.


Anderson lanzó al aire haciendo un gran arco una botella de cerveza vacía que aterrizó encima de las otras en el cubo de la basura.

—sabes —dijo—, los hay que, simplemente, no se les dan las mujeres. a mí, por ejemplo, nunca se me dieron demasiado bien. y me fastidia muchísimo todo el asunto. y cuando termina te sientes como si el jodido fueses tú.

—¿quieres tomarme el pelo?

sabes bien lo que quiero decir: tienes la sensación de que te timaron, de que te estafaron. los calzoncillos allí en el suelo con su levísima mancha-mierda estival y ella camino del baño, victoriosa. y tú allí tumbado mirando al techo con la cara fláccida, preguntándote qué coño es aquello, sabiendo que tendrás que escuchar su chachara huera el resto de la noche... y yo tengo una hija también. dime, ¿crees que soy un puritano o un marica, o algo así?

—no, hombre, no. sé lo que quieres decir. sabes, eso me recuerda que una vez, en casa de una tía, la conocía muy poco, un amigo me mandó más o menos allí. aparecí con una botella y le solté diez dólares. no estuvo mal y no me monté ninguna intimidad espiritual, ningún rollo sentimental. la dejé sintiéndome bastante libre, allí mirando al techo, estirado, y esperé a que ella hiciese su excursión al baño. pero ella hurgó bajo del colchón y sacó aquel andrajo y me lo pasó para que me limpiara. se me hundió el corazón. aquel coño de trapo estaba casi tieso. pero yo me hice el duro. busqué una zona blanda y me limpié. me costó trabajo encontrarla. luego usó el trapo ella. salí como un tiro de allí. y si quieres llamarle a eso puritanismo, allá tú. llámaselo.

estuvieron callados un rato los dos dándole a la cerveza.

—bueno, no seamos tan cabrones —dijo Moss.

—¿eh? —preguntó Anderson.

—hay algunas mujeres buenas.

—¿eh?

—sí, quiero decir cuando todo va bien: yo tuve una amiga, ay Dios, era gloria pura. y ni rollos románticos ni nada parecido.

—¿qué pasó?

—murió joven.

—lástima.

—lástima, sí. casi muero yo también de la borrachera.

siguieron mamando cerveza.

—¿por qué será? —preguntó Anderson.

—¿por qué será qué?

—¿por qué será que estamos de acuerdo en casi todo?

—por eso somos amigos, supongo. eso es lo que significa la amistad: compartir el prejuicio de la experiencia.

—Moss y Anderson. un dúo. actuando en Broadway. los asientos estarían vacíos.

—sí.

(silencio, silencio, silencio) luego:

—la cerveza es cada vez más floja. ya no la hacen como antes.

—sí. Garza. nunca habría apostado por Garza.

—no tiene un porcentaje alto.

—pero ahora que González perdió su penco puede que consiga mejores marcas.

—González, no tiene fuerza ni envergadura suficiente. se le van los caballos en las curvas.

—gana más que nosotros.

—eso no es ningún milagro.

—no.

Moss tiró la botella de cerveza hacia el cubo, erró el tiro.

—nunca fui un atleta —dijo—. Dios, en el colegio siempre me cogían el penúltimo cuando hacían equipos. después de mí iba el idiota subnormal. se llamaba Winchell.

—¿qué fue de Winchell?

—ahora es presidente de una empresa siderúrgica.

—vaya por Dios, hombre.

—¿quieres oír el resto?

—¿por qué no?

—el héroe. Harry Jenkins. está en San Quintín.

—vaya. ¿están en la cárcel los hombres que deben estar o los que no deben?

—ambos:  los que deben y los que no deben.

—tú has estado en la cárcel. ¿cómo es?

—lo mismo.

—¿qué quieres decir?

—bueno, es una sociedad del mundo en otro elemento, se gradúan ellos mismos según su actividad. los estafadores no se relacionan con los ladrones de coches. los ladrones de coches no se relacionan con los violadores. los violadores no se rozan con los exhibicionistas. todos los hombres se gradúan según lo que les cazaron haciendo. por ejemplo, el que hace películas porno tiene una graduación bastante alta y el que se metió con un niño la tiene bajísima.

—¿y cómo los gradúas tú a ellos?

—todos igual:  cazados.

—sí, claro. ¿cuál es la diferencia entre un tipo que está en chirona y el individuo medio que anda por la calle?

—el que está en chirona es el Perdedor que lo ha intentado.

—tú ganas. pero sigo necesitando una tía.

Moss fue a la nevera y sacó más cervezas. se sentó y abrió dos.

—ay, las tías —dijo—. hablamos como chavales de quince años. sencillamente no puedo andar ya detrás del asunto. no soporto todos los aburridos preámbulos, todas esas minucias. hay hombres que tienen una especie de don natural. pienso en Jimmy Davenport. Dios, qué tipejo vanidoso de mierda era, pero las mujeres sencillamente le adoraban. y como persona era un monstruo horrible. después de jodérselas solía ir a la nevera y mearles en los cuencos de ensalada y en las bolsas de leche; en donde podía. le parecía muy divertido. y ella salía y se sentaba, con los ojos destilando amor por aquel bastardo. me llevaba a las casas de sus chicas para enseñarme cómo lo hacía, e incluso me dejaba probar, un poco de vez en cuando, y por eso iba allí a verlo. pero parece que las mujeres más guapas andan siempre detrás de los mierdas más horribles, los farsantes más descarados. ¿o sólo tengo envidia, tengo la visión deformada?

—tienes toda la razón, hombre. la mujer ama al mentiroso por lo bien que miente.

—bueno, entonces, suponiendo que esto sea verdad, que la mujer procrea con el falsario, ¿no destruye esto una ley de la naturaleza? ¿no destruye la ley de que el fuerte se une con el fuerte? ¿qué clase de sociedad nos da esto?

—las leyes de la sociedad y las de la naturaleza son distintas. tenemos una sociedad antinatural. por eso estamos a punto de irnos al carajo. intuitivamente, la mujer sabe que el farsante sobrevive en nuestra sociedad, y por eso le prefiere. a ella sólo le interesa tener hijos y criarlos con seguridad.

—¿quieres decir entonces que la mujer nos ha conducido al borde del infierno en el que hoy estamos? —la palabra para eso es «misógino». —y Jimmy Davenport es Rey.

—¿rey de los Meones?  las tías nos han traicionado y sus huevos atómicos se amontonan alrededor nuestro... —llámale «misoginia». Moss alzó la botella de cerveza: —¡por Jimmy Davenport! Anderson alzó la suya: —¡por Jimmy Davenport! vaciaron las botellas. Moss abrió otras dos.

—dos viejos solitarios echando la culpa a las mujeres... —en realidad, somos un par de mierdas —dijo Anderson. —sí.

—oye, ¿seguro que no conoces a un par de tías? —puede.

—¿por qué no pruebas?

—eres un pesado —dijo Moss. luego, se levantó y fue al teléfono, marcó un número. esperó.

—¿Shareen? —dijo—. oh sí, Shareen... Lov... Lov Moss... ¿te acuerdas? la fiesta de Avenida Katella. en casa de Lou Brin-son... una noche terrible, sí, sé que estuve muy desagradable pero lo pasamos bien, ¿recuerdas? siempre me gustaste, es la cara, creo que es la cara, ese perfil tan clásico. no. sólo un par de cervezas. ¿qué tal Mary Lou? Mary Lou es buena persona. es que tengo un amigo. ¿qué? da clases de filosofía en Harvard. en serio. pero es un tipo muy normal... ¡ya sé que Harvard es una facultad de derecho! pero qué demonios, también tienen Kants como él por allí!  ¿qué? un Chevrolet del 65. acabo de hacer el último pago.

¿cuándo? ¿aún tienes aquel vestido verde del maldito cinturón que te queda colgando por el rabo? no me burlo. es muy sexy. y bonito. sigo soñando contigo y con las gallinas. ¿qué? es un chiste. ¿qué me dices de Mary Lou? de acuerdo, vale. pero dile que este chico es muy educado. tipo muy listo. algo tímido. ya entiendes... oh, un primo lejano. de Maryland. ¿qué? ¡bueno, demonios, yo tengo una familia poderosa)! ah, sí, ¿de veras? vaya, qué graciosa eres. en fin, está en la ciudad y libre. ¡no, claro que no está casado! ¿por qué iba a mentir? no, sigo pensando en ti... aquel cinturón colgando... sé que suena un poco rancio... clase. tienes mucha clase. seguro, radio y calentador. ¿el Strip? allí ahora no hay más que crios. ¿y por qué no compro una botella?... de acuerdo, perdona, no, no quiero decir que seas vieja. demonios, ya me conoces, ya sabes que soy un bocazas. no, habría llamado pero me mandaron fuera de la ciudad. ¿qué edad? tiene treinta y dos pero parece más joven. creo que tiene una especie de beca. se va pronto a Europa. a dar clases en Heidelberg. que sí, que es verdad. ¿a qué hora? de acuerdo, Shareen. hasta la vista, querida.

Moss colgó. se sentó. cogió de nuevo su cerveza.

—tenemos una hora de libertad, profesor.

—¿una hora? —preguntó Anderson.

—una hora. tienen que empolvarse los coñitos, y demás, ya sabes cómo son esas cosas.

—¡por Jimmy Davenport! —dijo el profesor de Harvard.

—por Jimmy Davenport —dijo el troquelador.

apuraron las botellas.









sonó el teléfono.

estaba sentado en la alfombra. arrastró hasta el suelo todo el teléfono tirando del cable. luego descolgó. se oía un sonido. —¿diga? —dijo. —¿McCuller?

—¿sí?

—son ya tres días.

—¿de qué?

—de no venir a trabajar.

—es que estoy haciendo una Botella de Leyden.

—¿qué es eso?

—un aparato para almacenar electricidad estática que inventó Cuneo de Leyden en 1746.

colgó el teléfono y luego lo tiró al otro extremo de la habitación. quedó descolgado. terminó la cerveza y entró a cagar. se puso los pantalones y volvió a la otra habitación.

—¡DA DA! —cantó, —DA DA DA DA ¡DA DA DA DA!

le gustaba T. Brass de Herb A. Dios, qué amarga melancolía.

—RA DA RA DA RA DA DA DA...

cuando se sentó en el centro de la alfombra, allí estaba su hija de tres años y medio. él se tiró un pedo.

—¡eh!   ¡te has tirado un PEDO! —dijo ella.

—¡ME TIRE UN PEDO! —dijo él.

los dos se echaron a reír.

—Fred —dijo ella.

—¿sí?

—tengo que contarte una cosa.

—suéltala.

—a mamá le sacaron toda aquella mierda del culo.

—¿sí?

—sí, aquellas personas andaban en su culo con los dedos y le sacaron toda aquella mierda de allí.

—¿pero por qué dices eso? sabes que no pasó.

—sí, pasó, ¡pasó! ¡lo vi yo!

—tráeme una cerveza.

—vale.

fue corriendo a la otra habitación.

—RA DA cantó él, RA DA RA DA ¡RA DA DA DA!

volvió su hija con la cerveza.

—cariño —dijo él—, quiero contarte una cosa.

—de acuerdo.

—el dolor es ahora casi absolutamente total. cuando sea absolutamente total, ya no podré aguantarlo.

—¿por qué no te pones azul como yo? —preguntó ella.

—ya estoy azul.

—¿por qué no te pones azul como yo y como las flores?

—lo intentaré —dijo él.

—vamos a bailar «El hombre de la Mancha» —dijo ella.

él puso «El hombre de la Mancha», bailaron, él dos metros de altura y ella más o menos un tercio o un cuarto del tamaño de él. bailaban independientemente, con movimientos distintos, muy serios, aunque a veces se reían a la vez.

el disco se paró.

—Marty me pegó —dijo ella.

—¿qué?</